Tiempo de lectura 💬 4 minutos
Yolanda
Fotografía: Jesús Massó

Ahora que todos nos creemos muy intelectuales y muy modernos, y decimos cosas como que Berlanga se ha hecho carne y habita entre nosotros, y hablamos de “La escopeta nacional” como si fuera el libro de Isaías –no es muy intelectual ni muy moderno, pero seguro que más de uno se va a Google a buscar qué es el libro de Isaías-; ahora que  veneramos “Amanece que no es poco” como una película de culto y no como el entretenimiento con que la concibió José Luis Cuerda; ahora es el momento de sacar la artillería pesada y volver a darle un repaso a “Viridiana”, y de llamar a las cosas por su verdadero nombre, sin prejuicios políticos ni tan siquiera sociales.

Siempre pensé y dije que la plaza de San Juan de Dios, mucho antes y mucho después de su desafortunada reforma, me parecía el escenario ideal para haber llevado a cabo el casting de “Viridiana”.  La decadencia del entorno, del paisaje urbano y del paisaje humano siempre se me antojó digna de la corte de los milagros que la pavísima Silvia Pinal consiguió reunir en la casa de tu tito Fernando Rey. O, dicho de otra manera, digno de la crueldad con la Benito Pérez Galdós retrata la hipocresía humana en Halma. Claro que citar a Galdós y a Halma en estos tiempos no sé yo si tiene el mismo efecto que nombrar al cineasta más irreverente del siglo XX. En fin. Tanto la novela como la película hacen una crítica feroz, ferocísima de la caridad y del idealismo cristiano. Resulta que la pavísima Silvia Pinal es la que pone rostro en la pantalla a Viridiana, una novicia que no se ha enterado de la misa la mitad, que llega a casa de su tío –me ahorro y le ahorro la parte atormentada y sesuda de la película- y congrega allí a una banda de vagabundos a los que recoge con idea de practicar la redención cristiana con ellos –pedagogía, diríamos ahora, para no herir sensibilidades. Aquello termina, no cabía esperar otra cosa, como el rosario de la aurora, cuando la tribu de menesterosos toma el mando y se hace fuerte en los salones refinados de la casa señorial.

Mendigos como El Cojo, que al principio venera a su bienhechora como si de la mismísima virgen María se tratara pero que luego, cuando está en su salsa, se convierte en la mano armada de la banda. O como El Leproso, que acaricia suavemente a una paloma y en cuanto se da la vuelta su queridísima Viridiana se pone los vestidos de esta y despluma al pájaro tras ahogarlo. O como Enedina –muy grande Lola Gaos- que besaba la mano de su “señorita” y por detrás se levantaba las faldas y le hacía burlas. Y como usted ha visto la película, igual que yo, pues me ahorro los cometarios plásticos y estéticos con los que el cineasta ponía no sólo el dedo en la llaga, sino que metía hasta el fondo el puño en el estómago de la sociedad.

Vuelvo a la plaza de San Juan Dios y vuelvo al casting de Viridiana. Hay figurantes para todos los papeles, para los mendigos, para la pavísima Silvia Pinal y hasta para el siniestro sobrino de Fernando Rey. Nada ha cambiado con el cambio del Ayuntamiento. Bueno, sí, hay algo que ha cambiado. De un tiempo a esta parte, el casting podríamos hacerlo cada último viernes de mes en el propio Ayuntamiento. Porque al circo municipal le han crecido los enanos –no, no es incorrección, es un dicho popular, aunque sea incorrecto- y la participación ciudadana se ha convertido en uno de los momentos de máxima audiencia de la televisión local.

Lo que nació como un gesto de transparencia, de cercanía y de credibilidad –la retransmisión de los Plenos como un ejercicio más de responsabilidad ante la ciudadanía- va camino de convertirse en lo que nuestro alcalde calificó de “plató de Telecinco”, con toda la carga semántica –negativa, por supuesto- que sea usted capaz de imaginar. Son siempre los mismos intérpretes, aunque los papeles van cambiando según el capítulo. Hay quien toma la palabra porque a una muchacha de su barrio no la atienden las “asistentas” y al mes siguiente vuelve a tomar la palabra para desenmascarar la “trama” de alguna asociación de dudosa actividad, o para honrar –muy trágicamente- a otra muchacha a la que la parca llamó antes que Procasa, y todo así. Profesionales del “minuto de gloria” que suelen terminar su actuación con desmayos o jalones de pelo a los asistentes y que siempre abandonan la escena escoltados por las fuerzas de orden público.

Ya no tienen gracia, la verdad. Ni siquiera cuando ellos mismos califican su actuación de “veuensa” –vergüenza, por si usted no es de Cadi-Cadi y no lo entiende- y fingen escándalo de ellos mismos. Ya no tienen gracia. Y lo que hacen es enturbiar y empañar el ejercicio de la política municipal y dar justamente la imagen de la que tanto trabajo costó librarse. Los gritos, los insultos, las amenazas… es así de triste, pero a nuestro circo municipal le han crecido los enanos. Y aunque son pocos, hacen mucho ruido. Y el ruido, ya lo sabe, nos impide distinguir las voces de los ecos. Viridiana ya no está en San Juan de Dios, sino en el Ayuntamiento.

Franco mandó quemar todas las copias de la película de Buñuel y solo se salvó un negativo que el hijo de Buñuel logró pasar a París, escondido entre los capotes de un torero, donde pudo revelarla, pero la película se convirtió en una obra apátrida, a pesar de haber ganado la Palma de Oro en Cannes en 1961. No se estrenó en España hasta el sábado de Gloria de 1977, el mismo día que se legalizaba el partido comunista.

Todo tan rocambolesco como la vida misma. Ya están aquí, que diría la niña de Poltergeist.

Tiempo de lectura 💬 3 minutos
Yolanda vallejo
Fotografía de José Montero

A la Ilustración le debemos, además de la guillotina –que fue casi su único acierto- dos de los grandes errores de la humanidad. Ellos, los ilustrados, no lo sabían pero con su afán de poner puertas al campo, nos encorsetaron hasta tal punto que casi tres siglos después seguimos sin poder salir de los cajones en los que nos encerraron. Tú aquí, tú allí, tú cerca y tú lejos. La obsesión por el orden y el control les llevó a intentar clasificarlo absolutamente todo, y a ser posible, todo emparejado hombre/mujer, blanco/negro, niño/anciano, bueno/malo. Lo llamaron enciclopedismo, pero lo podrían haber llamado obsesión; una obsesión que dejaba fuera de los límites del mundo lo que no cabía en los mapas previamente trazados. Y de esta manera, en los márgenes se fueron inscribiendo los diferentes, los subversivos, los únicos, los desiguales y todos los que no cabían en los compartimentos estancos del poder establecido.

Así, y no de otro modo, surgieron los museos. Para que no dejar margen alguno a la improvisación. Gabinetes que mostraban el mundo, tal y como debía ser el mundo. Inmensos abarrotes de tiestos previamente clasificados. Aquí la historia natural con todas las especies como un infinito arca de Noé; aquí el mundo antiguo con todas sus expresiones desgajadas, desvencijadas, fuera de contexto; aquí la botánica con especies de este lado y del otro del orbe conocido; aquí la pintura, aquí la escultura. Almacenes perfectamente compartimentados donde lo de menos eran los objetos, y lo demás era el ansia por demostrar que todo éramos capaces de controlarlo.

El concepto museístico como depósito fue –aún sigue siendo- el único aceptado por el mundo académico. La pedagogía del amontonamiento, de la saturación llevada a su máximo exponente se hizo carne en los grandes museos ilustrados, el Louvre, el British, el Prado, el Natural History Museum… lugares que, a día de hoy, nos parecerían los trasteros de la historia, si no fuese porque les seguimos confiriendo una autoridad y los seguimos considerando modelos culturales, sobre todo en estas latitudes nuestras donde todo llega con retraso.

Y así, parece que lo que no tenga “museo”, no existe. De hecho, seguimos fiando la prosperidad de las ciudades a la existencia o no de una colección de algo. Ingenuamente pensamos que el desarrollo de lugares como Bilbao o Málaga –no sé por qué siempre salen a relucir- se debe en parte a determinada presencia museística en la que se conjura el progreso, la actividad económica, incluso la industria. La evocación del “museo” se convierte en el bálsamo de Fierabrás, siempre a punto para curar cualquier herida.

Surgen de este modo los proyectos museísticos como los champiñones después de la lluvia; con el mismo descontrol. Museo del carnaval, museo del flamenco, museo del títere, museo cofrade, museo de lo que sea pero que se llame museo. Aquí somos especialistas, ya lo sabe. Y lo último, pero no por ello menos disparatado, es un museo de arte contemporáneo, que según dicen, atraerá gentes de todas partes del mundo, como el asombro de Damasco.

Un error. Porque, por si aún no nos habíamos enterado, el mundo de los museos hace mucho que se enfrentó con sus abuelos ilustrados. Y ahora ya, afortunadamente, no cuentan tanto los fondos como las formas.

Pero no se lo diga a nadie. Los herederos de aquellos que se establecieron en los márgenes sabemos que es un error. Que mientras no exista un proyecto en condiciones, adecuado a las nuevas políticas culturales y con un relato expositivo actual, todo seguirá siendo el escaparate de Durán, que por cierto, tenía mejores estrellas y conchas marinas que las que siguen exhibiéndose en Londres, aunque no se llamara “museo”.

Tiempo de lectura 💬 3 minutos
Yolandavallejo
Fotografía: Jesús Massó

Cantaba Paco Alba que hay quien dice que Cádiz no tiene fiestas, ni feria que aventaje a otras capitales. Se equivocaba, el hombre, se equivocaba. Porque precisamente de esa necesidad hizo nuestra ciudad, virtud. Y a falta de ferias de vino y rosas, tenemos la que se ha dado en llamar “la feria del libro más bonita del mundo”. Razón no les falta a quienes así apellidaron al encuentro de libreros, escritores, editores y lectores que año tras año se dan cita para celebrar las letras en un lugar habitado solo por libros.

Y es que donde habitan los libros no existen los títulos falsificados, ni las sentencias injustas. Tampoco existen los políticos de medio pelo, ni los predicadores. Ni los desahucios, ni los despidos. Donde habitan los libros, el alimento procede de la palabra que se hace carne en cada verso, en cada página. Donde habitan los libros no hace falta tragarse sapos ni culebras, ni comerse a los bichos de la tierra, porque donde habitan los libros hay una fuente de energía inagotable, renovable, sostenible, limpia, hermosa purísima. Donde habitan los libros no hay plazo que no se cumpla ni deudas que no se paguen y por eso están derogadas casi todas las leyes, hasta la ley del más fuerte. Porque no es más fuerte quien más pega, sino quien resiste más. Y nadie, ni nada resiste como los libros al paso del tiempo, de la forma, del espacio, de la gente.

La primera Feria del Libro se celebró en abril de 1933 en Madrid. En aquella ocasión las editoriales madrileñas inmersas todas en un furor editorial sin precedentes en nuestro país decidieron sacar los libros a la calle, acercar los libros a la inmensa mayoría, en comunión con aquellos ingenuos planes de promoción de la lectura que llevaba a cabo el gobierno de la República. “La tierra habitable ha sido toda ella descubierta, pero nos queda el mundo sin contornos, el mundo infinito” decía entonces Fernando de Los Ríos, ministro de Instrucción Pública. El mundo sin contornos, el mundo infinito, el mundo en el que habitan los libros.

Desde allí y desde entonces este mundo se ha hecho mucho más inhabitable, pero cada año los libros han seguido saliendo a la calle, al son de los versos de Blas de Otero “Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra”. Porque, ya lo sabe usted, no solo de pan vive el hombre, sino de palabras, porque somos palabras.

Y uniendo palabras, y sumando voces, llevan los libreros de Cádiz celebrando su feria más de treinta años. Contra vientos, mareas y tempestades primavera tras primavera, nos recuerdan que frente a la decadencia, a la destrucción, a la desesperanza, al miedo, nos queda la palabra. Aunque sea en aquel baluarte tan a trasmano, que honra a su propio nombre, porque ningún baluarte fue concebido para ser asaltado, sino para la defensa. Y allí se defiende la palabra.

Nuestro baluarte es el lugar donde habitan los libros. Donde una pequeña legión resiste, como si fueran los galos de Asterix, los ataques de la crisis, de la ignorancia, de la intransigencia, de la sociedad. Quizá no sea la feria de más peso, ni la de los grandes nombres; puede que tampoco sea la feria más ambiciosa, ni la que tenga un presupuesto más alto, pero es la feria del libro más bonita del mundo, y la que cuenta con los devotos más entregados que cada año cumplen con el rito de entrar en el mundo sin contornos, sin fronteras, sin peajes, en el mundo donde habitan los libros.

Porque en este mundo, cuentan más los enemigos –la televisión, Internet, los e-reader, los móviles, las redes sociales, las librerías que cierran- que los amigos, es cierto. Pero de cuando en cuando está bien contar a los amigos, contar con los amigos, contar para los amigos y eso, sólo puede hacerse desde nuestro baluarte. Desde este lugar donde no importan las cifras, sino las letras. Donde es posible aún oler a imprenta, a papel, a sueños, a vida. Donde habitan los libros, hasta el próximo día trece. No se lo puede perder.

Tiempo de lectura 💬 3 minutos
Vallejo
Fotografía: Jesús Machuca

De todas las batallas que puede uno librar, la peor y la más encarnizada es siempre contra uno mismo. Mucho peor que luchar contra el tiempo, contra la distancia, o incluso contra el olvido. La sombra que proyectamos se convierte, en la mayor parte de las ocasiones en nuestro peor enemigo. Podríamos poner ejemplos miles, millones; si embargo, de eso quien más sabe es el llamado –no sé muy bien por qué, ni por quién- canon literario. Esa letanía oficial de autores que engrosan los manuales de historia de la literatura y que, aun luchando contra sí mismos, se convierten en los indispensables, en los referentes, en los que al final todo el mundo lee, o –dice- haber leído.

Pero, como en todo, el descarte de esa lista resulta siempre mucho más interesante que la lista en sí. Porque en los que supuestamente no pasaron el filtro, es donde se conservan intactos los nutrientes de nuestra mejor literatura. Y casi siempre fueron desechados por cuestiones ajenas a la calidad de sus textos; unos por su ideología, otros por el capricho del gusto, y los que más por cuestiones económicas, de trapicheo mercantilista, para entendernos. Es el caso de Fernando Quiñones, por ejemplo, cuyo principal enemigo recogía plásticos en la Caleta y se adornaba la frente de mojarritas. El mismo se comió su obra, su magnífica obra, y nos dejó un catálogo de anécdotas en las que el autor se había convertido en personaje. Sus denodados esfuerzos por hacer literatura en las esquinas de la sociedad, su empeño por poner el foco en los habitantes de la marginalidad de la España del desarrollismo, su coherencia a la hora de sentir y escribir, su afán por describir el universo de una Andalucía a la que todos miraban –y siguen mirando- por encima del hombro, no fueron suficientes para que la obra, la inmensa obra, de Fernando Quiñones sea hoy un referente en el mundo de las letras.

Porque si Juan Marsé retrató como nadie a los charnegos en la cosmopolita Barcelona de los años cincuenta, Fernando Quiñones hizo lo propio con ese Cádiz que aún respiraba por la herida de la posguerra mientras se reinventaba en casas de mala fama, en noches de flamenco y arte, en baches de mala muerte, huyendo siempre de los tópicos. Con una prosa tan cuidada, con una sensibilidad tan delicada, y mimando tanto al lector desde el respeto más absoluto, que era prácticamente imposible que el mezquino mundo de las letras lo reconociera entre los mal llamados “grandes”. Dos veces le ocurrió, cuando los premios literarios aún no eran castings de audiencias; dos veces finalista con dos novelas extraordinarias. Poco le importó a Fernando. Su talento estaba muy por encima incluso de él mismo.

Y ahí empezó a perder la batalla. Sus “mijitas” encerraban la esencia de todo lo que fue, de todo lo que fuimos y de todo lo que somos, no se podía decir más con menos; pero él ya estaba peleando en otros campos. En estos tiempos de Twitter –tanto Twitter y eso, no me puedo resistir- Fernando Quiñones habría sido un referente. Pero, por eso mismo, no debemos permitir que su obra se quede en meras “referencias”, en meros tuits con más o menos gracia.

A Fernando no le hace falta que recordemos sus “hazañas”, sus idas y venidas por la ciudad, sus miles de anécdotas. A Fernando no le hacen falta ni espacio ni tiempo. A Fernando le hacen falta lectores. Y ese es el mejor homenaje que le podemos hacer. En estos tiempos de Twitter, lea a Fernando Quiñones.

Y luego hablamos.

 

Tiempo de lectura 💬 3 minutos
Y vallejo portada
Fotografía: Jesús Massó

Tan reprobable como un médico fumando mientras pasa consulta, tan criticable como mezclar vidrios y papel en la basura, tan obsoleto como contar en pesetas, nos resulta ahora pensar en una calle como San Francisco abierta al tráfico, o una plaza como la de la Catedral convertida en aparcamiento, o una calle como Ancha con motos circulando a toda velocidad. Es lo que tiene la memoria, que de tan frágil se escandaliza con solo mirarla. Porque hubo un tiempo en el que el autobús urbano atravesaba la calle Pelota, aunque ahora eso nos parezca una auténtica barbaridad.

Las sociedades avanzan rompiendo límites, a veces sin obstáculos y a veces salvando enormes distancias. Pero el camino, -nunca mejor dicho- se demuestra andando. Y andando hemos demostrado, esta Navidad, que no es tan complicada la peatonalización del casco antiguo y que tampoco es tan difícil concienciar a la ciudadanía de que una ciudad que anda, es una ciudad que avanza.

Claro que nunca llueve a gusto de todos. La medida no ha sido bien recibida por algunos colectivos de la ciudad, esos que aún se creen que el progreso viaja sobre ruedas y que la calidad de vida se mide en litros de gasolina. Pero incluso estas protestas, la polémica que ha suscitado la parada de taxis de El Palillero o el ajuste de horarios para el reparto por las calles del centro, son pasos que se van dando en la misma dirección. Porque es bueno que se discutan y se debatan las medidas que se van a adoptar en la ciudad. Es bueno escuchar todas las voces, y si efectivamente, la opinión de los afectados puede servir para mejorar el proyecto, bienvenida sea.

La campaña de peatonalización nace con luces y con sombras. Pero ha iniciado un camino imparable, un camino que, en palabras del alcalde, se ha convertido en uno de los objetivos prioritarios de esta ciudad, “confirmar que el casco antiguo va a ser peatonal y peatonalizados con todas las mejoras de movilidad, de sostenibilidad, y de vivir la ciudad para nuestras vecinas y vecinos”. Pues muy bien. Comencemos.

La población del casco antiguo es una población envejecida a unos niveles preocupantes. Vecinos y vecinas que necesitan, no ya conducir, sino que los “conduzcan” hasta sus domicilios; la mayoría no son propietarios de garajes, ni siquiera de vehículos, y la mayoría de las veces dependen de familiares que los recogen y los devuelven a sus domicilios, y que no tienen acceso a las calles peatonales por no ser residentes. No todos estos vecinos y vecinas tienen capacidad económica como para pedir un taxi cada vez que tienen que salir de casa, y ese es uno de los puntos más oscuros del plan de peatonalización. Mucho más que el desavío de la hostelería con las horas de carga y descarga y mucho más que el comercio con el horario de reparto.

Porque si nos interesan las personas, interesémonos por ellas. Soy defensora –no conversa, sino defensora vieja- de peatonalizar el centro de Cádiz, por muchos motivos. El principal, por recuperar la ciudad para las gentes, para el paseo, para la vida. Me parece perfecto que se limite el tráfico y que se hagan bolsas de aparcamiento en la periferia del casco para facilitar el acceso al negocio y al ocio. Pero vivo en el centro.

Y no tengo coche, ni tampoco aparcamiento. Y trabajo. Y solo me pueden traer la compra en un horario en el que no estoy, porque el reparto es por la mañana. Y tengo vecinos y vecinas con muchos años y pocos recursos, cuya reducida movilidad se ha visto aún más reducida con estas medidas.

Así que pensemos en todo. Las sociedades avanzan rompiendo límites, pero siempre pasito a pasito.

 

Tiempo de lectura 💬 3 minutos

Yolanda vallejo

Fotografía: José Montero

Contra el abaratamiento y la ligereza con la que empleamos las palabras, no hay mejor antídoto que consultar el diccionario, ese libro que, en teoría sirve para algo más que para darle patadas –virtuales e incluso reales-, aunque en los “tiempos convulsos” en los que vivimos, no lo parezca. Hablamos mucho y pensamos poco; sobre todo, pensamos poco lo que hablamos, y así nos va. Se pierde más tiempo en explicar lo que quisimos decir o, directamente, en desdecir lo que dijimos que en valorar y reflexionar lo que vamos a decir. A eso, al juicio, a la valoración, a la reflexión sobre algo o sobre alguien es a lo que se llama opinión.

Y sí, opinión tenemos todos. Mucho más por estas latitudes, donde la boca se nos llena reclamando la paternidad de eso que conocemos como opinión pública. La opinión es un derecho –que va mucho más allá de la libertad de expresar lo que uno quiera- que no siempre nos ha amparado, o que no siempre nos han dejado ejercer. Porque negar el derecho a expresarse, a opinar, es tanto como negar la libertad a las personas. Píenselo. Hay sentencias tan perversas como aquella de “uno es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios” con la que nos vendían que mucho mejor estábamos calladitos.

Siempre he pensado que uno es tan dueño de sus palabras como lo es de sus obras y también de sus silencios. Tan dueño y tan responsable, porque inherente al derecho de opinión está la responsabilidad de lo que se opina y la capacidad de asumir que no siempre la opinión que uno tenga, es la más acertada para el bien común, para esa opinión pública que se va formando con el juicio o con las valoraciones que hacemos a partir de las opiniones contrastadas con las de los demás.

Por eso son necesarios, y ahora más nunca, espacios para la opinión. Espacios para el debate, para las dudas, para la formación. Espacios que vayan mucho más allá de la línea peligrosamente editorial que suelen marcar los medios de comunicación. Y por eso, ahora más que nunca, son necesarios puentes como este. Puentes que crucen el abismo de la manipulación, del integrismo, de la voz a ti debida, del pensamiento casi único.

Puentes que sirvan de unión y, a la vez, de transformación de los lugares comunes por los que ya nos habían acostumbrado a caminar. Puentes como este Tercer Puente, tan necesario en una ciudad, como la nuestra, donde apenas hay sitios por donde salir corriendo. Puentes donde se dan cita opiniones diversas, contrarias incluso, pero que definen perfectamente el concepto de la opinión pública. Porque, como ya le dije, la opinión pública es la que se forma después de haber oído todas las voces, después de haber leído todas las palabras y después de haber comprendido que el silencio no es más que eso, silencio.

Toca felicitar a El Tercer Puente, y felicitarnos a los que, de una manera u otra, transitamos por él. No es fácil llegar a la treintena de números en una publicación en la que solo se ejercita la libertad de opinión, y en la que tienen cabida sensibilidades e intenciones muy distintas. Pero si hemos llegado hasta aquí… será por algo. Y tú ¿qué opinas?