Tiempo de lectura ⏰ 2 minutitos de ná

Yolanda vallejo

Fotografía: Jesús Massó

La cultura es todo aquello que nos identifica como ciudadanos, la lengua que hablamos, los usos y costumbres que tenemos, las celebraciones, la música, las tradiciones, la pintura, los hechos extraordinarios de la vida cotidiana; todo lo que, en definitiva, constituye nuestra identidad como personas y como colectivos. Por eso la cultura se nos presenta como una oportunidad única para desarrollar el bien común, y para alejarnos de ese atajo tan hispánico del ¿y de lo mío qué? al que ya casi estábamos acostumbrados. Después de dos décadas de un paternalismo mal interpretado que nos había relegado al papel de simples y pasivos consumidores de las dosis –a veces dosis letales- de cultura que las administraciones consideraban que tenían que administrar, convertirnos en productores, en agentes culturales, en protagonistas, al fin, de nuestra propia cultura, implicaba un largo proceso de construcción, o mejor de reconstrucción de lo que habíamos sido hasta ahora.

Y porque en muchas ocasiones, una reforma o una rehabilitación no son suficientes, se hacía necesario edificar de nuevo, dejando -eso sí- los cimientos, pero revistiéndolos de materiales más sólidos, más consistentes. Un edificio construido entre todos, un ejercicio de corresponsabilidad entre la administración pública que ofrece mediación, estructuras, redistribución de recursos… y la ciudadanía que aporta su capacidad para imaginar, crear y cogestionar lo que es de todos. Porque solo entre todos, aunando voluntades y esfuerzos, se puede hacer que a través de la cultura, se pueda transformar el mundo que nos rodea.

En este sentido la administración pública tiene que dejar a un lado las actitudes paternalistas, autoritarias, la imagen excesivamente burocrática o elitista que a veces proyecta,  y tiene la obligación de ponerse al servicio de la ciudadanía, de los agentes culturales, creadores, mediadores, cooperativas y redes de producción con unas herramientas precisas que permitan la construcción de una cultura de todos y para todos, que preste una especial atención a la participación de los jóvenes como clase emergente, protagonistas del mañana –la formación de nuevos públicos es también obligación de todos- y a los mayores, portadores de la memoria cultural de nuestra ciudad.

Para construir se necesitan herramientas. Desde proyectos y planos hasta tornillos y tuercas. Herramientas para diseñar, gestionar y administrar el proceso de transformación cultural. Por eso se hacía tan necesario que el Ayuntamiento contase con esta herramienta, con un plan de cultura, con un guión para empezar a trabajar entre todos.

El pasado día 15, la Delegación Municipal de Cultura de nuestro Ayuntamiento presentaba  su Plan Director. Por primera vez Cádiz cuenta con una herramienta de este tipo, diseñada y fabricada con las ideas, las aportaciones y las opiniones de cuantos se han sentido protagonistas de esta historia. Más de doscientas personas participaron, hace un año, en el I encuentro Culturas Comunes donde se gestó el plan que ahora nace, y sobre el que, en los próximos años, todos tendremos que trabajar. Porque el Plan Director es el punto de partida…. Ahora toca empezar el viaje.

Y ojalá que los vientos sean favorables.

Tiempo de lectura ⏰ 3 minutitos de ná

Yolanda vallejo

Fotografía: Jesús Massó

Cuando repartieron el manual de cómo manejarse en el mundo de lo políticamente correcto nos dimos cuenta de que solo tenía dos capítulos: Capítulo primero: no decir nunca lo que realmente se piensa, y capítulo segundo, aplaudir siempre el nuevo traje del emperador en sus paseos triunfales. Siguiendo estas sencillas instrucciones podía uno transitar sin miedo por cualquier ciénaga. Mansos, dóciles y comodísimos para el poder. Una ciudadanía complaciente que llora o ríe cuando le corresponde. El mundo de lo políticamente correcto es bastante aburrido, dicho sea de paso; y bastante previsible, porque su eje de rotación coincide con el almanaque del buenismo y de la ñoñería. La rebeldía en este mundo, cuesta. Y cuesta mucho, porque en previsión de que haya disidencias, los que manejan los hilos del mundo políticamente correcto programan cada cierto tiempo un movimiento seudo sísmico para que sus habitantes renueven su voto con la gazmoñería.

Por ejemplo, en el mundo de lo políticamente correcto ya es navidad. Y es navidad porque el anuncio de la lotería ya nos ha lanzado una carga considerable de gases lacrimógenos con el único objetivo de ablandarnos la mente. No es nuevo, ya lo hizo hace dos años con el resentido Antonio, que nos enseñó que lo mejor es hacerse el tonto, esperar a que a tus amigos les toque la lotería, y ya si eso, bajar al bar y ponerlos en la obligación moral–por la cláusula asquerosamente navideña- de compartir contigo el premio. Y lo volvió a hacer el año pasado con aquella –no encuentro la palabra exacta para calificarlo- cosa de Faustino y los generosos maniquíes mutantes; así que este año no nos íbamos a librar.

La historia de Carmina, al margen de consideraciones éticas, de frivolidades en torno a una enfermedad tan cruel como el Alzheimer y de una factura pésima en cuanto a interpretación y a guión, tiene más de una interpretación. Pero esto es algo que, posiblemente, se les ha pasado por alto a los que mandan en el mundo de lo políticamente correcto; o quizá no, tal vez, es que somos cada vez más los que estamos dispuestos a señalar que el emperador va completamente en pelotas y que ya estamos hartos de tanto buenismo y de tanta sensiblería barata. Para nosotros, los que conformamos la resistencia al mundo de lo políticamente correcto, Carmina ha sido una auténtica revelación.

El anuncio de la lotería es un perfecto retrato de la sociedad española, aunque sus creadores ni lo hayan advertido. Una sociedad amnésica, viejuna, a la que es tan fácil engañar… Una sociedad que sigue confiando su futuro a la suerte de las bolas depositadas en las urnas, que pone día tras día “sus sueños a jugar” –impagable Raphael, ese sí que fue un buen anuncio de lotería- y que se cree a ciegas lo que le quieran contar.

Todos somos Carmina, qué quiere que le diga. Nos confundimos de día y nos tragamos que lo de la crisis se había terminado. Nadie se atrevió a decirnos que el paro seguía subiendo y los sueldos seguían bajando, y que el Partido Popular había vuelto a ganar las elecciones. De ilusión, al parecer, también se vive… Goodbye, Lenin a la española.

Lo único que me consuela es la venganza, tan hispánica, de la nuera… “Anda, que como nos toque mañana…”. Pues eso, termine usted la frase.

Tiempo de lectura ⏰ 2 minutitos de ná

Drwho grande

Ilustración: The Pilot Dog

Siempre he sido reacia a las reuniones de “hace diez años…”, “hace veinticinco años…” a las que, de cuando en cuando, como usted –no lo niegue- soy convocada. Reuniones que, al fin y al cabo, son como un facebook pero a lo descarnado, donde uno se da de bruces con la cruda realidad, y se siente obligado, encima,  a darle al “me gusta”. ¿De verdad que hace veinte años yo tenía algo en común con ese señor sin pelo que me mira desde el abismo? ¿Quién es aquella que parece haberse comido a sí misma?, ¿Yo estoy así?, ¿Cómo se llamaba esta que se acerca peligrosamente? No. Definitivamente no me gustan los reencuentros. Considero que ya tuve bastante en otras vidas, como para volver a vivirlas. Y no me gustan, porque al final, todas estas experiencias tan fuertes y tan intensas, vienen a ser como el guión de “Los amigos de Peter”, una película que, por prescripción médica, habría que ver al menos una vez al año para sacudirnos la tontería de encima y poder decir, sin sentimiento de culpa, “miren, ustedes, los de entonces, ya no son –ni serán nunca- los mismos”, no jueguen a los mundos pararelos.

Solo de esta manera, se entenderían cosas como que, detrás de OT el Regreso, lo que hay es una regresión social y política, en toda regla. Poco importa si Bisbal y Chenoa andan aún “Escondidos” o si a Alex Casademunt le amargaron la vida haciéndole cantar “Más, te quiero y quiero más”, o si Juan Camus –al que recuerda fundamentalmente su madre, y porque lo trajo al mundo- va a cantar, o no, en el concierto y todo eso que, como en una sesión de Proyecto Hombre, nos venden desde las más altas instancias televisivas oficialistas. Había hambre de ver de nuevo a los chicos de Operación Triunfo, dice la estructura superficial, mientras que la profunda, suspira por volver de nuevo a aquel país de 2001 en el que la crisis, los brotes de colores, la corrupción, las tarjetas, las emergencias de todo tipo, las elecciones… ni estaban, ni se les esperaba. Un viaje al tiempo en el que vivíamos a todo confort sin importarnos donde estaban nuestras posibilidades, atando los perros con longaniza. Un viaje a la tierra de promisión, que no manaba leche y miel, sino que vomitaba ladrillos y depósitos preferentes.

Puede ser que haya quien se reconcilie con su presente mirándose en el pasado.  O que haya quien se encuentre cómodo escondiendo la cabeza bajo tierra como un avestruz. Hay quien se identifica con los triunfitos y hay quien, como yo, considera que la nostalgia es un barniz pegajoso que convierte la memoria en una comedia de Doris Day.

Con estas cosas hay que tener cuidado. El año que viene se conmemoran los veinticinco años de la primera emisión de Verano Azul. Urticaria –orticaria para los amigos- me da de pensar cómo nos venderán el reencuentro de aquellos repelentes niños cuando se junten para anunciarnos otra vez, que Chanquete ha muerto. ¡Qué horror!

Tiempo de lectura ⏰ 2 minutitos de ná

Ajedrez

Ilustración: María Gómez

La rentabilidad es un concepto tan abstracto como simple, tan teórico como de andar por casa. Preside todos nuestros actos de manera sibilina, tanto que, de manera inconsciente, hacemos la cuenta de Linda Evangelista, la top que no se levantaba de la cama por menos de diez mil dólares diarios. Los financieros lo llaman interés y nosotros nos conformamos con la compensación, pero todo responde a la misma ecuación ¿merece la pena? De esto saben mucho los guepardos de la 2 –sí, a usted le pasa como a mí, que solo ponemos la tele para ver documentales-, que tantean el desgaste que supone perseguir a una gacela y lo enfrentan a la ingesta de calorías que podría obtener con su caza, y terminan por tumbarse a la sombra del único árbol del desierto del Kilimanjaro, pensando en las musarañas. La rentabilidad, ya le dije.

El puente nuevo, el segundo puente, o como se llame, ha cumplido un año sin que a los quinientos once millones de euros se le haya visto rentabilidad, o por lo menos un interés inmediato. Sin el paseo que unirá -¿unirá?- Astilleros con la avenida de la Bahía, sin la avenida transversal y sin apenas aparcamientos, los vecinos de la zona se conforman con lo que pueden, “la facilidad con la que podemos salir de Cádiz”. Porque al fin y al cabo, este puente desafía al diccionario,  ganándole la batalla en algunas de sus acepciones; no es un puente para unir, sino un puente para salir, para salir  corriendo, además.

Quince minutos es el tiempo medio que se ahorra un conductor en atajar la bahía. Los más optimistas lo cifran en ocho minutos, lo que tardan en cocerse dos huevos, por poner un ejemplo que no dañe sensibilidades. Los devotos del pesimismo lo alargan hasta veinte. Así que un cuarto de hora, más o menos, es la única rentabilidad que, de momento, se le conoce a la faraónica obra que nos hipotecó de pensamiento, palabra, obra y omisión durante más de una década. ¿Compensa? piensa el guepardo mirando el nuevo perfil de la ciudad que nos descubrió que los de Cádiz-Cádiz somos los del norte – ¿quién nos lo habría dicho, Benedetti?

El atajo más caro del mundo forma parte ya de nuestro paisaje. No merece la pena el análisis de la oportunidad de la obra, ni siquiera el lamento por lo que pudo haber sido y no fue. Ahí está, y ahí estará “viendo pasar el tiempo”, ofreciendo, a todo el que lo quiera, su cuerpo por quince minutos. Nos toca a nosotros encontrar la rentabilidad, transformar el interés político en un interés general. Hacer, tal vez, del perfil del puente un icono de la ciudad –la imagen desde la torre de la Catedral es un prodigio de contrastes-, un reclamo turístico, como se hace en otras ciudades con cosas más feas y peor terminadas –bueno, peor terminadas no creo.

Y creer. Empezar a creer en un modelo de ciudad donde no solo existen guepardos y gacelas. Hay otros mundos, decía el anuncio, pero están en este. Piénselo, algunos milagros se hacen en quince minutos.

Tiempo de lectura ⏰ 2 minutitos de ná

Hombre campo del sur

Fotografía: Jesús Massó

Siempre he tenido dudas con respecto al lugar que ocupamos en la sutil línea que va del deseo a la realidad. Una dicotomía, esta de la realidad y el deseo, que se encuadra en el más absoluto de los surrealismos, como nosotros, como nuestra ciudad, que presume de vender historia y patrimonio, pero en un puesto del Piojito. Me explicaré, para que me entienda. Desde hace años, las tiendas de los museos han pasado a formar parte de su carta de servicios, contribuyendo no solo a su autofinanciación, sino también a mejorar la experiencia del visitante y a reforzar las marcas de la institución. No hace falta que le diga, porque usted también lo sabe, que hay museos que se cotizan casi más por su tienda que por su colección, y aunque pueda resultarle exagerado, ahí están los datos. El pasado año, la tienda de un museo como el Thyssen facturó tres millones de euros –con el top ventas en fundas de gafas-, el Guggenheim cuenta con un diez por ciento total de ingresos que proceden de la venta de camisetas y marcapáginas fundamentalmente; y en 2014 el Museo del Prado cifraba en más de cinco millones la facturación de la venta de sus suvenires, con los abanicos como pieza estrella. Reconózcalo, usted también es de los que compra en esos paraísos del kitsch que le salen al encuentro antes de llegar a la salida de un museo.

Yo, que soy una fanática de las tiendas de los museos y que en muchas ocasiones he llegado a pagar por ver una exposición que no me interesaba nada por el simple hecho de poder acceder a la tienda, atesoro todo tipo de lápices, gomas, carpetas, cuadernos que reproducen las obras de arte que más me gustan. Son objetos relativamente baratos, sin más pretensiones que las de terminar sus días en cualquier oficina o mesa de trabajo, pero con el poder absoluto de evocarnos momentos casi siempre felices. En fin. Yo, que soy una fanática de este mundo de suvenires, siempre he pensado que en esta ciudad vamos muy por detrás de todo esto, y pisando el freno.

Aquí, donde se puso el non plus ultra que traducido resulta, es imposible adquirir este tipo de mercaderías museísticas. Ni el Museo de Cádiz, con sus sarcófagos –imagínelos en forma de sacapuntas, por ejemplo- con la Tía Norica y con sus Zurbaranes; ni el Museo Municipal con la maqueta, ni el del títere, ni el yacimiento Gadir, ni la Santa Cueva – ¡esos Goyas!- contemplan la posibilidad de tener una tienda de donde llevarse un pedacito de esa historia que tanto nos gusta refregar al mundo. Ni siquiera el Teatro Falla, al que cada vez más acuden peregrinos carnavaleros que estarían dispuestos a llevarse una reliquia en forma de ladrillito colorao o de lápiz o de postal.

Nada. Imposible. Los turistas, cruceristas de bolsillo XS en su mayoría, se tienen que contentar con el imán de la gitana y la taza chunga que pone Cádiz, como podría poner Bollullos de la Mitación.
Porque mientras no cuidemos el producto, raro será que vendamos la burra. Y no solo de puestas de sol vive el hombre.

Tiempo de lectura ⏰ 2 minutitos de ná

Numero ocho etp 7

Me resisto a aceptar que estamos tan mal como dicen por ahí. Cierto es que el cambio en la medicación no nos ha servido para salir de la UCI y que el diagnóstico, aun siendo el mismo, sigue presentando un pronóstico reservado –sea lo que sea reservado aplicado a un pronóstico. Dejamos, eso sí, la respiración asistida y aunque la capacidad pulmonar sigue siendo muy limitada, somos capaces dar más de un respiro, o más de un suspiro. Ahora bien, no se puede cantar victoria, porque las secuelas son múltiples y posiblemente, si salimos de esta, vamos a necesitar años y años de rehabilitación. Pero soy optimista, tal vez porque no me queda otra manera de encarar la situación. Al cambiar de equipo médico, los cuidados paliativos ahora se llaman de otra manera, pero siguen siendo, desgraciadamente, los mismos. Lo único que ha variado es nuestro estado de ánimo, y eso –dicen- hace mucho en un paciente de nuestras características. Un desahuciado, para entendernos.

Parece que ahora nos administran la medicación de una manera más racional, sin tanto sicotrópicos que nos tenían atontados, y sin tantos analgésicos que no hacían más que camuflar los síntomas que nos estaban destruyendo por completo. Apagaron la luz de la playa, y en este caso, la oscuridad, aunque suene a paradoja, ha empezado a disipar las sombras sobre el proyecto de ciudad que necesitamos; cuanto menos bulto, más claridad, que decía el refranero. Y vamos mejorando nuestra circulación, gracias a los antibióticos y al proyecto del carril bici. Y también vamos recuperando memoria, que andábamos amnésicos perdidos, y ni siquiera nos reconocíamos delante del espejo. Y hasta podemos mover algunas articulaciones, a pesar de que aún no nos hemos puesto de pie. El estómago sigue molestando, quizá no está tan agradecido como antes, pero es que la dieta que tomamos es mucho más astringente y por lo menos, esta no nos da arcadas cada dos por tres. Por lo demás, la bilis ya no nos ahoga, y el corazón sigue fuerte, como siempre; dicen que es lo que nos mantiene vivos. Un corazón a prueba de todo. Menos mal, y no nos falta la risa. Estamos mejorcitos, para qué vamos a engañarnos.

Por eso me niego a aceptar que estamos tan mal como dicen por ahí. Sé que nuestro mal no es incurable, pero como en muchos casos, acudimos demasiado tarde a la consulta. La enfermedad había avanzado tanto que nadie daba un duro por nosotros. Y aquí estamos, quizá probando medicinas alternativas, tal vez abusando de tratamientos poco convencionales, o confiando demasiado en los hados, qué se yo. Pero resistiendo.

Quizá sea pronto para lanzar las campanas al vuelo, y deberíamos ser más cautelosos a la hora de dar los partes médicos, pero yo creo –tal vez porque confío más que de lo que me fío- que estamos mejorando.

Lo único que me preocupa, y mucho, es que se trate de la mejoría de la muerte.

Fotografía José Montero