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De la época en la que vivíamos en los pisos más altos de nuestras posibilidades nos quedaron algunos estigmas, achaques de nuevos ricos, podríamos decir. La pasada semana un informe revelaba que somos la ciudad con más thermomix por metro cuadrado, pero son las estadísticas de coches matriculados las que lo dicen todo. No es culpa nuestra, fueron tiempos en los que la venta de vehículos funcionaba según los parámetros del sufragio universal, un ciudadano, un coche y a veces, más. Desarrollismo en estado duro, los índices del bienestar se cifraban en caballos de potencia, tapicerías, litros de gasolina consumidos y por supuesto, el garaje a la puerta, a la mismísima puerta, de casa. Tanto eres, tanto vale tu coche. Lo llamábamos libertad, y hasta nos lo creíamos. Desde entonces, tengo amigos que no vienen a Cádiz porque no tienen dónde aparcar su coche, y amigos que no salen de noche porque temen que un par de cervezas le cuesten una multa, y amigos que no viajan porque sus niños vomitan como posesos cada vez que se montan en su utilitario. Raro concepto el de la libertad.

Y de puertas adentro, sabemos que nuestra ciudad –siempre nos los dijeron- está hecha a la medida del hombre –no es incorrección, es economía del lenguaje. Ni grande, ni pequeña, con las dimensiones justas para recorrerla de punta a punta en menos de dos horas, algo más de lo que se tarda en cruzarla en coche y en encontrar aparcamiento. Con un Casco Histórico que pide a voces la peatonalización, incapaz ya de absorber tanto tráfico injustificado por calles excesivamente estrechas y la mayor parte de las veces, sin aceras. Una peatonalización que se ha llevado a cabo en muchas ciudades europeas y españolas sin menoscabo de los servicios públicos y que ha contribuido a mejorar la calidad de vida de los vecinos y de los visitantes.

Que en Cádiz no hay distancias es algo más que un tópico. Una buena circunvalación  al centro histórico permitiría un modelo de ciudad saludable con el medio ambiente y con el ambiente entero, un modelo de ciudad abierta al turismo y amable con su propia historia; respetuosa con el descanso y con el ocio de sus vecinos.

No es tan difícil, creo. Ni tan costoso desde el punto de vista económico. Sí lo es, desde luego, cambiar la mentalidad de los propios gaditanos, convencerlos de la necesidad de creer en una ciudad nueva. Porque de la época en la que vivíamos en los pisos más altos de nuestras posibilidades nos quedó el patético aire del potentado armado con las llaves de su bólido, y una pose muy far west para saltarse las normas.

Quiero pensar que solo es un efecto secundario de la medicación que nos hicieron tomar en aquella época en la que nos hicieron creer que éramos ricos. Tal vez cuando se nos pase, nos daremos cuenta de que una ciudad que camina, es la única que no se para.

Fotografía: Jesús Massó

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En el mundo de los Teletubbies todos los días comenzaban de la misma manera, un aniñado sol aparecía en el horizonte y la voz de una conciencia recitaba  la salmodia que daba origen a la liturgia de la estupidez, “bajo las colinas, en un lejano lugar, los teletubbies salen a jugar”. Entonces, de un boquete salían Tinky Winky, Dipsi, Laalaa y Po que, con las barrigas llenas de tubbienatillas, estaban listos para lo que les echaran. Lo mismo unos niños que bailaban claqué, que otros dando biberones a unas cabritas o lo que se terciara en el capítulo. Ellos, se limitaban a reír como necios, a esquivar conejos gigantes que andaban por allí asilvestrados  y a decir “otra vez, otra vez”. Luego, cuando la aspiradora Noo-noo había limpiado cualquier rastro de sensatez, la conciencia les decía “es la hora del tubbieadiós” y los cuatro se metían corriendo en el boquete, diciendo “adiós, adiós” para volver a salir y volver a meterse, sin solución de continuidad. Así de simple –y de siniestro- era el mundo de estos muñecos; un mundo que entre 1997 y 2007 fomentó la hipnosis colectiva con sesiones tan intensivas que han causado un daño social, difícilmente reparable, y que coincidió con la época de nuestras burbujas, de nuestras pompas más vanas.

Se llegó al convencimiento de que para todo había una segunda oportunidad,  parodiando de manera burda lo que decía Nietzsche – fueron, además, malos tiempos para la filosofía, porque el negocio siempre ha sido más tentador que el ocio- y la sed del eterno retorno quedaba saciada simplemente con un “otra vez”. Y como niños de capricho se repetía el juego, saltándonos las reglas, hasta que todos ganábamos. De ahí vinieron aquellas grandes noches electorales, en las que “la fiesta de la democracia” hacía vencedores a todos los partidos políticos. Lo importante es participar, se le decía a los críos para que no se enfadasen si llegaban el último a la carrera. ¡Qué poco nos costó interiorizarlo!

Exagerada, dirá usted. Quién sabe. Lo cierto es que de aquellos barros vienen parte de estos lodos que nos tienen enfangados hasta los ojos. Porque del “otra vez, otra vez” y de la sopa boba de las natillas abusaron tanto nuestros gobiernos, que llegaron –llegamos- a creer que para todo había una segunda oportunidad, un otra vez, un a quién echarle la culpa, un yo no he sido… en fin. ¡Qué le voy a contar que usted no sepa!

Así es como hemos llegado hasta aquí. Después de una legislatura fallida, en la que los cuatro teletubbies se han visto las caras, y han jugado al escondite con su papeleta y con la mía, viene el “otra vez”; una nueva convocatoria de elecciones que nos pilla ya con el capítulo más que aprendido.  Porque nosotros, los de diciembre, ya no somos los mismos. Y sabemos que esa segunda oportunidad, no siempre existe.

El banco de la paciencia ya está ocupado, y tal vez Penélope no tenga prisa. Pero no todos somos griegos.

Fotografía: Jesús Massó