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MartinarizaiFotografía: Jesús Massó

Cuando eres niño, un día te estás merendando los mocos, y al siguiente viene un ratoncito a dejarte caramelos bajo la almohada. Todo entra dentro de lo normal. Pero no estás preparado para despertar y ver llegar un dinosaurio.

Todo ocurrió allá por la segunda mitad de la década de los sesenta. Yo estaba en casa, con mi madre y mi hermana pequeña, que era un bebé. El resto de mis hermanos estaban en ese colegio al que yo no iba por no haber cumplido aún los cinco años. Recuerdo también a dos técnicos que faenaban por la casa. Uno usaba las herramientas de su maletín, el otro tiraba cables por los rincones de la sala. Y unas horas más tarde, zas, aquella caja de madera se encendió ante mis deslumbrados ojos. Ni que decir tiene que caí de rodillas ante el televisor, y que a partir de ese instante mantuve con  él la misma relación que Cicciolina con el porno. Me lo tragaba todo.  TVE era la única cadena que emitía entonces. Una señal débil, con muchas interferencias, y en blanco y negro. Por suerte, no todo era toros, fútbol y telediarios franquistas en aquella parrilla. Estaban también esas series americanas tan molonas: Bonanza, Embrujada… Y Perdidos en el Espacio, que era mi favorita. 

Yo era un niño muy fantasioso y  bastante lelo, lo reconozco. Y a esa edad era casi incapaz de diferenciar entre vigilia y sueño. Así que la llegada de aquel objeto de entretenimiento solo consiguió desdibujar aún más los límites de mi desnortada percepción. Empecé por asumir como real casi todo lo que sucedía en la pantalla. Me desconcertaba sobremanera que a un actor le cambiara la voz de una película a otra, pues desconocía qué era el doblaje. Y algo que me sacaba de quicio era que los actores de un musical se pusieran a cantar y no entenderlos. Yo ignoraba la existencia del inglés, así como la del resto de lenguas habladas en el mundo. Era tan zoquete que creí durante años que en Estados Unidos hablaban castellano con acento mejicano.

Después he trabajado algunos años en televisión, motivo entre otros por el que cuento con una visión mucho más sensata del medio. Aunque mantengo casi intacta aquella debilidad infantil mía por esas fracturas ilógicas que a veces ocurren en la ficción. Les cuento algunas.

Dentro de lo que es la producción de una serie de TV, suelen surgir numerosos contratiempos; como el que un actor se canse de su papel y no quiera seguir interpretándolo, o que le salga otro trabajo que le interese más, o que pida una subida de sueldo que la productora no acepta, o que se enferme, o incluso que muera. El abanico de posibles soluciones a este problema es competencia directa del equipo de guionistas. Aunque, a vista de la falta de imaginación que muestran las más de las veces, no parece que sea un trabajo ante el que se sientan muy cómodos.  Si existe la posibilidad de que el actor pueda reincorporarse al trabajo en un futuro, lo lógico será dejar la puerta abierta. Se manda a su personaje a vivir a otra ciudad, y punto pelota. Pero si queda claro que el actor no volverá bajo ningún concepto, se puede matar al personaje. Eso siempre que no se trate de un tipo de comedia donde el concepto de la muerte no tenga cabida.

Esto llevó a los guionistas de la serie Happy Days a inventarse el denominado síndrome de Chuck Cunningham, nombre del mayor de los tres hijos del matrimonio protagonista. Chuck dejó de aparecer en la serie bajo el pretexto de que se iba a la universidad, pero lo cierto es que ya nadie volvió a verle el pelo. Incluso el matrimonio Cunningham pasó a decir que solo tenían dos hijos a partir de entonces. 

También puede ocurrir que el personaje en cuestión se considere esencial dentro de la trama, y no se quiera prescindir de él. En este caso se hace uso del denominado síndrome de Darrin. Es decir, se cambia a un actor por otro como si nada pasara. Esto ocurrió por primera vez en Embrujada, cuando Dick York, aquejado de problemas de salud, fue sustituido por su tocayo Dick Sargent. Al menos, la productora se tomó la molestia de buscar un cierto parecido físico entre original y sustituto. Pero, aunque era evidente que no se trataba del mismo Stephen Darrin, su pizpireta esposa no pareció percatarse del cambiazo. 

Aunque, de todos, mi recurso favorito dentro de esta categoría, por desaforadamente dramático, es hacer sufrir al personaje un aparatoso accidente que le desfigura el rostro por completo. En la siguiente temporada, su cara ya habrá sido reconstruida, gracias a la cirugía. De este modo nos colarán al actor que a la productora le dé la gana. Cierto es que en los años sesenta no estábamos tan familiarizados con las operaciones de estética. Aún no se había puesto de moda jugar a Mister Potato con nuestra fisonomía.  

Pero, si hay un caso histórico de eficacia al bregar con actores furibundos es Falcon Crest. Hablamos del equivalente a la capilla Sixtina del arte de la sustitución interpretativa. La serie era muy popular en los ochenta, y contaba con un nutrido grupo de actores borrachos de éxito. Sus continuas desavenencias convertían platós y camerinos  en un infierno. Y a medida que avanzaban las horas de grabación, la pésima relación del reparto hacía peligrar la continuidad de la serie. Así que la mejor solución era improvisar un final catastrófico como colofón a la temporada.

Por un lado, se abría un amplísimo escenario de cara al siguiente arranque y, además, el parón permitía a la productora renegociar la continuidad de cada actor. Se daba por sentado un determinado  número de bajas, aunque estas eran imposibles de prever. Finalizar con un clímax así justificaba la desaparición de media plantilla de actores, si terminaba por ser necesario. Una temporada concluyó con un fatal terremoto. Y creo recordar que la siguiente terminaba con todo el reparto embarcando en un avión. Ahora ya no recuerdo con qué pretexto les reunieron a bordo. Pero allí estaban todos, ante su inminente destino. Ni que decir tiene que el avión se caía.

A mí me sigue gustando frivolizar con los valores más serios de nuestra cultura. No para trivializarlos, sino para encontrarles un enfoque novedoso que nos vuelva a hacer pensar. Por eso veo en ese último avión de Falcon Crest una revisión pop del mito de la caverna de Platón, o un perfecto paradigma de nuestra existencia. Ese metafórico vuelo al que estamos obligados a subir. Ese espacio cerrado que compartimos con un montón de actores en riña. Esa accidentada representación a la que nos sumamos llenos de preguntas.

¿Seremos quizás el personaje que desaparece sin explicaciones y al que nadie echará en falta? ¿Volveremos con el rostro tuneado por algún cirujano de tercera? ¿Seremos elegidos o le tocará a otro tonto cargar con nuestro aburrido personaje? Y mientras tanto, el avión no deja de perder altura (Continuará). 

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