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Diego
Imagen: Pedripol

Tengo que reconocer que mantengo una relación un poco tormentosa con la bandera rojigualda. Bueno, tal vez, mi relación tormentosa sea con la propia idea de España. Y no me siento orgulloso de ello. En realidad, no me siento orgulloso de ser español. Me parece un accidente en el camino, un hecho que me ha garantizado tener unos estándares mínimos mejores que los de otras personas que nacieron en otras zonas del planeta. Pero poco más.

En todo caso, soy español, sea lo que sea lo que eso represente, aunque me sienta tan lejano de un compatriota de Ponferrada o de Coslada como de un extranjero de Tánger o de Valparaíso. Y cuando me doy cuenta, detesto que algunos se hayan apropiado de la idea de España y de sus símbolos de tal forma que otros tantos hayamos acabado odiándolos. No diré como aquel que afirmaba que la bandera de España le sirve para distinguir a los gilipollas, pero casi.

Sinceramente, me da rabia. Les cuento una anécdota. Hace unos meses acudí a un tribunal internacional con un grupo de personas de distintos países. En el hall estaban todas las banderas de los Estados parte del Tribunal, los grupos de las distintas nacionalidades se fotografiaban delante de sus respectivas banderas. En un momento dado uno de los chavales que iba con nosotros nos pidió que nos hiciéramos una foto los españoles y la mayoría nos negamos. No nos sentíamos cómodos. Era la tercera vez que íbamos y nunca nos habíamos hecho esa foto con una bandera que, por otra parte, es la que representa al Estado cuyo pasaporte utilizamos para viajar.

La anécdota me hizo volver a reflexionar sobre las razones por las que no me siento -podría decir que muchos no nos sentimos- representados por esa bandera. No es que tenga un especial apego por la simbología, pero casi seguro que ante la bandera andaluza o, por supuesto, ante el pendón de Cádiz no habríamos tenido tanta desgana.

Ciertamente, hay un componente histórico en la relación de la rojigualda como símbolo de una sanguinaria dictadura. Pero yo que no conocí el franquismo y que lo máximo que recuerdo es tener que esperar a que izasen la bandera en mi colegio antes de entrar en clase no puedo llevar tan adentro esa animadversión.

Supongo que también influye que un sábado cualquiera una parte de la gaditanía más casposa salga a jurar civilmente una bandera como si se pudiera prometer fidelidad a tres colores en un trozo de tela. Son los mismos que a un actor que critica la situación en España le espetan a que se marche. Son los mismos que hacen volar una bandera en un dron en un mitin político. Son los mismos que descargan odio y bilis contra un cómico al que se le ocurre sonarse los mocos con un trapo de tres colores, como si eso fuera una afrenta insoslayable, como si su pulsera, su polito de Spagnolo o sus calcetines valieran más que la libertad de expresión, de mofa y de crítica. Son los del a por ellos a la Guardia Civil cuando iba a Catalunya. Son los que se han adueñado de una forma de ver España, la han fusionado a su bandera y la han hecho excluyente.

Lo siento, yo con ese grupo no voy a ningún sitio. Y si se han quedado con la bandera que debería representar a todos los españoles, yo me limpiaré los mocos con ella y seguiré sintiéndome un paria de banderas.

Banderofobia
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