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Cuando el toro llega a la plaza ya todo está dispuesto para el sacrificio. Los banderilleros levantan los brazos y estiran la espalda, los picadores montan en sus caballerías acorazadas, el torero sopesa la espada y se acaricia los alamares. La gente bulle nerviosa, la bandera ondea, don Guido fuma excitado, un mozo de espadas se santigua en el burladero y la banda de música entona un pasodoble.

Oraciones, bostezos y embestidas, los españoles amantes de las tradiciones no soportan que a los toros te lleves la minifalda ni que les modifiquen el protocolo. Cuando alguien se atreve, se engendra un coro de voces estomagante y nauseabundo, se muestra en acción esa rabia clasista que cincela el idioma y coagula en palabras el odio y la burla. El desprecio estalla en una lengua de combate sin matices, que usa todos los medios para forzar el juicio de los espectadores, que gritan y aplauden hasta arrugarse la golilla.

Barbas apostolicas calvas y coletas
Imagen de elcodigodebarras en Pixabay

El presente y el pasado pluscuamperfecto de la fiesta nacional no se tocan. El blindaje de nuestras tradiciones se compone de políticos corruptos, periodistas entregados, medios de comunicación quincalleros y sectarios, intelectuales lánguidos y sobones, tertulianos con mentiras en la manga, perrillos falderos del verdadero e intocable poder, que los premia y agasaja con orejas y rabos. Hay para todos.

El vano ayer ha engendrado un presente que manosea la añoranza melancólica de lo que nunca existió, que defiende siempre al torero. Huele a sangre en la arena.

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