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Arguez

Fotografía: ETP

1
Ha sido un asunto fugaz, casi invisible, pero en cualquier caso no intrascendente. La reacción que despertó en alguna gente la intervención artística en la plaquita que  acompaña al monumento de Fray Diego de Cádiz ha evidenciado algunas cosas que no dejan de ser interesantes para comentar un poco.

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Hay símbolos y mitos locales que presuntamente representan la identidad de esta ciudad y que gozan de la protección constante de una guardia pretoriana dispuesta a saltar al más mínimo gesto que se haga contra su santoral.  A mi mare no la mientes. La extrema caspa defiende y cuida ese falso esencialismo gaditano: desde los milagros de Nuestra Señora de las Medallas a los salones burgueses de las exposiciones gloriosas de los centenarios, Cádiz, emporio del orbe, cuna de la libertad, la derechona proyectando esa imagen cursi, rancia y liberal que malversa la caudalosa historia de esta ciudad, reduciendo su existencia a un álbum de comunión, vestido blanco, corpus y estampita. Y ahí siguen, erre que erre, eñe que eñe, ciudad señorial, ciudad pía y comerciante, ciudad que se ilumina con el fulgor de la quincalla, ciudad de los teatros y las misas, capital del pasado pomposo de los marinos con sable y las damas de pitiminí. Pero Cádiz no es solo el Café de Apolo, ni la Academia de Guardias Marinas, ni los disciplinantes de la Madre Antigua. Cádiz no es Elcano.

3
Sin embargo, un mero roce en la cancela de la parcelita de los prohombres ilustres de nuestra historia (casi nunca promujeres) y, de golpe, opinadores onanistas, columnistas apulgarados  y monaguillos de archivo saltan a defender lo suyo, su Cádiz.  Cuidado con el perro. Los voceros de la reacción se hacen fuertes, arrancan sus máscaras de demócratas, dejan de disimular y pierden complejos. En las páginas del mismo medio local podemos encontrar pueriles calumnias a Salvochea y ver poco después una sonrojante apología pública de Millán Astray  (sí, el de “¡Viva la muerte y muera la inteligencia!”). Sin anestesia. Sin pudor. Sin perdón. Y, me temo, no tardaremos en ver cosas peores, porque la hiedra franquista parece estar creciendo en esta temporada de otoño secular (Winter is coming!) para hacernos creer que el plomo del pasado puede convertirse en oro, esa nauseabunda alquimia de la desmemoria histórica (esto no sólo ocurre en Cádiz, claro). Y mientras el invierno de la gran posverdad posverdadera termina de llegar, el retén de los salvapatrias del alcanfor sigue ahí: esperando con los arcos tensados a quien ose cuestionar sus mitos, sus símbolos, sus nombres, su santoral. Y acercándose cada vez más a la línea roja del nacionalcatolicismo. Sin complejos. Sin miedo. Sin vergüenza.

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Se ha evidenciado, por otro lado, la desoladora miopía de quien en el siglo XXI (¿estamos en el siglo XXI, verdad?) no sabe aún diferenciar una intervención artística urbana de un acto vandálico. La sacralización del patrimonio al final nos va a llevar a la ruina. Llamar vandalismo a una acción como ésa resulta tan delirante como llamar terrorismo a un escrache. Señor sabio, no sea usted tan cateto. Una placa colocada sobre otra placa planteando un irónico juego de iconoclastia no es dañar el patrimonio. No, al menos, el patrimonio material. La intención del autor o autora de ese acto suponemos que fue evidentemente muy distinta al vandalismo o a la patrimoniofobia (ahí queda el palabro, para quien lo quiera usar, ya puestos). Quien no sepa distinguir esto es como aquel memo al que le están señalando la luna y se queda mirando el dedo. No seré yo aquí quien defienda o censure esa intervención concreta, entre otras cosas porque se defiende sola, pero desde luego quien reduzca este asunto a un mero acto de vandalismo es que definitivamente se la está cogiendo con papel fumar. O con papel de biblia.

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Y por último, nos reafirmamos de nuevo en lo que hablábamos hace unas semanas en esta misma casa: el campo de batalla de los gestos simbólicos está en llamas. Los años de construcción simbólico-identitaria del Teofilato han logrado ir dejando en nuestro espejo ese poso de ciudad católica, burguesita, recogida y vetustiana. Y nos ha ido poco a poco inyectando la auto-mitología de una identidad distorsionada,  construida a partir de sus polvorientos libros y sus lóbregos misales, donde ha quedado excluida, como de costumbre, la gente. La intrahistoria. Aunque pretendan sostener la épica gaditana basándose en esos símbolos, nuestra identidad acabe quizás residiendo con mucha más verdad en cada pimpi anónimo que en el Padre Sáenz de Santa María. En cada caletero reumático más que en Moreno de Mora. En cada cigarrera de barrio más que en la Viudita Naviera. En un estibador pícaro más que en un industrioso comerciante.

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Lancémonos al ring de la lucha simbólica, porque eso también es defender y transformar esta ciudad. No dejemos que ellos se nos vengan por arribita y nos impongan al Cádiz que Cádiz no es. Vayamos al contraataque. Cortémosles el paso. Construyamos (reconstruyamos) nuestra identidad simbólica en la calle y no en sus archivos ni en sus sacristías. Y ya puestos a reivindicar, y sin complejo alguno, reivindiquemos a La Perla antes que al Obispo Urquinaona. A Fernando Quiñones antes que Francisca Larrea. Al Carota antes que a Emilio Castelar. A la Petróleo antes que al Beato Diego.

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Amigas y amigos: quizás pueda ser mucho más representativo de “lo gaditano” una sola mueca del Libi que toda la bibliografía del mismísimo Pemán.

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