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Yolanda vallejo

Fotografía: Jesús Massó

Tal vez no haya deparado nunca en un detalle. No hay película yanqui, sea de lo que sea, en donde no salga una escena en una biblioteca. No se preocupe, si no se ha dado cuenta, es usted absolutamente normal. Los humanos tenemos una capacidad asombrosa para reaccionar solo antes estímulos que hayan sido procesados anteriormente. Es decir, que solo vemos lo que reconocemos por experiencia previa. Y en el campo de nuestra experimentación más cercana, no entran las bibliotecas. Sin embargo, la democracia norteamericana normalizó el uso de las bibliotecas públicas como una conquista de las libertades humanas. El acceso libre y gratuito a la lectura se consideró uno de los logros más importantes para el desarrollo del ciudadano libre. De hecho, la biblioteca pública de Boston se sigue considerando el origen de toda la política bibliotecaria desde el siglo XIX. El concepto de biblioteca como lugar de encuentro y como agente para el crecimiento personal es algo tan común en el mundo anglosajón como raro es en el mundo hispánico. Piense ahora en cualquier película, como le dije al principio. Revise su memoria cinematográfica, desde la más histórica a la más reciente, en todas aparece la biblioteca bien como lugar donde resolver dudas, bien como lugar de encuentro y sociabilización, bien como lugar donde dar visibilidad a las demandas ciudadanas. Para no marear, le pondré algunos ejemplos, Philadelphia, A propósito de Henry, Desayuno con diamantes, El día de mañana, Qué bello es vivir, La guerra de las galaxias, Fahrenheit 451…. La lista es interminable. Ahora, piense en películas españolas donde aparezca una biblioteca. No se esfuerce, no la va a encontrar fácilmente. Y no la va a encontrar porque las bibliotecas nunca han formado parte de la cotidianeidad en nuestro país. Un escaso interés por parte de las políticas culturales –con la honrosa excepción de la II República, María Moliner y las Misiones Pedagógicas-, y un absoluto desconocimiento por parte de la población han hecho que las bibliotecas, se hayan camuflado en nuestro imaginario colectivo como “salas de estudio”, lugares para estar en silencio, para no molestar, para aislarse, para evadirse…

Un concepto antiguo, antipático y antagónico de lo que el resto del mundo entiende por una biblioteca. Hasta esos niveles llegó la España de cerrado y sacristía de Machado. Las bibliotecas que por propia definición son lugares de encuentro para el conocimiento y la cultura, lugares donde experimentar, donde investigar y donde compartir nuevas ideas, se transformaron en lugares hostiles para la vida inteligente. Tal vez porque las políticas bibliotecarias en este país se han conformado con dotar de espacios y estantes y tal vez porque en este país, lo de leer se ha visto siempre con prevención.

Y mientras aquí mandábamos a callar en las “salas de estudio”, en Europa las bibliotecas se convertían en los principales agentes culturales de las comunidades vecinales. Encuentros con escritores con la zona, talleres de lectura y escritura, cuentacuentos, clubes de lectura, makerspaces, conciertos, cursos especializados, juegos… todo un mundo de posibilidades vertebrado por la biblioteca.

Dice el refrán que nunca es tarde si la dicha es buena. En el resto de España,  se trabaja ya en ese sentido; aquí vamos tarde, y vamos mal. Pero el camino empieza con el primer paso, que es el que ha dado nuestro Ayuntamiento visibilizando y potenciando el uso de las bibliotecas municipales como espacios de cultura y de participación social.

El reto consiste en hacer de nuestras bibliotecas un lugar de todos y todas para todos y todas. Proporcionar contextos en los que los ciudadanos y las ciudadanas puedan desarrollar sus capacidades contribuyendo a la construcción de proyectos colectivos. Un nuevo significado, la biblioteca como ecosistema que genera redes de aprendizaje, conocimiento y discusión en la comunidad.

Quizá no saldremos en las películas, pero tenemos unas bibliotecas de cine. Y son nuestras. No las pierda de vista.

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