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Hace ya 11 años que me exilié de Cádiz. Desde entonces he seguido el camino académico que me ha llevado a la investigación en física fundamental de partículas que ejerzo hoy en día. Buscando ofertas que no encontré en los diferentes sitios donde estudiaba, me fui alejando de Cádiz gradualmente. Primero a Sevilla, luego a Granada terminando mi licenciatura, después a Barcelona trabajando en mi master y doctorado, y actualmente en Berkeley investigando sobre física de neutrinos. Para entendernos un poco, el neutrino es algo así como un electrón sin carga y con una masa muy pequeña. Estos viajan a casi la velocidad de la luz lanzados por el Sol o creados en la atmósfera y nos llegan a billones cada segundo. Yo soy físico experimental, de los que los trata de detectar. Para ello usamos máquinas enormes por lo general bajo tierra, dónde casi lo único que llega desde el exterior son estas partículas.

Son muy pocos los lugares en el mundo que cuentan con un detector de estas características y ciertamente Cádiz no es uno de ellos. De modo que, en mi caso muy concreto de querer investigar en física fundamental de partículas, era de esperar que no volviese a esta ciudad sin medios para ello y con nula tradición en la materia. Por ello, aunque hablaba al comienzo de exilio, éste es en buena parte voluntario, ya que la decisión fue además alimentada por la curiosidad de vivir y conocer otros lugares. Lo realmente preocupante son aquellas personas que sí desean quedarse y les es imposible por la escasez de oportunidades.

En mi visita más reciente a la ciudad tuve la oportunidad de charlar con alumnos de bachillerato de un instituto del casco antiguo. Cada vez que explico a chavales a qué me dedico me sorprende la capacidad con la que lo asimilan, su curiosidad y las preguntas tan inteligentes con las que me encuentro. El caso de este instituto no se quedó corto. De hecho, fue la mejor experiencia de divulgación que he tenido. Me encontré con personas despiertas, con ganas de escuchar y de aprender, y sin nada que envidiar a cualquier alumno de Barcelona o de Berkeley con los que yo haya tratado. Y es que no existe ninguna barrera genética ni cultural en la Bahía por la que estas personas no puedan desempeñar cualquier trabajo igual o mejor que cualquier otro de fuera. De modo que la ciudad de Cádiz no debería subestimar e ignorar el potencial de sus ciudadanos, ni imponerles límites, activa o pasivamente. Es natural en la actualidad, que los ciudadanos se muevan y decidan estudiar o comenzar en el mundo laboral en una ciudad diferente a la nativa. El problema aparece cuando la ciudad de origen no posee los medios para traerlos de vuelta, o directamente no puede competir en atractivo (en cualquier sentido) con aquellas ciudades que reciben al emigrante.

Siempre tengo la impresión de que Cádiz está diseñada para el turismo de verano. Cuántas veces he oído y experimentado la frase ̈Cádiz en invierno está muerto ̈. Desde la oferta cultural a la empresarial, pasando por la del entretenimiento, se desvanecen pasado el calor. Por ejemplo, sorprende que algo tan simple como la música en directo sea casi inexistente en una ciudad, por otra parte, tan prolífica en artistas. Todo esto hace que sea muy difícil atraer mentes que permitan progresar o empresarios que inviertan en la ciudad. Pero lo peor de este escenario es quizás que la probabilidad de que uno de esos lúcidos alumnos con los que tuve la oportunidad de hablar permanezca o al menos vuelva a Cádiz, es muy baja.

Mis regresos a la ciudad se han ido reduciendo en frecuencia y longitud. Si pasara a cámara rápida esos fotogramas que he ido recolectando en cada visita, vería comercios cerrando, restaurantes y bares sobreviviendo a la poca actividad, y amigos que se llevan sus conocimientos y negocios a otros lugares. Sin embargo en esta última visita a la ciudad después de algo más de un año, me ha parecido verla más dinámica que otras veces. Espero que esto quiera decir que se esté emergiendo de nuevo, con suerte, con un modelo más inteligente que explote más el potencial de los ciudadanos y menos el clima. Un modelo que facilite un billete de vuelta para aquellos que quieran y tengan mucho que hacer en Cádiz y no puedan. Algo que sea más justo y digno para la ciudad más antigua de Europa Occidental.

Fotografía: José Montero

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