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J garciaSupongo que para los muchos que en este planeta sienten una pasión delirante por el llamado ‘deporte rey’ el titular de este artículo debe haberles parecido un sacrilegio o una aberración intelectual. Lo sé. Y asumo las consecuencias. Si recurrimos a esos lugares comunes que utilizan los grandes comentaristas deportivos, el fútbol no debe mezclarse nunca con la política, el fútbol es solo deporte, tiene su propia razón de ser… bla, bla, bla. Todos sabemos, desde los tiempos del circo romano, que los grandes eventos deportivos son un importante instrumento de propaganda al servicio del emperador, propicio para distraer la atención sobre sus cagadas. Y si no, que se lo pregunten al Daesh, que ha sabido utilizar la imagen de Messi a modo de ‘marketing del terror’ para hacer la guerra sucia al gobernante que está apuntalando el régimen de Al Asad en Siria.

Por ello, y salvando las distancias (creo que) obvias con el Daesh, yo también digo: no a la pompa futbolera de Vladímir Putin, apaguen ustedes el televisor el próximo verano, no queremos que extiendan ningún tupido césped sobre nuestros torturados y nuestros muertos.

Casi coincidiendo con el sorteo del Mundial de Fútbol 2018, que se celebrará en la Federación Rusa entre el 14 de junio y el 15 de julio del próximo año, fuentes especializadas en la actualidad LGTBIQ del mundo informaban de la detención, tortura y posterior asesinato del cantante ruso Zelim-Kahn Bakayev, de 26 años, durante su estancia en Grozny, en Chechenia, la gran chapuza política del régimen putiniano. En concreto, Igor Kochetkov, fundador de Rusian LGTB Network, corroboró que la causa de su detención fue la conocida orientación sexual del cantante.

Bakayev le ha puesto así rostro al centenar de personas que ya han sido exterminadas en los campos de concentración antigays de Chechenia que denunciaron a principios de año periódicos opositores rusos como el Novaya Gazeta, y cuyas imágenes han dado la vuelta al mundo sin que se escucharan más que tímidas expresiones de incertidumbre, estupefacción o repulsa de las cancillerías occidentales e, incluso, de los partidos de la izquierda internacionalista. ¿A quién le importa la vida de un puñado de maricas, la mayoría musulmanes, cuando está en juego no solo un evento tan inmaculado como el Mundial de Fútbol, sino, sobre todo, los importantes lazos e intereses económicos que Europa mantiene con Rusia? Que no estornude el emperador, por favor.

Será que se están dando por buenas las explicaciones del presidente Ramzan Kadirov, el caudillo que Putin ha colocado en la república norcaucásica para contener los impulsos secesionistas en la región, que han desangrado Chechenia durante décadas de acciones terroristas y guerras claramente abiertas. Kadirov ha negado la evidencia espetando que en Chechenia no se persigue a homosexuales porque no los hay. Tan estrambótica explicación no le ha impedido manifestar su posición sobre el colectivo LGTBIQ a la cadena norteamericana HBO, a quien dijo que “los homosexuales son demonios, no personas”. En fin, la Historia ya nos ha enseñado que las manifestaciones más brutales y cruentas de los fascismos que han arrasado nuestras sociedades desde el siglo XX comienzan siempre por el proceso de deshumanización ‘del otro’, aunque sea ‘un otro’ endógeno, próximo, relativo, como los homosexuales que viven junto a nosotros en nuestras ciudades y nuestros pueblos.

Así las cosas, el apoyo de Putin al sátrapa del Cáucaso no solo está asegurado por la necesidad de contener el secesionismo checheno, sino porque ambos coinciden en el régimen político-sexual que ha de instaurarse en la Federación Rusa, donde están prohibidas las manifestaciones LGTBIQ y todo acto que pueda ser tachado de ‘propaganda homosexual’. La Rusia que encarceló hace unos años a Pussy Riot ahora extermina a los gays en el cuarto oscuro de su federación en un nuevo pulso a Occidente por la hegemonía cultural en el mundo.

No obstante, la identificación de ‘los homosexuales’ con ‘el otro’ no es, desde luego, patrimonio de estados autoritarios y remotos como Rusia o algunos países gobernados por el fundamentalismo islámico. Es un hecho recurrente en gran parte de las sociedades modernas. La Francia gaullista persiguió a estos ‘homosexuales’ identificándolos con los ocupadores nazis y el gobierno colaboracionista de Vichy, la España franquista con los rojos derrotados en la Guerra Civil e, incluso, la Rusia soviética y estalinista los castigó duramente como síntoma social de la decadencia burguesa.

Sí, ya sé lo que podrían objetar. Ni los campos de concentración antigays de Chechenia son la única violación de los derechos humanos perpetrada por la Rusia de Putin, ni sería la primera vez que un mundial de fútbol estuviera organizado por un régimen de visos fascistoides. El Mundial de Argentina, por ejemplo, se celebró bajo la mano de hierro del dictador Videla.

Pero ya va siendo hora de que cambien las cosas. Existe no solo esta, sino también muchas otras razones igualmente poderosas para irse a la playa y a las terrazas este verano, desconectar el televisor y el wifi de los dispositivos móviles y hacerle una gran peineta digital a la Rusia de Putin.

De nuevo, un fantasma recorre Europa, pero, esta vez, nosotros no le llamaremos camarada.

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