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CarrranzaFotografía: Jecanre

Hoy el partido comenzó en el autobús.

Fiel a mi costumbre, salí de casa con el tiempo justo. Al poco, vi venir un coche de la línea 5 totalmente atestado (y yo era el último de una cola relativamente nutrida). Pensé que como otras veces me quedaría en tierra pero quiá, no hubo problema. El conductor se puso de pie, animó a la gente a ocupar los espacios vacíos, nos invitó a entrar. Todo ello sin perder la sonrisa, ejerciendo un liderazgo amable y fecundo.

Llegamos con tiempo de sobra y yo pensé que el Cádiz necesitaba a alguien como aquel conductor en el terreno de juego: alguien que le quitara el aire mortecino, que le sacudiera del alma las motas de tristeza.

Con esa idea ocupé mi asiento al mismo tiempo que los futbolistas pisaban el césped para enfrentarse a la Cultural Leonesa, de vuelta en la división tras más de cuarenta años (y yo recuerdo haberlos visto en directo, tempus fugit…). No creo equivocarme si digo que en la primera media hora fueron Álex y Perea los que cumplieron con la labor de animadores. El pelirrojo mejoró las prestaciones de Abdullah y mezcló bien con Garrido. El ex barcelonista demostró madurez y clase y le dio continuidad al juego en la zona de tres cuartos. El equipo, en general, se mostraba activo, dinámico, conectado. Diríase que querían celebrar la renovación de Cervera con una victoria y a ello se dispusieron con decisión. En el minuto trece Carrillo ganó la espalda de los centrales y sostuvo la ventaja con un sprint sorprendente para su corpachón. Jesús solo pudo rozar el balón antes de recogerlo del fondo de la portería.

Gritó Carranza en un grito de alivio: demasiado tiempo sin marcar, demasiado óxido en las gargantas.

La fiesta aún continuaría durante unos minutos. La Cultural recordaba a muchos equipos de la temporada pasada, que sobaban el balón sin intención ni filo; por el contrario, los robos del Cádiz terminaban en jugadas profundas de Salvi o Alvarito. En un centro de este último, el defensa leonés Iván González anotó un gol que pugnaría por ser de los mejores de la jornada si no hubiera sido en propia puerta: desahució a las arañas de la escuadra.  Otro grito y sonrisas por bandera (la mejor de las banderas posibles, dicho sea de paso).

Y de repente, Salvi se sentó.

Supongo que sentiría un pinchazo, un hasta aquí. La enésima lesión muscular de la plantilla nos dejó sin su inestimable concurso y ya todo serían malas noticias. Para sustituirle saltó al campo Nico Hidalgo, que cuajaría un partido desastroso. Aun así, creo que pagó –en forma de silbidos- culpas propias y ajenas.

Mal que bien llegó el descanso y no había signos visibles que presagiaran el desastre. Si acaso el calor pegajoso de este otoño impropio, el bochorno blanco de los días nublados.

Empezó la segunda parte y movieron ficha los entrenadores. El visitante, ante la inoperancia de Hidalgo, se permitió quitar al lateral izquierdo para meter a Ariday, uno de sus repuestos ofensivos. El local cambió a sus dos piezas más adelantadas: Barral y Abdullah sustituyeron a unos agotados Carrillo y Perea.

No sé bien lo que pasó, pero tuve la impresión de que alguien apagó la música y el equipo dejó de bailar. La presión dejó de ser coordinada, los robos fueron menguando hasta desaparecer, las imprecisiones impedían que la jugada fraguase y le devolvía la posesión a la Cultural… En dos acciones similares los visitantes desbordaron por banda derecha con excesiva facilidad. En la primera, Señé acortó distancias con un disparo raso a la cepa del poste, como dirían los clásicos. En la segunda, el balón terminó en los pies de Ariday que batió a un Cifuentes que tal vez pudo hacer algo más. La defensa, otrora sólida, se ha transformado en un flan tembloroso: nos hacen goles casi sin querer.

Entre medias, el público había comenzado su particular concierto de pitos con especial énfasis cuando Hidalgo tocaba el balón. Como dije antes, el extremo completó un partido tenebroso (no solo en ataque: sus ayudas defensivas fueron pésimas) pero sería injusto personalizar. Fue el Cádiz al completo el que dio un paso atrás, el que perdió la confianza, el que no supo enterrar a un rival que tenía pie y medio en la tumba. Y es que supongo que la inquietud que siente la afición es compartida por el equipo, que se muestra huérfano de desparpajo y atrevimiento cuando son más necesarios.

Necesitamos que el conductor del autobús no pierda la sonrisa ni la alegría. Necesitamos volver a ilusionarnos.

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