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Liga cadizFotografía: Africa Mayi Reyes  (CC BY-ND 2.0)

CÁDIZ 2 – 1 OVIEDO

Dicen que un milagro es aquello que no puede suceder y, sin embargo, ocurre.

Esta tarde hemos asistido en el Carranza a un pequeño milagro. Un milagro humilde y provinciano compuesto por tres hechos insólitos, casi inconcebibles: el Cádiz ha remontado un partido, el Cádiz ha ganado en Carnaval, el Cádiz ha vencido al Oviedo.

Rebajaré la épica en beneficio de la objetividad: todo ello ocurrió ante un equipo asturiano que se quedó con diez jugadores por la expulsión de Rocha, tal vez demasiado rigurosa.

Pero recurramos al orden cronológico, el sendero narrativo que más se parece a la propia vida.

Puso en liza Cervera al equipo de gala, con la única novedad de Barral en su calidad de ariete sano. Y fue precisamente el cañaílla el que cabeceó con acierto un centro de Álex cuando todavía los rezagados andábamos molestando a los espectadores puntuales. La manopla de Herrero sacó el balón de la escuadra cuando se cantaba gol.

Pese a este prometedor inicio, el juego se fue atorando como un motor herrumbroso y el primer tiempo se consumía sin que ninguna escuadra se impusiera a la otra. El equipo carbayón ocupaba los espacios de forma óptima gracias a su línea de cinco defensas que daba libertad de movimientos a sus laterales. El Cádiz, por su parte, manejaba el balón con la torpeza del amante primerizo: manoseándolo sin saber muy bien qué hacer con él.

Y entonces, cuando el partido parecía dirigirse al desfiladero del empate sin goles, ocurrió. En un balón dividido, Carpio llegó un segundo antes que Rocha y éste rebañó al cadista de una manera tan aparatosa que le valió abrir el bote de champú antes de lo previsto. Corría el minuto 34 y, paradójicamente, el Cádiz, agobiado por la doble responsabilidad de jugar como local y de hallarse en superioridad, terminó por bloquearse. Los doce minutos que restaron para el intermedio fueron un canto a la incapacidad, una oda a la impotencia (de nuevo, el amante torpón).

En el descanso, e intentando obviar lo que habíamos visto, todos hacíamos nuestras cábalas: el Oviedo terminaría notando el desgaste del hombre ausente, los amarillos acabarían por imponerse. Cruces, ojalás, plegarias al dios Momo.

Y el dios Momo pareció escucharnos: los primeros minutos (ya con Jona y Perea en el campo, que habían sustituido a Barral y Abdullah) tuvieron el aire esperanzador de las victorias tranquilas. Un poco más de presión, algún centro, algún remate… Bien, tranquilos, el gol llegará.

Y llegó, pero fue del Oviedo tras una jugada descacharrante en la que el Cádiz puso de manifiesto varias taras a la vez: ingenuidad, desaplicación, mala fortuna. Lucas sacó hacia atrás, muy hacia atrás, un saque de banda. Garrido falló estrepitosamente en el control y Keco se vio obligado a hacer falta. Tras el lanzamiento, Jona despejó y el rebote en la cabeza de Linares acabó encontrando la red.

Aquello era excesivo. Los locales no estaban jugando bien pero tampoco merecían tanto castigo. El dios Momo parecía burlarse de los gaditanos, haciendo bueno aquello de que en el Carnaval, cualquier material es bueno para convertirse en arcilla de la sátira (o debería serlo, pero ésa es otra historia).

Cervera miró al banquillo y vio a Eugeni. Miró al campo y vio a Garrido. El vasco es útil en el robo y la presión, pero completamente inoperativo para la construcción y el ataque. El míster agotó el último cambio y Eugeni, junto a Álex y Perea, terminó por conformar un centro de campo pleno de creatividad y chispa.

Y el equipo empezó a carburar.

Primero fue Perea, tumbado en banda izquierda, quien igualó la contienda tras una espectacular jugada individual. Y luego, en pleno asedio, fue Servando el que puso el definitivo dos a uno a la salida de un córner. El Cádiz le dio la vuelta al marcador a base de buen juego, de toque de balón, de regates y apoyos. Otro fútbol es posible, después de todo.

En la rueda de prensa posterior, Cervera dijo que el partido fue como tenía que ser porque el que no sepa como juega este equipo es que no es de Cádiz (chascarrillo del Morera, para el que no siga el concurso). Risas, jolgorio en la sala de prensa.

Tú tampoco eres de Cadi, gafa, pero merecerías serlo, vaya que sí.

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