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CarrranzaFotografía: Jecanre

CÁDIZ 2 –  TARRAGONA 0

“Aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada”.

Eso escribió –entre otras cosas- San Pablo a los corintios antes incluso de que Jordi Hurtado comenzara a presentar “Saber y ganar”, cuando todavía estaban de moda las cartas. Y me sirve esta frase –como cualquier otra en realidad, pero ésta es molona- para resaltar la importancia de ciertos ingredientes en una receta: los garbanzos en el menudo, el pan en el gazpacho, la emoción en el fútbol.

Podemos tener técnica, estrategia, millones, flashes, goles: sin emoción, el fútbol es una campana que resuena en el desierto. Y esta noche de luna naranja, en el estadio Ramón de Carranza hemos vivido un momento de emoción de la buena, de la que firmaría –y filmaría- Frank Capra, de la que nos hace mirar con una sonrisa al desconocido del asiento de al lado. Para colmo, ese momento nos lo ha regalado Alvarito, el que deshojaba margaritas getafeñas hasta que se las arrancaron de las manos.

Pero empecemos por el principio.

Saltaban al campo dos escuadras que viajan en la liga 1,2,3 dibujando trayectorias opuestas: intenta salir del sótano el Tarragona, saborea un cóctel en el ático el Cádiz. Y, sin embargo, tras los primeros cuarenta y cinco minutos no se habían reflejado en el césped las respectivas rachas. El equipo de Cervera quiso asumir el papel que le correspondía pero – ¡ay! – demostró una vez más que no se le da bien eso de tomar la iniciativa. Faltaba claridad en la salida de balón (Servando lo rifó en demasiadas ocasiones) y precisión en los primeros pases de contragolpe y en los metros finales. Algún desborde de Salvi, algunos saques de esquina… Apenas nada que llevarse al bolígrafo.

Mediado el primer tiempo, el Tarragona pareció dar un paso adelante. Amparados en el buen trato de balón de Maikel Mesa y en la calidad de sus dos laterales, dominaron la escena durante unos minutos. Justo entonces ordenó Cervera un cambio de posición entre Aitor y Alvarito, para que este –que había comenzado en la media punta- ocupase la banda. La idea (buscar la espalda de Kakabadze) era buena pero los amarillos se replegaron demasiado y las contras llegaron con cuentagotas y sin excesivo peligro.

Y así, entre bromas y veras y sin demasiado que contar, se llegó al descanso: los focos adquirieron toda su potencia y yo me sentí tan deslumbrado como un sospechoso en un interrogatorio. Faltaron el poli bueno y el poli malo.

Todavía no había llegado la segunda mitad a la adolescencia cuando el colegiado Prieto Iglesias señaló una falta cerca del área catalana. Aitor demostró una vez más la calidad de su golpeo y Dimitrievski bastante tuvo con rechazar la pelota. Esta, tras golpear el larguero, se dirigió por su propia voluntad a la pierna de David Barral. El cañaílla enganchó un remate de mérito que significó el primer gol.

Lluis Carreras, el técnico tarraconense, empezó a sentir la caricia de la soga en su gaznate y comenzó a hacer cambios como si no hubiera un mañana: en un plis plas puso en liza a Muñiz y a Barreiro soñando con un empate que nunca llegaría.

Lo que sí llegó, en cambio, fue el momento culminante del partido. Eddy Silvestre – ¿qué mejor villano para esta película? – erró un pase sencillo en el centro del campo y Alvarito previvió su momento. Supo que debía correr evitando la criminal entrada del ex – cadista. También supo que debía enfrentar al último defensa, que debía acelerar hasta parar el tiempo, que debía abrirse ligeramente hacia la izquierda, que debía descargar su pierna con toda la tensión acumulada de los últimos días, de las últimas ofertas, de los últimos comentarios.

Todo eso lo supo Alvarito cuando observó la monumental pifia de Eddy y todo lo ejecutó con tal pulcritud que el gol era inevitable. Fue un gol redondo, perfecto. Un gol liberador como un orgasmo, como la confesión de un secreto antiguo. Un gol que tuvo su epílogo en los gritos de la grada, en los besos al escudo, en las lágrimas del futbolista. Un gol, en suma, emocionante. Y puede que las emociones en fútbol sean efímeras, o impostadas, o que sean subalternas de las grandes emociones de la vida, no discutiré eso. Pero sé que las lágrimas de Alvarito eran reales y que real era la alegría compartida de miles de almas. Y también sé que sin estos momentos el fútbol no tendría sentido.

Aunque seguía habiendo movimiento sobre el césped, el partido terminó cuando el Nástic sacó de centro tras el segundo tanto. De ahí al final lo único reseñable fue la lesión de la estrella de la noche que se marchó esta vez entre lágrimas de dolor, aunque confortado por la ovación de la grada.

Fue una noche emocionante. Fue una noche de fútbol.

 

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