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Parque gimnasio polideportivo

Fotografía: Jesús Massó

¿Que Cádiz es una ciudad de mariquitas? Permítanme que arroje un punto de duda sobre este asunto. No dudo, sin embargo, de la persistencia de cierta leyenda de estela iridiscente que ha hecho convulsionar a las virilidades más hormigonadas de esta ciudad cuando el alcalde ha izado la bandera multicolor contra sus claros y salados cielos. He oído decir al rebufo: “lo que nos faltaba, con la fama que tenemos”. Pero nosotros, ni caso, y hemos insistido, “dale Kichi, al cielo con ella”.

Es más, yo creo que el Cádiz mariquita es mucho más que una leyenda. Es un mito político. La asociación en la memoria colectiva entre la ciudad y las expresiones más afeminadas de la homosexualidad masculina ha sido objeto de todo tipo de especulaciones históricas o pseudohistóricas desde tiempos inmemoriales: que si el Cádiz dieciochesco era punto de partida de buques que transportaban a prostitutas y sodomitas deportados hasta las Américas, que si los gaditanos y gaditanas acogieron tolerantemente a un grupo de esos sodomitas que naufragaron cerca de La Caleta, que si a caballo entre los siglos XIX y XX a los homosexuales descubiertos mientras hacían el servicio militar se les internaba en el Castillo de San Sebastián… ninguna debidamente documentada salvo la de mi gran amigo y catedrático de la UCA, Paco Vázquez, que nos cuenta en un opúsculo de inminente publicación los orígenes e implicaciones del mito.

Todo empieza cuando el entonces gobernador civil de Cádiz, Pascual Ribot y Pellicer, es acusado el 17 de octubre de 1898, por el periódico madrileño El Nacional, de organizar la prostitución masculina en la ciudad, cobrando contribución comercial y estableciendo la cartilla sanitaria. Era el llamado “escándalo de las cartillas”, que provocó una crisis en el Gobierno de Sagasta de mayores proporciones que el mismo Desastre, hasta el punto de propiciar la dimisión del cuñado de Ribot, ministro de Fomento.

El artículo de El Nacional, elocuentemente titulado “El reino de Sarasa”, cuestionaba la actuación del servicio de ‘higiene especial’, al mando del gobernador civil, por haber repartido las susodichas cartillas sanitarias no solo entre las prostitutas de la capital, sino también entre los llamados “maricas de burdel” o “sirvientes de mancebía”, los cuales, se sospechaba, ofrecían a su vez servicios sexuales a la marinería y otros viajeros que arribaban al puerto de Cádiz en aquel convulso periodo de la historia de España. La gente notable y más acomodada de la ciudad salió entonces en manifestación contra Ribot, y las agrupaciones carnavalescas tampoco pasaron el asunto por alto. Es el caso, entre otros tantos, de ‘Grandes Industriales de París’, que en el Carnaval del año siguiente al escándalo entonaba letrillas como esta: “Cuando hubo las cartillas/ Del gobernador/Allá en Trebujena/ Nos dio hasta temblor./ Supimos que en Cádiz/  A los mariquitas/ Por su gran oficio/ Sacaron cartillas./ Y al venir nosotros/ Pudimos comprar/ Este gran resguardo/ Que traemos atrás”. Pero mejor no sigo contando, para no hacerle spoiler a mi amigo Paco.

Lo cierto es que este mito fundacional ha hecho pervivir la leyenda incluso cuando por encima de ella ha pasado más de un siglo, incluidos cuarenta años de nacionalcatolicismo, hasta llegar a la fecha actual en la que ya no somos aquellos “maricas de burdel”, sino un segmento de mercado bastante jugoso que es preciso ordenar y ordeñar. Ahora somos los DINKs (en inglés, Doble Renta y Sin Hijos), por mor de los ideólogos de la mercadotecnia rosa, que ha animado incluso a los sectores más ultramontanos de la ciudad a recibir a los cruceros gais con la misma expectación que Penélope recibió a Ulises a su regreso a Ítaca.

He aquí la actualización del mito del Cádiz marica. Pero es solo eso, un mito. Los entonces “maricas de burdel” son hoy el precariado que trabaja de manera estacional en los bares y restaurantes que sirven a esos que llegan en cruceros, son las lesbianas excluidas real y simbólicamente de este hoy eufemísticamente llamado Cádiz gayfriendly, los gitanillos que buscan calor masculino más allá de las rígidas normas morales del clan, los muchos, muchísimos, que no somos DINKs.

Por supuesto, los sectores más recalcitrantes de la sociedad gaditana negarán la mayor y dirán que aquí no hay homofobia ni hace falta plan de las administraciones para combatirla, que vivimos en la ciudad del “buen rollito”, en el Cádiz marica de toda la vida, que los insultos del presidente de la peña flamenca ‘Enrique el Mellizo’ a Miguel Poveda no fueron más que un calentón de boca, que si el grupo Molotov viene a cantar a las fiestas populares del verano gaditano ‘Matarile al maricón’ no es para ponerse hecho un basilisco, que el caso de la pareja de guiris que fue agredida por dos homófobos en el centro de la ciudad no está nada claro ni es para sacarlo en grandes titulares.

Pero que no se equivoquen las conciencias tranquilas y los estómagos agradecidos. Si en Cádiz no hay más agresiones ni manifestaciones de homofobia es porque apenas ahora comienza a haber una comunidad lgtbqi visible y audible, apenas ahora empezamos a llegar a las instituciones, a las instalaciones culturales, a los espacios públicos. Así ha ocurrido en las ciudades donde las personas lgtbqi representan una entidad sociológica imposible de obviar, en muchos de los países donde acaban de reconocerse una serie de derechos civiles a esta población. Que una parte nada desdeñable de la sociedad, jaleada desde los púlpitos, les ha respondido con un repunte de la violencia homofóbica y transfóbica.

¿Será distinto en el Cádiz de los mariquitas? ¿En el Cádiz gayfriendly? Todo esto está por ver. De momento, el único acto de travestismo celebrado por sus habitantes como se merece es el de las aguas que los rodean desde que Alberti escribió aquello de “El mar. La mar. El mar. Solo la mar”. Y todo el océano es hoy demasiado poco para nosotros.

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