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Hace apenas un siglo, Cádiz conservaba extramuros un carácter aún rural, salpicado de casas de campo, huertas y arenales baldíos. Tanto es así, que en las primeras décadas del siglo XX los vecinos de Extramuros se quejaban de la polvareda que levantaba el creciente tránsito de automóviles por el aún no asfaltado principal eje viario de la ciudad y pedían un control de la velocidad. Cádiz también fue una vez campo.

En la actualidad, a vista de dron, la ciudad apenas nos ofrece unas pocas gotas de vegetación que salpican un continuo urbano de hormigón y asfalto. La mancha verde más sobresaliente es probablemente el césped del Carranza, ese que solo pisan veintitantos hombretones durante un par de horas cada dos semanas. El Complejo Deportivo de Puntales no cuenta: es de césped artificial.

No es un panorama muy diferente al de otras ciudades de nuestro contexto. La valoración mercantil del suelo de la ciudad capitalista hace que los servicios que aporta a la sociedad una zona verde no hayan podido competir con la apisonadora urbanizadora, imparable décadas atrás y con visos de reactivación. Y esto es algo que la normativa urbanística moderna no siempre ha conseguido o no ha querido corregir.

Cadiz que te quiero verde
Fotografía: Pixabay

Como resultado de este devenir, la ciudad de Cádiz presenta un claro déficit de zonas verdes y las que existen se encuentran además aisladas, sin conexión entre sí. Y esto no es solo una percepción a vista de dron sino un hecho objetivo y cuantificable. La Ley de Ordenación Urbanística de Andalucía establece un estándar mínimo de superficie de parques, jardines y espacios libres públicos de entre 5 y 10 m2 por habitante. Al Plan General de Ordenación Urbanística aprobado en 2012, en los tiempos de Sherofila Martínez, no le quedó más remedio que computar la playa urbana como un jardín para simular cumplir el mínimo exigido de 5 m2 por habitante, por que si no, no llega ni a 3. El propio Plan reconoce que esto no es más que una argucia que incumple la literalidad de la ley. Algo muy propio de Kadi City.

Sin embargo, este requerimiento no es banal y menos aún en una ciudad con la densidad de población de Cádiz. El doble sistema yuxtapuesto de edificación y espacios abiertos públicos, claramente delimitados entre sí, es consustancial al propio concepto de ciudad pública, la mediterránea, ese al que Cádiz se adscribe sin matices. En contraposición a la ciudad doméstica de casitas con jardín, la ciudad pública tiene en el protagonismo del espacio público uno de sus principales ingredientes, del que depende la propia vida de la ciudad. Creo que en Cádiz no hay que convencer a nadie de ello: los gaditanos estamos en permanente estado de éxtasis, en el sentido etimológico del término, del griego antiguo ekstatis, que significa estar fuera. La calidad urbana de la ciudad pública y la calidad de vida en ella dependen directa y estrechamente de la calidad del espacio público.

Tampoco debería ser necesario convencer a nadie de la importancia de la presencia de vegetación, de naturaleza, para otorgar calidad al espacio público. Pero parece que lo es. Como ya contábamos en otra ocasión, el hormigón continuo se ha convertido en un modelo estético que domina el diseño de las nuevas plazas y espacios públicos. Paseo de Santa Bárbara, Plaza de Argüelles, Parque de Erytheia, Glorieta Ingeniero de la Cierva, Plaza de Madrid, Plaza de Jerez, Glorieta Zona Franca, Plaza del Campo de la Aviación… el culto moderno al hormigón minimalista parece no tener fin. La excusa de evitar filtraciones en plazas sobre aparcamientos subterráneos se ha extendido incluso a espacios que carecen de ellos, siguiendo el trivial principio que relaciona la ausencia de vida con la higiene y, sobre todo, con el mantenimiento cero.

La inexistencia de vida vegetal, especialmente arbórea, ahuyenta también a la vida animal, incluida la humana. Se trata de espacios duros, inhóspitos, en absoluto acogedores, que producen desazón, que invitan a no estar, a no quedarse. Pero, sobre todo, que suelen carecer de una cualidad esencial en el espacio público en nuestras latitudes: la sombra, lo cual hace inhabitables esos espacios durante una gran parte del año. En definitiva, los espacios libres en Cádiz son pocos pero además, en gran parte, auténticos cementerios —palabra que curiosamente no tiene relación etimológica con cemento a pesar de la identificación de ambas con la ausencia de vida—.

De nada parecen servir argumentos tan consabidos como la importante función que desempeña el arbolado de la ciudad en la regulación del clima urbano, el filtrado de contaminantes del aire, la amortiguación del ruido o la fijación de CO2. Son cosas que se dicen pero escasamente se incorporan a la toma de decisiones del diseño urbano.

La demanda ciudadana, sin embargo, va por otro lado y la reclamación de zonas verdes es evidente. Los parques y jardines son por lo general los espacios más valorados de las ciudades y la presencia de vegetación en las calles, especialmente de arbolado, mejora notablemente la percepción de la calidad urbana por la ciudadanía. La pasada Fiesta de la Primavera, celebrada a finales de marzo en la Plaza de San Antonio, sirvió de experimento en este sentido. Una medida tan sencilla como colocar por unos días una alfombra de césped natural sobre una plaza dura, enlosada y carente de vegetación hizo que la gente se apoderara de inmediato del espacio público, para jugar, hacer un pícnic o simplemente estar.

Pero hay otra razón, más allá de la calidad del espacio público y de los servicios ecosistémicos prestados, para reclamar llenar de verde la ciudad. Una razón más profunda si cabe. Se trata de la necesidad de reconectar la vida humana con la naturaleza. Algo que Richard Louv expone con detalle en su ensayo “Los últimos niños en el bosque” y que responde a lo que ha denominado el trastorno por déficit de naturaleza, la separación cada vez mayor que existe entre las personas, especialmente jóvenes y niños, y el mundo natural. Como expone Louv, para las nuevas generaciones, la naturaleza es más una abstracción que una realidad. El momento histórico con una mayor conciencia ambiental es también, paradójicamente, el momento histórico con una mayor separación de la naturaleza, con una menor experiencia cotidiana con nuestro entorno natural, debido fundamentalmente al despoblamiento del campo y la concentración de la población en las ciudades.

Pero el trastorno por déficit de naturaleza va más allá de ser un mero concepto convergente de obviedades. Describe los costes humanos por la alienación de la naturaleza, que van desde un uso disminuido de los sentidos, como ha reconocido recientemente la OMS con la miopía en niños, a dificultades de atención e índices más elevados de enfermedades físicas y emocionales, que un número creciente de investigaciones evidencia. Investigaciones que se centran, cada vez más, no tanto en lo que perdemos cuando nos separamos de la naturaleza, como en lo que ganamos cuando nos acercamos a ella.

Resulta paradójico, por ejemplo, que la epidemia de obesidad infantil que sufren los países desarrollados, y el nuestro de forma alarmante, coincide con el mayor auge de deporte infantil organizado de la historia. Y la clave, apunta Louv, está en el ejercicio físico que se practica a través del juego no estructurado, basado en la imaginación y la exploración especialmente, mucho más variado y menos limitado en el tiempo que el deporte organizado. Jugar en escenarios naturales proporciona justamente eso, y la oportunidad de hacerlo es algo que en las últimas décadas ha ido perdiendo la infancia. Algunas investigaciones establecen la relación entre el juego en zonas naturales, dominada por terrenos irregulares, rocas y árboles, y un mayor desarrollo en los niños de habilidades motoras, frente a su menor desarrollo cuando el juego se centra en parques infantiles típicos de columpios. Otros estudios apuntan al mayor beneficio emocional de la práctica del ejercicio físico en escenarios naturales frente a escenarios artificiales, sobre todo de interior como gimnasios. Correr en una cinta sin fin en la sala de un gimnasio no resulta especialmente emocionante.

Sin embargo, cuando se diseña un espacio urbano para el juego de niños nunca se piensa en crear un espacio dominado por la tierra y la vegetación, lleno de árboles o troncos a los que trepar. Se piensa siempre en columpios prefabricados instalados sobre suelo de caucho de colores. Lo que el pedagogo y dibujante italiano Francesco Tonucci denomina jaulas para hamsters. En contraste, muchos niños tienen claras sus preferencias. Los jardines de Plaza Mina, Plaza de España o la Alameda constituyen sus espacios preferidos de juego. En ellos hay exploración, aventura, descubrimiento, experiencia multisensorial permanente, oportunidad de imaginar y crear, de experimentar el sentido del asombro, al que apelaba la bióloga, conservacionista y divulgadora estadounidense Rachel Carson.

No todos lo entienden así, sin duda hay ciudadanos que conciben la combinación de niños y jardines como un cóctel explosivo que acabará en atentado seguro al patrimonio público. En algo tienen razón, creamos (por desgracia) espacios verdes para ser vistos, no para ser tocados. Pero en algo se equivocan profundamente: el compromiso con la conservación del patrimonio, ya sea natural o cultural, no surge de un ejercicio de aprendizaje intelectual, sino de la experiencia emocional con dicho patrimonio, especialmente durante la infancia. Y el desarrollo de esa experiencia requiere tocar. Con mayor probabilidad, serán las personas que de niños jugaron en un determinado lugar los que se colocarán delante de las excavadoras cuando vengan a construir en él un aparcamiento, un centro comercial o una urbanización.

Por contra, en una ciudad donde los árboles sufren con frecuencia podas criminales —como cuando llevas a tu hijo a pelar: cortito, que le dure— y donde miles de palomas son sacrificadas por designio del dios Horeca, no se está transmitiendo precisamente un mensaje que contribuya a despertar un compromiso de respeto y conservación de la naturaleza urbana, sino más bien a concebirla con un fin meramente utilitarista.

Del mismo modo, el interés por conocer surge de la emoción previa. Como expresaba Rachel Carson en su breve obra El sentido del asombro, “una vez han surgido las emociones, el sentido de la belleza, el entusiasmo por lo nuevo y lo desconocido, la sensación de simpatía, compasión, admiración o amor, entonces deseamos el conocimiento sobre el objeto de nuestra conmoción. Una vez que lo encuentras, tiene un significado duradero. Es más importante preparar el camino del niño que quiere conocer que darle un montón de datos que no está preparado a asimilar”. Sin embargo, la educación de nuestros hijos se encuentra tremendamente alejada del aprendizaje experiencial en la naturaleza y no aprovecha en absoluto la biodiversidad urbana, el extenso y rico borde litoral o el Parque Natural que se extiende más allá de Cortadura como recursos didácticos. Las ciencias naturales se aprenden en libros de texto, mientras el contacto cotidiano con la naturaleza, la estrategia del descubrimiento, el sentido del asombro están completamente ausentes de aquella forma de educación.

Sin duda hay que calibrar el posible impacto de los niños en los jardines, pero también es necesario evaluar el impacto de criar generaciones de humanos apartadas del contacto cotidiano con la naturaleza. Los jardines urbanos son apenas islas de naturaleza creada, pero resultan esenciales para que los niños urbanitas, y también los adultos, tengan un contacto cotidiano con los procesos ecológicos de los que formamos parte, con seres vivos no humanos o, al menos, que puedan tocar la tierra con sus manos. Niños urbanitas que, hoy día, con un mundo rural vaciado o urbanizado a partes iguales, son casi todos.

Hay que repensar Cádiz en verde, hace falta una estrategia para aumentar la superficie vegetada y reducir asfalto y hormigón, que debe ser una piedra angular de una futura revisión del planeamiento urbano. Es necesario introducir un cambio radical en los criterios de diseño urbano, no desperdiciando ninguna oportunidad para crear paseos y calles arboladas, parques y jardines, microespacios verdes o incluso huertas urbanas, procurando con el tiempo su conexión a modo de corredores verdes, al igual que han hecho ya ciudades como Hamburgo. Con procesos participativos de diseño y creación de estos espacios, contando con la ciudadanía de cada barrio, pues la experiencia muestra que la participación ciudadana resulta en una mayor cantidad y calidad de espacio público, parques y jardines. Cadiz, te queremos verde.

FIT

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