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Susana ginesta

Fotografía: Jesús Massó

La sociedad en la que nos movemos tiene una percepción horrenda del fracaso, no nos gusta contar las veces que nos hemos caído, que nos han roto el corazón y hemos escuchado a Alex Ubago hasta reventar el compact, las veces que nos han despedido de un trabajo o no nos han elegido en una entrevista de trabajo o las innumerables ocasiones en que nuestra comparsa “se ha comido un mojón” dejándonos en preliminares con cuatro pasodobles “buenísimos” sin estrenar. Aprender a gestionar el fracaso no es sencillo.

Desde pequeños/as, nos enseñan que debemos ser personas exitosas, las mejores, las más listas, aquellas personas que despuntan, por eso atiborramos a nuestras criaturas con actividades extraescolares hasta que llegan a la extenuación. Es por la misma razón que un “NO” a un adolescente es percibido como una puñalada trapera por parte de sus progenitores; esa falta de tolerancia al fracaso nos la enseñaron y la perpetuamos de manera casi inconsciente. Pero la realidad es que a lo largo de nuestra vida tenemos que hacer frente a fracasos sentimentales, laborales, personales y profesionales. Y cuando fracasamos nos hundimos, nos sentimos que no valemos nada y decidimos que no merece la pena continuar luchando por el objetivo que nos habíamos propuesto, que lo mejor es abandonarlo y dedicar nuestro tiempo a otro más sencillo de lograr.

“Nos retiramos. Ya no vamos al Falla nunca más, no valoran nuestro trabajo. El jurado es cobarde y no se atreve a apostar por nosotros”. (Comentario real de chirigotero frustrado después de quedar fuera de la final del COAC).

El fracaso es algo inherente al ser humano, según el Diccionario de la Real Academia Española, es el malogro o resultado adverso de una empresa o negocio. Un suceso lastimoso inopinado y funesto. La caída o ruina de algo con estrépito y rompimiento. Lo relaciona con: catástrofe, desastre, decadencia, fallo, colapso y derrumbamiento.

La idea del fracaso como algo negativo es algo que tenemos absolutamente interiorizado, sin embargo es algo que forma parte de la dinámica de la vida.

Pensar que fracasar es lo peor que puede pasarnos es el mayor inhibidor de la creatividad y de la innovación. Nos paraliza y nos conmina al “pa qué” y al “esto no vale pa ná”. Nos llena de excusas que llegamos a creernos como verdades absolutas cuando al fin de cuentas lo que tenemos es MIEDO. Tenemos miedo de que no salga bien y nos pesa mucho la crítica social. Nos aterra que se cachondeen desde gallinero, que nos señalen, que nos escriban críticas en los medios y que nos cierren el telón. (Entiéndase la metáfora carnavalera como algo extrapolable a otras situaciones de la vida.)

Ese miedo va asociado al riesgo, tememos arriesgar por miedo a la pérdida. Tememos perder estatus, prestigio, dinero, reputación… Con esto no quiero decir que debamos de dejar de sopesar las situaciones de manera realista pero sí que hay que minimizar la percepción del riesgo, esa percepción que a veces es exagerada por nuestra mente y que crea miedos infundados. Es decir, hay que dejar de oler la mierda antes de cagarnos.

El problema aquí es que interpretamos el fracaso como ausencia de éxito, no como una tentativa. En Cádiz somos “losers”, o “fracasadores” profesionales. Ser la cuna del desempleo europeo, ver mermadas nuestras industrias, ir a partidos desastrosos del Cádiz CF y verle perder una y otra vez, sentir ninguneada nuestra proyección turística, mirar carteles de traspaso en cada esquina y negocios de duración efímera, nos debe servir para algo.  

Hagamos un poco de memoria, en Cádiz, hemos estado en crisis prácticamente siempre, ¿Qué tememos perder? Es nuestro ecosistema natural, si el fracaso es una posibilidad para todo el mundo, a Cádiz le tocó el gordo.

Vivimos en la sociedad del “todo me va bien”, “no lo intentes si no vas a lograrlo”, “dientes, dientes, que es lo que les jode”. Cuanto menos intentos menos éxitos, cuanto menos éxitos menos competitividad. Un sistema montado para que no intentemos nada nuevo, para que nos acomodemos en nuestros sillones, para que asumamos lo impuesto, donde las estructuras y las organizaciones no se cuestionan o se cuestionan con actos ineficaces de infantil rebeldía en facebook y en bares.

Señalar al que fracasa es una idea perversamente inculcada que quitan las ganas al resto. El derrotismo del “eso no vale ná”, la crítica y la superioridad de “los entendíos” es algo que mamamos también en nuestra tierra.

Perderlo todo da miedo, ¿pero no da más miedo no tener nada? Mi profesión me ha permitido ver la creativa maquinaria de supervivencia que han enarbolado personas y familias enteras, que en situaciones extremas han tenido que realizar una huída hacia adelante porque no quedaba otra. Esto me hace pensar que ese ingenio latente del gaditano/a se activa ante el fracaso.

Recuerdo a mi abuela, que en una familia donde diariamente comíamos alrededor de trece personas y los recursos eran limitados, tenía que hacer un plan de comida diario para gente que comía como una “lima sorda”. Un día quiso guisar papas con chocos pero no había chocos para tanta gente, sólo había papas. Así que hizo “papas a la ilusión del choco” (o así habría bautizado el plato Chicote), es decir, nos vendió de tal manera el guiso, que todo el mundo saboreaba el choco de trasmallo cuando en realidad no había ni un cachito de pota en toda la olla. Ese talento que activamos de manera natural es parte de nuestra idiosincrasia.

En la cultura americana, el fracaso es visto de forma muy diferente a la cultura europea, lo ven como algo natural, una oportunidad de aprendizaje, una muestra de que al menos se ha intentado; que conste que no los considero referente en casi nada y que Trump con esa cara de coñeta revenía me da mucho coraje, pero es verdad que las empresas consideran los fracasos en el currículum como un punto más, como una medida que demuestra superación, aprendizaje y la evitación de la repetición. Si después de tres noviazgos buscas una cuarta relación con el mismo patrón y te hace igual de infeliz, es que no has aprendido nada o que Alex Ubago y Amaral te han sorbido el cerebro como un batido.

Mi abuela no tenía ni idea de esta tendencia americana, ni falta que le hacía, pero sabía que las verdades absolutas no existen, todo depende de cómo las miremos.

Pero ¿sabemos interpretar la información que nos ofrece el fracaso? Lo más importante que nos brinda el fracasar es saber qué camino no hemos de seguir ¿aprendemos de esos errores? ¿O caemos una y otra vez en gobiernos que nos roban y nos vuelven a robar?

Todas las personas estamos expuestas al fracaso, esa es la realidad. Creerse exento de él es un absurdo y una falta de sentido común; sin embargo, si asumimos el fracaso con la actitud correcta podremos incluso fortalecernos y abrirnos a nuevos horizontes. Para ello debemos minimizar la percepción del riesgo, aprender a desarrollar el ejercicio de la autocrítica y superar los miedos y las creencias limitantes.

Equivocarse es señal de que hemos intentado hacer algo nuevo. No olvidemos que por algo se inventó el lápiz con una goma arriba ¿no?

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