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Porlan
Fotografía: Jesús Massó

Caer en la cuenta es una de esas expresiones formidables que atesora la lengua castellana. Por la elección del verbo, sobre todo. Qué fuerza y qué desnudez, que brío dinámico hay en ese caer. Caí en la cuenta, me precipité en la verdad, me sumergí en lo cierto, me hundí en lo exacto, comprendí mi error. No me tiré: caí. No hice un esfuerzo, el acto fue natural, yo iba distraído buscando luz en la noche y de pronto me vi flotando en medio de una piscina luminosa. Un buen día, Arquímedes cayó en la cuenta ¡eureka! Otro día cayó Copérnico y se quedó aterrado. Y Newton cayó en la cuenta cuando cayó su manzana.

Yo, sin ir más lejos, caí en la cuenta hace unos meses de que la educación está perversamente sobrevalorada respecto a la cultura. Habrá usted escuchado a menudo ese ritornello tan sensitivo de que todo depende de la educación, de que la educación es lo más importante, de que muchos de nuestros problemas se resolverían  con más educación. ¿Quién niega eso? La educación es importante de veras. Pero permítame contarle una historia.

  1. Stein y H. Müller tenían diez años en 1920 y eran vecinos de piso en un barrio burgués de Ulm. Compartieron la escuela, se hicieron amigos íntimos y cursaron juntos la misma carrera universitaria. Pero en 1941 Müller tuvo que mandar el pelotón de fusilamiento ante el que compareció Stein, y sintió alivio y placer cuando vio rodar por el suelo a su viejo amigo judío. Áteme esa mosca por el rabo y siga defendiendo la importancia de la educación, porque lo seguro es que Müller y Stein tuvieron exactamente la misma.

¿Qué fue lo que hizo irrelevante una educación común? Algo mucho más poderoso llamado cultura. Suponer que la educación es lo que construye a la persona es una afrenta a la memoria de Stein. Sería como afirmar que lo más importante para convertirse en un buen conductor es sacarse el carnet de conducir. Muy bien, muchacho, ya sabes lo que hay que saber, aquí tienes tu permiso, tu título: ahora sal a la calle  y conduce.  Pero te advierto que lo que hay en la calle no responde exactamente a lo que has aprendido. De hecho, en cuanto empieces a circular caerás en la cuenta de que no tienes ni idea de conducir y de que el verdadero aprendizaje empieza entonces. Lo que aprendas en adelante será lo que te convierta en un conductor de verdad.

Pues eso es la cultura: el baño en el que todos, querámoslo o no, estamos sumergidos a lo largo de la vida. Fue aquel baño de ácido llamado cultura nacional-socialista lo que convirtió a Stein en víctima y a Müller en verdugo. Los dictadores más aplicados siempre supieron que el primer peldaño de la dominación consiste en dominar la cultura. Y cualquier examen de un ámbito cultural resulta ser un índice de su libertad. Después y sólo después viene la educación, que para las dictaduras no es un problema, sino una poderosa palanca que puede controlar estupendamente. Porque es la cultura existente en cada momento la que determina la educación y no al contrario.

La cuestión de fondo no reside en lo que puede hacer el poder con la cultura, sino en lo que puede hacer por ella. Hoy en día, el objetivo final debería ser liberarla, porque la pobrecita está aherrojada desde hace tiempo en las mazmorras del sutil sistema carcelario que ha implementado la fase capitalista en la que nos movemos, cuya estrategia para acabar de una vez por todas con ella (qué bueno el primer Allen, qué horror el actual) no consiste en cerrar el grifo, sino en abrirlo completamente para provocar una inundación. Se trata de aplicarnos un masaje usando una manguera de bombero, de tal modo que el efecto sea estupefaciente en lugar de estimulante.

El problema es discriminar. Antes, para aprender había que cavar en busca de datos. Ahora los datos son oceánicos, todo son datos, todo es dato. ¿Quieres una canción? Toma dos millones. ¿Quieres una novela? Pues aquí tienes cinco  mil, que caben en un dedal informático. A ver cómo te las arreglas para escoger la que prefieres, ahora que hemos acabado de una vez por todas con la crítica.

¿Cuándo murió la crítica de arte, la teatral, la literaria, la cinematográfica? Nadie puede responder con certeza, y a nadie le importa. Hoy, el autor que publica un libro sabe que está tocando el claxon en medio de un atasco, y que no destaca quien posee un claxon más melódico, sino el que suena más fuerte, casi siempre reflejado por el eco del marketing editorial. ¿Por qué motivo ganan tantos premios literarios los locutores y presentadores televisivos? ¿Qué tiene ese trabajo para convertir en escritores de talento a sus practicantes? No caigo en la cuenta, pero el caso es que a veces su talento no sólo es literario, sino también político. Vea usted el caso del recién designado ministro de cultura de la Tercera Socialista nacional, un acreditado periodista de la tele bien introducido en temas del corazón, colaborador de una dama de reconocida solvencia literaria por sus párrafos de transición. Tenemos en la poltrona cultural a un tigre insobornable, a un nuevo César (esperemos que no antoniomolina) que ayudará a poner las cosas en su sitio, a un revolucionario que liberará a nuestra cultura de la ergástula rajoyesca. Un joven literato premiado en el límpido concurso que ya había premiado o premiaría después a sus compañeros Nativel Preciado, Carme Chaparro, Fernando Schwartz, Luis del Val, Raúl del Pozo, etc. Mire usted: los premios y las poltronas son para las caras conocidas, porque las desconocidas no venden. Como desde hace tiempo se comenta en el medio, ahora no se hace uno famoso por ganar un premio, sino que se gana un premio por ser famoso. Se lo digo por si no había usted caído en la cuenta.

 

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