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Ana lopez
Imagen: Desaikner

El Carnaval es… lo que nosotros queramos

Esta frase se la escuché a José Manuel Gómez, El Gome, en un congreso de carnaval. El Gome [letrista mítico de la Transición y creador de las chirigotas callejeras] es a mi juicio la persona más importante del carnaval gaditano de las últimas décadas. Por eso cada vez que hay una polémica sobre algún aspecto del carnaval, yo suelo recordar siempre esta frase.

Cierto es que hay algunos acuerdos tácitos sobre lo que es o no es carnaval, sobre lo que está o no está permitido, sobre los límites que deben o no deben traspasarse. Pero, en última instancia, en caso de duda, siempre repito como un mantra: “Lo que nosotros queramos”.

Aunque algunos estudiosos conectan el carnaval con los rituales báquicos de la antigüedad, el origen de la fiesta tal y como la entendemos está indisolublemente asociado, mal que nos pese, a la religión católica y a lo que esta representa. El carnaval es lo opuesto a la cuaresma. Y ambos son las caras de la misma moneda, no existe uno sin la otra. No es posible la transgresión de los valores establecidos si esos valores no existen. El carnaval necesita un poder en el que cagarse: es el exabrupto, el corte de mangas, la subversión de las leyes, el vómito, es la liberación del instinto reprimido, el grito enloquecido y rebelde. Es la libertad sacando la lengua. Y esa libertad nos pertenece a todos, sea cual sea nuestra forma de pensar.

Tradicionalmente los órganos de poder (gobierno, clero, patriarcado), han estado alineados a la derecha, y por eso parece que el carnaval tiene inevitablemente una inclinación progresista, crítica con el sistema. Pero también es cierto que se han escuchado en las tablas del Falla coplas más afines a formas de pensar más reaccionarias: exaltación de la pena de muerte, insultos machistas, elogios a la monarquía… En muchos casos, con el  beneplácito del público. Estemos o no estemos de acuerdo con ellas, entiendo que es imprescindible para la fiesta que todas las voces puedan expresarse y reivindicarse. El carnaval funciona como un termómetro de la sociedad. Nos habla de qué aplaude y qué no aplaude el pueblo, nos informa de los cambios de sensibilidades a lo largo de los años. Hay cosas que hace veinte años hubieran causado la hilaridad en el público, y que ahora sería impensable cantar. Esto a veces es bueno. Otras no tanto, porque la censura que ejercen sobre sí mismos los autores y autoras para no decepcionar al público, o para no levantar ampollas, no siempre va a favor de la libertad de expresión canalla y desinhibida que tanto nos gusta de la fiesta.

“El carnaval es lo que nosotros queramos”. El carnaval es diversión, crítica social, expresión máxima del ego de los autores, espacio de adoctrinamiento, panfleto, locura, sinvergonzonería, borrachera, humor blanco, humor negro. Puede ser educativo, puede ser corrosivo. Puede decapitar a Puigdemont o puede hacer un chiste sobre la pederastia del clero. Lo que queramos. Para bien o para mal. Si yo puedo decir lo que me venga en gana, también puede hacerlo aquel cuya manera de pensar me pone los pelos como escarpias. Y desde mi pequeña barricada en las calles de Cádiz, lucharé a golpe de cuplé y cerveza para que se preserve este sentido tan profundo de libertad que tiene la fiesta.

Y si, por lo que sea, alguien se siente especialmente dolido con algo, siempre podremos quitarle importancia diciéndole: “Venga, no te mosquees, que esto es carnaval”.

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