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Pettenghi post
Fotografía: Jesús Massó

El uno de enero de 2011 entró en vigor la ley que prohibía fumar en bares y restaurantes. Y la patronal hostelera llamó a la guerra santa: “¡Cerrarán 70.000 bares! ¡Se perderán más de 200.000 empleos!”.

Nada pasó. Hoy los bares y restaurantes siguen llenos de público y vacíos de humo, mientras la patronal sigue preocupadísima -al menos eso dice- por la calidad del empleo.

Y es que los humanos somos así, tenemos la fea costumbre de oponernos a nuestro propio progreso: la TV matará a la radio, los coches extinguirán al caballo, la imprenta acabará con la cultura… De ajustarnos a este canon, todavía estaríamos defendiendo al imperio austrohúngaro (no obstante, aún hay algunos que lo añoran).

Una forma de oponerse consiste en retrasar numantinamente la adopción de las medidas progresivas. La otra, más frontal, estando en contra porque sí o usando cualquier argumento. En lo de ‘cualquier argumento’ cabe todo, hasta lo más disparatado.

Viene esto a cuento del empeño peatonalizador del Ayuntamiento de Cádiz.

Algo nada revolucionario, pues ya ciudades medianas como la nuestra -Pontevedra o Vitoria- han ensayado fórmulas con resultados satisfactorios. No obstante, las críticas previas, a veces de una ferocidad lunática, retrasaron su aplicación. Más cerca, en Sevilla, se peatonalizó la calle San Fernando… y se cayó el cielo. Hoy es una plácida vía con terrazas por donde circula pacífico el tranvía. Más reciente aún está el proyecto ‘Madrid Central’ de Carmena que, tras las iniciales y consabidas críticas, está siendo satisfactorio en su aplicación.

Las ciudades y sus munícipes más adelantados han entendido que, superado el furor inicial de los inmovilistas de la movilidad (curioso oximoron), la peatonalización, la construcción de carriles bici y el fomento del transporte público, son reconocidos y aclamados finalmente.

Al final del proceso queda en evidencia la relación directa entre atraso y tiranía del coche.

Porque la ciudad no son los coches ni siquiera los edificios, sino las personas.

Claro, que aún quedan quienes siempre estarán en contra y que opinan que lo de la contaminación sólo es un bulo, y viven convencidos de que eso del cambio climático no es más que un complot marxista. Y les da igual que el coche esté aparcado el 90% del tiempo, que se consuma un tercio del tiempo de la conducción buscando aparcamiento o que, de sus cinco asientos, rara vez vayan todos ocupados. Da igual, defienden el derecho de ir en coche de la cocina al salón de su casa.

Y enmarañan el debate público y usan recursos políticos y administrativos para retrasar la adopción de esas medidas progresivas. Pongamos por caso al alto comisario de Acción para el Clima y la Energía en Europa, que no es otro que el exministro Miguel Arias Cañete, propietario de la empresa “Petrolífera Ducar”, dedicada a almacenar combustible fósil. Lo que se conoce como bunkering. Una forma de especular, para entendernos. Que es una actividad legal, pero que resulta difícilmente compatible con un juicio recto, imparcial y dirigido al bien común y a lo que representa su cargo público. Pienso que una motosierra tendría más sentido ético.

Pero aún peor me lo pone mi vecino, que no tiene pozos petrolíferos ni empresas de bunkering, pero está convencido de que ‘el coche es necesario’ y cada vez que sale el tema del carril bici me dice:

– “Hombre, si eres pobre y tienes que ir en bici, vale, pero para ir a pasearte ¡no, hijo, no!”

Ya ves.

 

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Luna post
Fotografía: José Montero

El errado inicio, por parte del Ayuntamiento de Cádiz, de un procedimiento para transmitir a los empresarios de chiringuitos las concesiones de estos establecimientos ha desembocado en una maraña administrativa con las tres administraciones competentes en la materia, Ayuntamiento, Junta de Andalucía y Ministerio, sosteniendo opiniones dispares sobre lo ocurrido, que se traducen incluso en actos administrativos contrarios, y con la admisión de demandas en los juzgados contra el alcalde y contra el concejal de urbanismo. No parece claro a día de hoy si la titularidad de las concesiones sigue recayendo en el Ayuntamiento, como sostiene este, o si ha pasado a manos de los empresarios, como sostiene la Junta y los propios empresarios.

Lo que si parece claro es que quienes han marcado la pauta en los últimos años de la gestión de las playas ―y no solo las de la ciudad de Cádiz― han sido los empresarios de chiringuitos y no las administraciones competentes. Su mayor éxito ha sido conseguir romper la relación entre administraciones con competencia en el litoral, que la propia ley obliga a ajustar a los deberes de información mutua, colaboración, coordinación y respeto (art.116 Ley de Costas), para llevarse al gato al agua. Todas ellas parecen creer que están defendiendo la legalidad y el interés general, cuando en realidad lo que han conseguido es allanar el terreno ―o más bien arrasarlo― para que ciertos empresarios, cuyo único interés es aumentar su rentabilidad económica, consigan lo que al principio y con la ley en la mano parecía imposible: el todo, o casi todo. Es decir, la titularidad, la permanencia, el aumento de superficie y la ampliación de plazo concesional. Intereses que, al menos en la ciudad de Cádiz, chocan cada vez más con el interés general y con los objetivos de conservación de las playas. La batalla administrativa ha hecho perder de vista a la Administración el objetivo que debería guiar todas sus acciones en este asunto: proteger la costa y garantizar su carácter de bien público.

Si algo está absolutamente claro en este asunto es que mejorar la rentabilidad de los chiringuitos no está entre las funciones u objetivos de ninguna de las administraciones con competencia en la costa. Y, sin embargo, esa cuestión parece haberse convertido en la única a debate en este asunto. Y con ello, los intereses generales y los derechos de la ciudadanía en su conjunto, han quedado desprotegidos.

El origen del conflicto, la reforma del PP de la Ley de Costas

Es necesario recordar que todo este caos administrativo y jurídico es consecuencia de la modificación de la Ley de Costas perpetrada por el PP en 2013, para beneficiar intereses muy particulares, de forma torpe y aturullada y que está llevando, como en el caso de los chiringuitos de Cádiz, a la inseguridad jurídica. En concreto, tres de la modificaciones realizadas en la ley son las que están en el centro de este conflicto.

Por un lado, la modificación de la ley permitió la transmisión inter vivos de las concesiones, posibilidad no contemplada en la Ley de Costas de 1988. Esta posibilidad de transmisión se recogió sin hacer distinción alguna entre tipos de concesión o de ocupación del dominio público. En el caso de los establecimientos expendedores de comidas y bebidas en las playas, y otros servicios, en cuyo otorgamiento deben regir los principios de publicidad, objetividad, imparcialidad, transparencia y concurrencia competitiva (art. 74.3 LC), la transmisión inter vivos carece de lógica jurídica. No es lo mismo transmitir una salina o una instalación de acuicultura que un chiringuito, y la ley no establece ninguna diferencia.

En segundo lugar, el nuevo Reglamento de Costas de 2014 duplicó la duración máxima de las concesiones para usos que presten un servicio público o al público, pasando de 15 a 30 años (art.135.4). Y, en tercer lugar, el Reglamento amplió las superficies máximas de ocupación permitida por establecimientos expendedores de comidas y bebidas en playas urbanas, hasta un total de 300 m², entre edificación cerrada, terraza cerrada desmontable, terraza abierta desmontable y aseos. El doble de la actual. Para nuevas concesiones, claro está. Pero si unimos estas tres modificaciones, posibilidad de transmisión inter vivos, duplicación de la duración máxima de concesión y ampliación de las superficies de ocupación, tenemos una auténtica bomba, que ha despertado las expectativas de los hosteleros de playa de multiplicar su cuota de negocio. Esto les ha llevado a ejercer toda la presión que han podido sobre el Ayuntamiento y la Junta de Andalucía para alcanzar sus expectativas. Y esa presión sin duda les está dando rédito.

Sin embargo, frente a las expectativas de los empresarios, es necesario poner el interés general y la conservación del litoral en el centro del debate. Y esto supone centrarse en el fondo y no tanto en las formas, por muy torpes que estas hayan podido ser.

La titularidad debe seguir siendo municipal

El Ayuntamiento debe conservar la titularidad de la concesión de los chiringuitos, pues es la mejor manera de integrar la gestión de estos en el conjunto de servicios de las playas, cuya competencia es municipal (art.115 LC), además de permitirle compensar, al menos parcialmente, a través del canon de explotación municipal, los costes de aquella gestión.

Pero, aún si se produjera la trasmisión de los títulos a los empresarios de playas, esto no puede suponer en ningún caso la ampliación o mejora de las condiciones de la concesión, ni en superficie de ocupación ni en plazo ni en la posibilidad de permanencia durante el invierno, como pretenden los empresarios de chiringuitos, pues supone una modificación sustancial de la concesión. Para poder llevar a cabo esas modificaciones, es imprescindible que los empresarios renuncien a los actuales títulos, así como el Ayuntamiento, y se proceda a la tramitación de nuevas concesiones y a nuevos concursos públicos, convocados por la Junta de Andalucía. Hacer esas modificaciones por la puerta de atrás es inadmisible pues no respeta los principios de publicidad, objetividad, imparcialidad, transparencia y concurrencia competitiva que deben regir en el otorgamiento de concesiones y autorizaciones de actividades de servicios (art.74 LC).

La superficie debe mantenerse en 150 m²

Que el Reglamento de Costas vigente establezca una ocupación máxima total de 300 m² para los chiringuitos no significa que los concesionarios de este servicio tengan derecho alguno a alcanzar dicha ocupación máxima. Al contrario, el Reglamento de Costas establece que la ocupación de los chiringuitos, como del resto de servicios de la playa, será la mínima posible (art.69.8). La actual ocupación de 150 m², que lleva ya años funcionando, demuestra por sí misma que el servicio como establecimiento expendedor de comidas y bebidas puede realizarse en esa superficie y con margen de rentabilidad suficiente. Por tanto, no existe razón alguna por necesidad de prestación del servicio que justifique una ampliación de la superficie de ocupación. Y más aún en el caso de las playas urbanas de Cádiz, cuyo paseo marítimo cuenta con una extensa y variada oferta de hostelería. Como es evidente, la razón para solicitar la ampliación de superficie es exclusivamente aumentar la cuota de negocio de establecimientos que tienen una altísima rentabilidad y no, como quieren hacernos creer, conseguir alcanzar la rentabilidad.

Por otro lado, las normas urbanísticas del Plan General de Ordenación Urbanística de Cádiz establecen una superficie máxima de 150 m² para las construcciones en las playas por lo que no es posible una ocupación mayor por estos establecimientos en el término municipal de Cádiz.

Los chiringuitos deben ser desmontados en invierno

La playa necesita también descansar. Necesita que se respete su dinámica estacional, perder arena en invierno para recuperarla en verano. La propia presencia física de los chiringuitos sobre la arena en invierno está obstaculizando este proceso. Pero además, y quizás más relevante, la permanencia de los chiringuitos está ejerciendo una presión sobre las administraciones competentes en la gestión de las playas para que se mantengan en un estado “de verano” todo el año, engrosadas de arena, sin un escalón en la berma. Y eso implica obras millonarias, gasto público y elevados impactos ambientales. Un ejemplo evidente de privatización de beneficios y socialización de costes.

El hecho de que el Reglamento de Costas considere a los chiringuitos como instalaciones fijas no significa que esa condición no deba supeditarse a las propias condiciones dinámicas de cada playa y a la ubicación concreta de la instalación, pues es obligado velar por la conservación y el uso sostenible de la costa y del mar (art.60.3 RC). En zona marítimo terrestre, es decir, inundable por su propia definición, y más aún en el Golfo de Cádiz, afectado por un amplio rango mareal y temporales de gran envergadura, dejar instalaciones fijas todo el año va contra toda lógica. Por ello, las concesiones de chiringuitos se otorgaron hasta ahora con la condición de no permanencia en invierno.

Parece absurdo que, tras la experiencia de los temporales al inicio de la pasada primavera, que arrasaron la playa e inundaron las instalaciones que se encontraban montadas, los empresarios continúen empecinados en que los chiringuitos permanezcan montados durante el invierno. Aunque pasen varios años sin temporales significativos, vendrán otros con grandes temporales que lo arrasarán todo, como ha ocurrido este mismo año. Por el mismo motivo que ocurren años de sequía y otros de fuertes lluvias, existe una importante variabilidad interanual en los temporales de oleaje. Esto no es difícil de entender y los hosteleros de playa deben aceptarlo por encima de su deseo obsesivo de que no sea así.

Otro modelo de concesión y gestión

Los chiringuitos no son restaurantes. Son, tal y como los define la legislación de costas, establecimientos expendedores de comidas y bebidas y su objeto es prestar un servicio a los usuarios de la playa. En sentido estricto, serían el equivalente a una cafetería de hospital público. Sin embargo, su ubicación en un espacio privilegiado ―una primera línea de playa altamente cotizada―, su elevada demanda y su elevadísima rentabilidad están haciendo de estos establecimientos restaurantes de postín, un fin en sí mismos, en los que se come por 50 € y no se puede comprar un bocadillo. De ahí el interés de los empresarios por permanecer abiertos todo el año, mucho más allá de la temporada de playa.

Sin embargo, el dominio público marítimo-terrestre no es el lugar para establecer un restaurante propiamente dicho y hacerlo pervierte el espíritu de la Ley de Costas, que establece que aquel únicamente puede ser ocupado por aquellas actividades o instalaciones que, por su naturaleza, no puedan tener otra ubicación (art. 32.1 LC). Y, como es obvio, un restaurante puede estar en cualquier otra y la ciudad de Cádiz está llena de ellos y en concreto lo está su paseo marítimo. La ley admite que los chiringuitos puedan ubicarse en dominio público en la medida que se conciban como instalaciones de servicio público o al público (art.61.2 RC) y siempre que no sea posible ubicarlos sobre paseo marítimo o terrenos colindantes a la playa (art.33.4 LC, art.65.3 RC).

Las actuales concesiones, con las condiciones establecidas en sus títulos concesionales, deben mantenerse hasta su finalización. Y, tras ella, será necesario hacer una reflexión sobre la necesidad y conveniencia de mantener chiringuitos en las playas urbanas de Cádiz y sobre el modelo de establecimiento a instalar. En todo caso, cualquier otorgamiento de nuevas concesiones de chiringuitos a terceros explotadores deberá, además de centrar su objetivo en la prestación del servicio al público de la playa, realizarse con criterios de Contratación Pública Socialmente Responsable (CPSR), es decir, incorporando de forma transversal criterios sociales, éticos y medioambientales. No es lógico que el único objetivo de la explotación económica de un bien público sea el beneficio privado, como ocurre en la actualidad con los chiringuitos, sin la menor contraprestación social ni ambiental, para la conservación del litoral sobre la que se sustenta. La concesión de chiringuitos, como la de cualquier bien público o contrato público, debe regirse por criterios muy diferentes a los actuales, favoreciendo a empresas de economía social y a los sectores desfavorecidos. Y debe además tener claro que el objetivo de los chiringuitos es prestar un servicio a los usuarios de la playa y no montar restaurantes de lujo en la arena con vistas al mar.

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InmigraciÓn. caÑos guardia civil
Inmigrante muerto procedente de una patera.  Foto: Julio González.

Julio González es un cyborg. Pareciera que tuviese la lente de su cámara incorporada al ojo. Cuando apenas era un chavea, le acompañé en algún que otro viaje interior de los que los periodistas solemos llamar reportajes. Siempre bromeaba con él a tenor de las calidades de su blanco y negro: “Saca otra foto desenfocada, de esas que me gustan”. Pertenece González a la redacción del Diario de Cádiz, ese rotativo centenario en cuya modernidad y casticismo fotográfico caben leyendas antiguas como las del periconero y besador Juman al pícaro Bernet, hasta la generación de Kiki –tan concernido del mestizaje entre dos mundos, que comparte su hábitat entre Cádiz y la medina de Tetuán–, Braza y otros fotoperiodistas que siguen en ejercicio o, lamentablemente, han tenido que tirar la toalla porque la crisis –la de valores, más que la económica—ha tumbado también a las cámaras oscuras.

Pues bien, una de esas fotografías desenfocadas la tomó Julio en las playas de la desolación, por donde emergen los cadáveres de la globalización mercantil. Era el cuerpo sin vida de un muchacho convertido, para su pesar, en primera plana. Al otro lado del mundo y del Estrecho, alguien le reconoció como uno de los suyos y gracias a esa fotografía consiguieron que su familia, al menos, pudiera recobrar la paz del cementerio.

Fotógrafos como Julio González se han convertido en testigos de cargo de las muertes que la inmigración clandestina arroja sobre las playas gaditanas desde treinta años atrás: una buena muestra de esa pesquisa puede contemplarse en el baluarte de San Roque, de la mano de Fernando García Arévalo, un  sanroqueño de la Estación que comenzó perfilando las imágenes de nuestro cementerio marino pero terminó conociendo de cerca la realidad de Africa, desde Senegal al Magreb de las primaveras imposibles. En su día, fue capaz de devolverle al mar lo que le había robado, el rostro de sus náufragos, a partir de una serie de exposiciones clavadas en la arena de las playas del sur.

Como la de Zahara de los Atunes, en las que Javier Bauluz –nuestro primer Pullitzer con patente asturiana e instinto universal—retrató a unos bañistas que jugaban en la arena, no muy lejos de un cadáver que esperaba que alguien le levantase. Aquella instantánea mereció una larga polémica con Arcadi Espada, que consideraba que dicha presunción era prejuiciosa aunque muchos, que discrepamos públicamente con él en esta materia, asegurásemos que era un retrato del natural, sacado de la vida misma, sin más artificio que el buen ojo y la perspectiva del fotero. De tarde en tarde, Bauluz se ha acostumbrado a congeniar la fotografía con secuencias en vivo grabadas mediante una cámara digital, con la que, a comienzos de este siglo, logró impresionar toda esa encrucijada migratoria en una serie de breves capítulos que en su día emitió Telecinco: “El primer capítulo aborda el desembarco, cómo los inmigrantes clandestinos saltan a la playa y van escondiéndose, intentando huir. La segunda entrega incluye cómo algunos de estos inmigrantes son descubiertos por los vecinos y, a pesar de que algunos de ellos se arrodillan y piden que no se les delate, terminan siendo denunciados a la Guarcia Civil, que les detiene. El tercer capítulo se refiere a la solidaridad clandestina, gente que se sabe perseguida por el simple hecho de prestarle techo a los espaldas mojadas o por llevarles a bordo de sus coches.Finalmente, volvemos a la playa con los subsaharianos, que son detenidos allí, entre tiritones de frío, miedo y falta de asistencia.Ahí, incluímos testimonios de Médicos Sin Fronteras en el que se recrimina la falta de recursos asistenciales en esta franja costera. También se incluyen escenas escalofriantes, como la del inmigrante acostumbrado a lo que viene ocurriendo en África que llega a España y ante la cámara pide que no le maten”.

Bauluz, en gran medida, es hijo del legendario Sebastiao Salgado, que también escudriñó estas lindes, buscando a los hijos de Zeus, como les llamó Antonio Zoido a partir de Homero, los que llegan sin nada desde el mar. Ese fue también uno de los referentes magistrales que adquirió José Luis Roca cuando dejó de ser aquel niño prodigio que condensó en una fotografía la trágica muerte de más de cuarenta personas en el pantalán de la Refinería Bahía de Algeciras, a 26 de mayo de 1985. Siguió viendo muertos, a menudo, con su sexto sentido, que le ha llevado a capturar la sombra de la muerte en los arrecifes tarifeños o al otro extremo del mundo. Roca obtuvo el premio Ortega y Gasset con una fotografía espeluznante, la de un espalda mojada zarandeado por el mar y los peces entre los farallones del sur.

Por entonces, quizás fue cuando nos preguntamos si no estábamos incurriendo en un cierto racismo fotográfico al ofrecer a las claras esos rostros ajenos comidos por los peces cuando bien nos cuidábamos de pixelar o de cubrir con una piadosa manta o chaqueta la cara de los asesinados patrios o de nuestros muertos en accidente de circulación. Nunca nos quedó claro ese trato diferente, si tenemos en cuenta que también la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía recurrió en su momento a las fotografías de los cadáveres para que, al menos, sus familias pudieran recobrar su identidad y su última imagen.

Algunos de los fotógrafos que han ido construyendo el imaginario del Estrecho, constituyen incluso sagas familiares: los algecireños Francisco Carrasco, su esposa Juani Ragel y su hijo Andrés pueden servir de perfecto ejemplo de esa sucesión de miradas sobre una realidad misma que cambia poco de generación en generación. Otro de sus hijos, Oscar, fotografía edificios vacíos, lugares de desolación, como si constituyeran el alma del mundo cuya actualidad la brindaban el resto de sus familiares.

Desde Tony Mejías a Shus Terán o el artivista José Luis Tirado con su “Paralelo 36”, nos han brindado un largo retrato robot de treinta años de muertes en la fosa común de nuestro entorno. Lo han hecho con precisión y con ternura, mordiéndose los labios quizá para que sufrieran en cierta medida el mismo daño que sus ojos. Pero el primero en iniciar ese largo camino fue el profesor Ildefonso Sena, editor, escritor y fotógrafo. En noviembre de 1988, cuando oficiaba de corresponsal del Diario de Cádiz en Tarifa, logró capturar en su cámara el primer muerto arrojado por las aguas frente al cristal de nuestra indolencia. El estaba en la playa de Los Lances y siguió estando allí.

Aquella primera muerte sobrevino en la víspera del día de los difuntos. Todo un presagio. El periodista Ildefonso Sena llevaba media vida como corresponsal de la agencia Efe y del Diario de Cádiz en Tarifa. El 1 de noviembre de 1988, alguien le llamó para largarle que había un muerto en la playa. Llegó antes de que el juez levantase el cadáver. Tiró de cámara y lo retrató: bocarriba, con los brazos en cruz, camisa gris, pantalones vaqueros y alpargatas de esparto. Un bulto sin nombre. Sin historia.

Al rato, llegó un capitán de los picoletos, Manuel Prado, con cuatro marroquíes a los que habían detenido sin papeles y en la carretera. Uno de ellos reconoció al interfecto: «Il es mon ami».

El guardia civil no sabía francés. El periodista, si: «Él es mi amigo», le reconoció, todavía pingueando, como si acabara de renacer entre las olas. Y contaron atropelladamente lo que había ocurrido. Sena lo recuerda como si fuera ayer mismo. Que veintitrés hombres se habían hecho a la mar y sólo cinco sobrevivieron: un patrón sin demasiados rudimentos para navegar, el viento que roló a levante, con fuertes rachas en el carbón de la noche; el espejismo de las luces de la gasolinera a las afueras de Tarifa, que confundieron con las de la urbanización Las Cañas, mucho más lejana.

  • Tiraos al agua y avanzad hasta allí. Seguro que ya hacéis pie.

Inch Allah, la expresión más popular del Estrecho. Sin embargo, no hacían pie y no sabían nadar. Algunos se dieron la vuelta y provocaron que la barca volcase. El mar fue escupiendo cuerpos sin vida y sin sueños: once en los días siguientes.  No había depósitos donde meterles. Ni un lugar apropiado en el cementerio: “Los pescadores hablaban desde hacía mucho que veían cuerpos entre dos aguas, pero aquel fue el primero que llegó hasta las playas”, sigue evocando Ildefonso Sena, tanto tiempo después. Otros siguieron sus pasos con mayor o menor fortuna. Los únicos que siempre tuvieron mala suerte quedaban al otro lado del objetivo. Pero, al menos, nos han dejado esos testimonios gráficos de un viejo crimen en el que, como escribí hace mucho, le seguimos teniendo más miedo a las víctimas que a sus verdugos.

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Sara
Imagen: Pedripol

Con la llegada del repentino otoño invierno de polar exprés que está azotando Andalucía, y sobre todo Cádiz, me estoy hartando de mocos.

Como es bien sabido, en Cádiz la gente no lleva paquetes de pañuelitos de papel porque somos muy ecologistas. Con el Kichi y con la Teo. El gaditano es ecologista nivel pañuelo de tela.

Pero… ¿Con qué sorpresa nos encontramos cuando queremos adquirir un pañuelo de tela? Pues la misma que cuando queremos unas babuchas de felpa. Que ya no hay tiendas que vendan estos articulazos de gadita puro y ecologista.

Todos los gaditanos y gaditanas sabemos que el capitalismo está rompiendo con nuestras tradiciones. Y no nos gusta. Pero fijaos la paradoja que cuando una quiso hacer un acto reivindicativo en pro de que vuelvan más tiendas de babuchas de felpa y pañuelos de tela se la comieron con papas.

Resulta que me voy el sábado a las 16 al Carranza a ver el partido del Cádiz C.F.

Claro, no tenía ni pañuelos de papel, porque el gadita ecologista no usa, ni de tela porque nos han dejado sin tiendas, a todo esto un moquillazo del 15…

Igualmente todo el mundo sabe que en Cádiz se pueden adquirir camisetas, bufandas, muñecos, papeles higiénicos, papeles de fumar, papeles para la impresora… Todo del Cádiz C.F. en cualquier kiosko. Aunque sea de un chino.

El caso es que llevaba en el bolso dos bufandas del Cádiz y no tuve otra opción que echármelas por lo alto pa’ no coger más frío y que el moquillazo pasase a gripazo. Y sigo con los estornudos, y yo ¿Ahora qué hago? Digo bueno, voy a tirar del típico tópico: limpiarme en la manga. Pero es que las camisetas del Cádiz C.F son de mangas cortas y yo venía necesitando más bien la manga de una beata.

Total que ya desesperada por no morir en un grito de ‘cabrón’ al árbitro ahogada por mis propios mocos cogí la bandera que sostenía el de al lado y le digo ‘killo lo siento’; la cogí sin más y me soné toda la moquera en el escudo mismo de Cádiz.

¿Pa qué?

Yo lo veía claro, para no morirme por mocos.

Pero un Ramón de Carranza pasando por preferencia, tribuna y todos los fondos del mundo, enfureció en menos de 5 segundos. El partido se paró en seco. Parecía que le habían dado al pause en la play, el árbitro no quitaba sus ojos de mis ojos. Gente alrededor mirándose con un estupor digno de ver al Rey cazando elefantes, o de tener que devolver millones de euros a Europa que tú no has pedido, esas caras… No las olvidare nunca.

En menos de un minuto se desataron los gritos: “¡Esquirola!” “¡Terrorista!” “¡Quién no quiere al Cádiz no QUIERE A NADIE!” “¡ROSALÍA!”…

Insultos de todo tipo solo por haber intentado salvarme de una muerte cruel.

Conseguí salir ilesa de esa situación pues antes de que la cólera y las agresiones físicas llegaran a mí me fui hacia arriba con un estornudo gigante que dejó a los jugadores nadando en mocos. Yo aparecí en zona franca y me escabullí por los callejones antes de que salieran en masa los hinchas ofendidos.

Qué poco les importó que llevara 200 temporadas comprando el abono del Carranza, qué poco les importó que fuera a morirme, que llevara toda la vida luchando por nuestro Cádiz…

Qué difícil es ser gadita y no morir en el intento, bien sea por mocos o linchamiento.

Ahora voy por la calles de Cádiz vestida de la Teo y así voy sobreviviendo, cuando voy al estadio todavía me dejan sentarme en su palco techado, así que la verdad que he ganado mucho después de sonarme los mocos en la bandera del Cádiz C.F.

¡Vamos Cadi, mete un gol!

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Diego
Imagen: Pedripol

Tengo que reconocer que mantengo una relación un poco tormentosa con la bandera rojigualda. Bueno, tal vez, mi relación tormentosa sea con la propia idea de España. Y no me siento orgulloso de ello. En realidad, no me siento orgulloso de ser español. Me parece un accidente en el camino, un hecho que me ha garantizado tener unos estándares mínimos mejores que los de otras personas que nacieron en otras zonas del planeta. Pero poco más.

En todo caso, soy español, sea lo que sea lo que eso represente, aunque me sienta tan lejano de un compatriota de Ponferrada o de Coslada como de un extranjero de Tánger o de Valparaíso. Y cuando me doy cuenta, detesto que algunos se hayan apropiado de la idea de España y de sus símbolos de tal forma que otros tantos hayamos acabado odiándolos. No diré como aquel que afirmaba que la bandera de España le sirve para distinguir a los gilipollas, pero casi.

Sinceramente, me da rabia. Les cuento una anécdota. Hace unos meses acudí a un tribunal internacional con un grupo de personas de distintos países. En el hall estaban todas las banderas de los Estados parte del Tribunal, los grupos de las distintas nacionalidades se fotografiaban delante de sus respectivas banderas. En un momento dado uno de los chavales que iba con nosotros nos pidió que nos hiciéramos una foto los españoles y la mayoría nos negamos. No nos sentíamos cómodos. Era la tercera vez que íbamos y nunca nos habíamos hecho esa foto con una bandera que, por otra parte, es la que representa al Estado cuyo pasaporte utilizamos para viajar.

La anécdota me hizo volver a reflexionar sobre las razones por las que no me siento -podría decir que muchos no nos sentimos- representados por esa bandera. No es que tenga un especial apego por la simbología, pero casi seguro que ante la bandera andaluza o, por supuesto, ante el pendón de Cádiz no habríamos tenido tanta desgana.

Ciertamente, hay un componente histórico en la relación de la rojigualda como símbolo de una sanguinaria dictadura. Pero yo que no conocí el franquismo y que lo máximo que recuerdo es tener que esperar a que izasen la bandera en mi colegio antes de entrar en clase no puedo llevar tan adentro esa animadversión.

Supongo que también influye que un sábado cualquiera una parte de la gaditanía más casposa salga a jurar civilmente una bandera como si se pudiera prometer fidelidad a tres colores en un trozo de tela. Son los mismos que a un actor que critica la situación en España le espetan a que se marche. Son los mismos que hacen volar una bandera en un dron en un mitin político. Son los mismos que descargan odio y bilis contra un cómico al que se le ocurre sonarse los mocos con un trapo de tres colores, como si eso fuera una afrenta insoslayable, como si su pulsera, su polito de Spagnolo o sus calcetines valieran más que la libertad de expresión, de mofa y de crítica. Son los del a por ellos a la Guardia Civil cuando iba a Catalunya. Son los que se han adueñado de una forma de ver España, la han fusionado a su bandera y la han hecho excluyente.

Lo siento, yo con ese grupo no voy a ningún sitio. Y si se han quedado con la bandera que debería representar a todos los españoles, yo me limpiaré los mocos con ella y seguiré sintiéndome un paria de banderas.

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Ana moran
Imagen: Pedripol

Juana Rivas está en cada una de las casas y de los corazones de las madres maltratadas, en cada rincón del mundo donde una mujer defienda con uñas y dientes a sus hijos e hijas, en cada sentencia demoledora que no vele por los menores cuyos padres ejercen la violencia machista, en cada hogar donde los niños y niñas sufran. Juana está en cualquier sitio a cualquier hora.

Condenar a una mujer a cinco años de prisión por sustracción de menores y a seis años de privación de la patria potestad es inhumano y demencial, porque no sólo sentencian a la madre, desprotegen a unos niños que crecerán sin ella, sin su amor ni participación en su desarrollo. Es desolador que media España entre en guerra y no tenga presente a esos niños. Todas y todos podríamos haber sido ellos. ¿Dónde está la empatía, en qué momento perdió la gente la sensibilidad para atacar a una mujer y desposeer a sus hijos de una infancia armoniosa? Los menores no deben soportar el duelo que la sociedad mantiene. Su integridad física y psíquica no puede estar en peligro, porque ¿qué les decimos a las madres luchadoras que asistieron a la crueldad del asesinato de sus hijos e hijas? pues que ojalá se los hubieran llevado lejos.

Vamos por partes, Francesco Arcuri no acude ni una sola vez a ver a sus hijos durante su estancia en Granada, y sabía dónde vivían, a qué colegio iban, con qué personas estaban; aún así, era un “buen padre”. Un señor condenado por malos tratos alude que confesó que era cierto porque creía que así no tendría problemas para ver a sus hijos, porque era un “buen padre”.

El delito de Juana Rivas -para los hombres y mujeres que apoyan nuestro maravilloso sistema judicial patriarcal- se fundamenta en prejuicios machistas como haber vuelto con Arcuri a pesar del maltrato (desconocen las fases de la violencia https://www.estudiocriminal.eu/blog/ciclo-de-la-violencia-de-lenore-walker/), haberse marchado unos meses de viaje dejando a sus hijos con su padre o haber privado al mismo de ver a sus hijos secuestrados por ella. Basan sus comentarios en una justicia que ningunea a cualquier señor que entra en prisión por el hecho de ser hombre en virtud de la Ley Orgánica  1/2004  de 28 de diciembre, de medidas de protección integral contra la violencia de género, y en algo que ellos y ellas denominan inversión de la carga de la prueba y que Susana Gisbert, fiscal especializada en violencia de género, portavoz de la Fiscalía Provincial de Valencia y escritora, argumenta perfectamente en este estupendo artículo https://confilegal.com/20170905-la-carga-la-prueba-la-violencia-genero/

La ley está para proteger, no para acusar sistemáticamente y encarcelar por una denuncia; y antes de que mencionen las denuncias falsas les invito a leer el informe anual del CGPJ:

http://www.poderjudicial.es/cgpj/es/Temas/Violencia-domestica-y-de-genero/Actividad-del-Observatorio/Datos-estadisticos/

Esas mismas personas revientan defensas de feministas y aliados mediante comentarios mediáticos de hombres y mujeres alineadas con el machismo más rancio y patriarcal; por ejemplo, la abogada Bárbara Royo (defensora de Bretón), su marido Nacho Abad, periodista  y criminólogo del programa “Espejo Público” o la polémica periodista Cristina Seguí. Podría enumerar hasta la eternidad, para nuestra desgracia.

La justicia que tanto alaban, con desconocimiento y con escasa formación al respecto, ha emitido sentencias donde mujeres y niños se han quedado completamente desprotegidos, no sólo hablo de LA MANADA. Aquí tienen algunos casos: Susana Guerrero, Karen Gutiérrez y Ángela González

https://www.youtube.com/watch?v=bL_Qvj4Sn1Y

http://www.elmundo.es/pais-vasco/2018/07/23/5b558bffe2704eaa088b458c.html

https://www.publico.es/sociedad/angela-gonzalez-tribunal-supremo-claves-sentencia-historica-saca-colores-espana.html

Nos encontramos, por lo tanto, con la nula formación de jueces, juezas y demás integrantes de la Justicia en temas de género. Aquí lo explica Susana Gisbert  https://confilegal.com/20180706-las-cosas-claras-especialidad-especializacion-y-especialistas/

En este hilo de Twitter, Dani Revuelta -abogado y politólogo- relata perfectamente la trayectoria del señor juez Manuel Piñar y su controversia con la Ley de Violencia de Género, el alcohol y un juicio con tremendos comentarios sobre la cicatriz de una mujer

https://twitter.com/DaniRevuelta/status/1022823945437896705

Así, no es de extrañar que en los trece folios de la sentencia de Juana Rivas se establezca que se inventó el maltrato de la denuncia en 2016, que no se entienda cómo volvió con Arcuri y se haga referencia a la repercusión mediática de su caso y a las personas que la defendimos:

https://elpais.com/politica/2018/07/27/actualidad/1532681780_809702.html

Cuestión aparte es la acusación mediática a las personas que asesoraron a Juana. Sorprende los conocimientos legales de cualquier persona frente a un teclado, aunque nadie refiera que las instituciones públicas deben velar por la protección de esos niños, como se afirma en el convenio de Estambúl de 2011, ratificado por España en 2014.  Dice su artículo 31:

Custodia, derecho de visita y seguridad

  1. Las Partes tomarán las medidas legislativas u otras necesarias para que, en el momento de estipular los derechos de custodia y visita relativos a los hijos, se tengan en cuenta los incidentes de violencia incluidos en el ámbito de aplicación del presente Convenio.
  2. Las Partes tomarán las medidas legislativas u otras necesarias para que el ejercicio de ningún derecho de visita o custodia ponga en peligro los derechos y la seguridad de la víctima y de los niños.

Aquí, al completo:  https://www.boe.es/diario_boe/txt.php?id=BOE-A-2014-5947

Para muchas personas las mujeres maltratadas sólo denuncian por las paguitas y las organizaciones feministas existen para cobrar subvenciones. Pero ¿saben a qué ayudas tiene acceso una víctima de Violencia de Género?

http://www.juntadeandalucia.es/iamindex.php/2013-08-08-10-31-21/guia-juridica-sobre-violencia-de-genero-y-derechos-de-las-mujeres/que-ayudas-economicas-existen-para-mujeres-victimas-de-malos-tratos

Díganme ahora qué mujer puede sobrevivir con sus hijos e hijas con esas cuantías. Por favor, infórmense antes de opinar.

Aquí tienen el comunicado de apoyo de la Asociación de Mujeres Juezas sobre la sentencia http://www.mujeresjuezas.es/2018/07/27/sobre-la-condena-penal-a-juana-rivas-esta-es-nuestra-opinion/

Y sí, pedimos un indulto que no se podrá obtener hasta la finalización del proceso, pero no sólo por la pena de prisión, que el juez podría haber disminuido para que no entrara en la cárcel, también para la anulación de la privación de la patria potestad, por Juana y por sus hijos que no pueden crecer sin su madre.

Así que queridos trolls, machirulos, onvres, señoros, pueden ustedes llamarme feminazi, hembrista, loca, radical, pueden amenazarme, a mí y a todas las feministas y aliados, pero no vamos a parar. Estas condenas y absoluciones nos están diciendo “callaos que os queremos sumisas, con las piernas cerradas, en casita cuidando, guapas y delgadas, señoras de su señor y mansas”. Y si ladráis, nosotras cabalgamos. Porque vuestra ceguera patriarcal la vamos a curar y un día abriréis los ojos y cederéis ante vuestros privilegios