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El tercer puente reducida 07

Hace unos años invadió las calles de esta ciudad una campaña turística que rezaba Cádiz, Ven a Conocernos. ¿Para qué y por qué se invitaba a visitar Cádiz a quien ya estaba aquí? Pregunté y nadie me confirmó que la campaña se hubiera llevado a cabo más allá de Cortadura. No era, en definitiva, una campaña para promocionar Cádiz sino para decirnos a los gaditanos: mirad, hacemos cosas, inútiles pero cosas. Gastamos dinero, malgastamos dinero.

Algo así ocurre con el cartel de Carnaval –algún profeta listillo predijo que no se hablaría de esto en El Tercer Puente; mira tú por dónde, se equivocó y mira tú por dónde lo que va a leer a continuación no le va a gustar demasiado. Decía que algo así ocurre con el cartel del carnaval. Se ha hecho creer que debe hacerse para los gaditanos, aunque en realidad es una herramienta para promocionar el carnaval allende Torregorda; una manera de incitar a conocer la ciudad y su fiesta mayor. Promoción turística. Así entendido, el cartel del Carnaval tiene un público identificado claro, el potencial visitante. Obviamente debe contentar a la gaditanía porque les va a representar, pero el destinatario final está fuera de Cádiz.

El cartel, como herramienta promocional, debe huir de localismos ininteligibles en otras ciudades, de ombliguismos vergonzantes o de autorreferencias que limiten su capacidad comunicadora. El cartel, como herramienta visual, debe respetar y aprovechar los códigos que una disciplina como la cartelería impone y propone, ya que no debe ser la adaptación gráfica de una pintura –puede serlo si la obra pictórica reconoce lo gráfico como producto final y se concibe con los códigos antes mencionados; es decir, si se hace una pintura pensando en que va a ser un cartel. Pero si no es así, para ello hay diseñadores gráficos y cartelistas especializados en ese lenguaje, en esa disciplina que bien trabajada es en sí misma un arte.  De ese modo, tanto como elemento de marketing como pieza gráfica, la obra seleccionada debe ser merecedora de representar el Carnaval de Cádiz fuera de la ciudad porque esté técnicamente bien ejecutada y porque puede cumplir su función comunicativa. Hay que ser muy exigente en ambos aspectos.

Tipografía, composición, colorido, calidad ilustrativa, trazos, transmisión de mensaje, de valores, generar interés, informar, atraer público, etc. Son muchas las cualidades que debe tener un buen cartel y muchos los elementos sometidos a análisis y si se valora el producto a vender hay que valorar la herramienta que lo vende. Cualquier especialista en la materia, así como diseñadores gráficos y otros artistas conocedores del contexto estarán de acuerdo en lo anteriormente expuesto; aunque el debate sigue abierto y ojalá se profundice en él con conocimiento, respeto y apartando los egos. Tarea muy complicada.

El Ayuntamiento gaditano propuso, este año, un nuevo modelo de selección de cartel del Carnaval 2017. Una serie de profesionales -catorce exactamente- de diversos ámbitos y relacionados con las artes, con el Carnaval y con la administración municipal revisaron los más de cincuenta carteles presentados a concurso. De entre ellos, había que seleccionar los que se entendiera como dignos para representar la fiesta fuera de la ciudad, aquellos que representaran a la ciudad desde la modernidad, la novedad, la buena ejecución técnica, el uso de un lenguaje contemporáneo y que respondieran a una eficacia comunicativa.  A la preselección del jurado, le siguió una votación popular para elegir el cartel ganador.

Entre las obras presentadas había pinturas buenas, regulares y malas; diseños gráficos buenos, regulares y malos. Algunas piezas cuyos argumentos eran más plásticos que gráficos; otras que jugaban con chistes locales o algunas que -desde lo artístico, lo representado, lo técnico o lo semántico- poco aportaban. Algunas que o bien parecían carteles ya vistos o bien transmitían una imagen caduca de la ciudad o bien se perdían en lo excesivamente identitario o bien estaban pésimamente ejecutados. Había que ser estrictos y hacer una criba exhaustiva; así lo exige la importancia del objeto.

De manera consensuada, y tras un productivo debate, se seleccionaron ocho piezas, cada una con la explicación necesaria que justificaba su selección. Eran, éramos, catorce profesionales con criterios muy variados, cada uno aportando su profesionalidad, experiencia y conocimiento y decidiendo sin imposiciones y desde la inteligencia colectiva. Catorce personas a las que hay que respetar su decisión.. Especialistas en tipografía aportaron sus criterios, especialistas en diseño gráfico el suyo, especialistas en arte otro tanto y especialistas en el carnaval aportaron su visión. Decisión democrática consensuada, mal que le pese a algunos. Seguramente, otros catorce miembros diferentes hubieran seleccionado otras obras diferentes y seguramente también hubieran acertado

En cuanto a la selección no hay más debate, por tanto, que el que ciertos egos quieran plantear haciendo de un asunto suyo personal una cuestión colectiva y el de quienes, desde una estrechez apodíctica y apoyándose en cárteles de presión mediática o a través de las redes, han intentado atacar a los sujetos en vez proponer defensa de los objetos. En definitiva, la misma mediocridad de siempre de aquellos que no aceptan que las cosas están cambiando y que se pueden hacer con otros modos y otras maneras. Ya conocemos la falta de educación en debate de quienes en redes y medios vociferan la pérdida de lo que consideran que les corresponde. No se acepta la decisión y se ataca al Ayuntamiento, al jurado, a los otros artistas, a las obras en sí mismas o a cualquier elemento con tal de no aceptar la diversidad de criterios.  En definitiva, modales de siempre revestidos de falsa actualidad; cualquier cosa antes que reconocer que la obra presentada no era adecuada o que no ha caído en buen momento o que otro año será. Aunque la exigencia deba ser la misma, los criterios variarán.  Que haya suerte la próxima vez.

Apartado ese mundo de egos, cárteles y paranoias, habría que profundizar en el verdadero conflicto productivo; el que de verdad hay que promover, el que genera conocimiento, que es otro muy distinto y que tiene una doble línea de análisis.

Por una parte, habría que discutir qué función tiene un cartel y cómo los artistas tradicionales deben asumir la llegada de quienes trabajan con otras técnicas y tecnologías o con medios más adecuados a la intención del producto. Resulta sorprendente, al respecto, que  en aquellos tiempos en que la litografía o la serigrafía tuvieron repercusión comercial y social se desarrollara la cartelería fuera de los ambientes puramente pictóricos y que aquellos artistas plásticos entendieran la gramática de lo gráfico adaptándose a ella sin ningún tipo de complejo. Hay estupendos ejemplos en esa joyita que es el casi ignoto Museo Litográfico de Cádiz.

Eso respecto a lo técnico y comunicativo. Pero, y aquí entra la segunda parte del debate necesario ¿cómo afrontar el papel de la ciudadanía en la selección del cartel?, ¿cómo seleccionar de manera colectiva algo que representa a la fiesta mayor de la ciudad –y a la ciudad por extensión- y que debe respetar unos códigos desconocidos para la mayoría?. Los procesos participativos siempre son complejos de abordar y exigen metodologías configuradas de manera específica para cada caso que se presente. Este no es una excepción.

Muchos de los creadores con los que he podido hablar abogan por una profesionalización de la toma de decisión final. Es decir, que sean profesionales quienes decidan qué cartel resulta ganador. Quizás no les falten razones, teniendo en cuenta que hay elementos necesarios que resultan previos a una participación ciudadana abierta. A la ciudadanía hay que darle información para que conozcan sobre qué se les consulta; pero, además, hay que darle formación para que sepan cómo procesar y cuestionar esa información recibida. Solo así podrán tomar una decisión final más o menos acertada; más o menos justa.

Se podría haber planteado un proceso de selección compartida durante varios años que dejara la decisión final en manos de profesionales y que promoviera una formación de la ciudadanía durante ese periodo, dando claves y conocimiento al respecto y transfiriendo información para que al cabo de unos años la ciudadanía decidiera por sí sola o se podría haberlo abierto, desde ya, a una decisión “a pelo” por parte de la gaditanía, realizando esta la elección final de manera abierta y directa. Creo que a la fórmula puesta en práctica se le debería añadir unas acciones de información y de pedagodía que aportaran claves interpretativas y que aclararan dónde reside el mérito de las piezas seleccionadas.

En cualquier caso, este año, acertado o no el proceso, hemos aprendido mucho. Se ha abierto el debate –no el debate personalista y conspiranoico que han propuesto algunos sino un debate serio sobre el objeto, sobre el cartel y sus repercusiones- se han evidenciado carencias pero se ha actuado con criterio y buenas prácticas. Se está preparando, de hecho, un par de encuentros para reflexionar de manera colectiva sobre este asunto. Bienvenido sea, por tanto, el conflicto propositivo. Años atrás, el cartel se decidía entre tres o cuatro personas y la calidad de las elecciones, salvo escasas excepciones, es cuestionable; muy cuestionable. En algunos casos se criticaba la decisión, pero no recuerdo que se cuestionara el proceso por muchos de los que ahora protestan y eso sí que es sospechoso.

Creo que la criba exhaustiva que se ha llevado a cabo este año va a atraer a buenos profesionales de la cartelería, el diseño gráfico y la comunicación en las próximas ediciones, lo cual repercutirá en el incremento cualitativo de la colección de carteles del Carnaval. Espero que el jurado del próximo año mantenga los criterios exigentes tanto desde lo comunicativo como desde lo técnico, aplicando sus conocimientos propios y sus propias valoraciones. Al fin y al cabo, como fiesta de interés turístico internacional, el Cartel del Carnaval de Cádiz se exhibe en todas las oficinas de Turismo de España y si no se cuida esa imagen volveremos a malgastar tiempo y dinero solo para contentar a esa hidra gaditana que, una vez reconocida su propia mediocridad, está dispuesta a hacer suya cualquier batalla de egos ajenos.

Fotografía: Juan María Rodríguez

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