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A porlan
Fotografía: José Montero

Después del magno simposio Mare Sacrum, con asistencia de grandes especialistas sobre el mundo fenicio, la gente en Cádiz sigue haciéndose la misma pregunta: ¿fueron fenicios los antiguos gaditanos? Distingamos: una cosa es que Cádiz fuese en tiempos una colonia fenicia y otra muy diferente es que estuviese poblada por fenicios. Del mismo modo que los pobladores del México del siglo XVI eran aztecas dominados por españoles, los gaditanos del primer milenio aC eran los habitantes autóctonos de un territorio atlántico colonizado por los semitas cananeos de Tiro, a quienes los griegos llamaban fenicios.

Desde luego, no cabe duda de que los cananeos se establecieron en Cádiz (acerquémonos al Museo, por favor) y de que según las fuentes escritas eso se produjo un poco antes del año 1000 aC. Pero previamente instalaron un mercado, y los mercados no se ponen en el desierto, sino en núcleos poblados. El suyo estuvo probablemente en el islote de San Sebastián, perfecto para situar un establecimiento mercantil, con sus horas de visita regidas por la marea baja. Los islotes pegados a la costa fueron los enclaves que los iberos consideraban perfectos como mercados extranjeros. Por un par de razones sobre todo: no podían albergar una fuerza militar importante y carecían de agua dulce, de modo que estaban a expensas de los nativos. Tuvo que ser después de la guerra entre los tartessios y los tirios que recoge Macrobio cuando los fenicios se apoderasen de la ciudad atlántica con la que mercadeaban: con Gadir. Sobre el significado de ese nombre se repite la misma explicación una y otra vez: que significaba “recinto cerrado” en lengua fenicia, o conseptum locum en latín. Esta noción (tan asentada como poco fiable)  procede de un poeta latino del siglo IV dC, Rufo Avieno, que debía de saber tanto fenicio –extinguido mucho tiempo atrás de que él naciese– como un indio apache. Frente a este lugar común del “recinto cerrado”, que lo mismo vale para una ciudad que para una pocilga, nadie parece haber caído en la cuenta de que en la lengua atlántica menos contaminada, el irlandés antiguo, la palabra cathir (modernamente, cathair) significa, precisamente, “ciudad”. Así que es posible que tras apoderarse los fenicios de la ciudad atlántica, cathir, la siguieran llamando por su nombre autóctono. Gadir sólo habría sido su modo de pronunciarlo. Platón escribe que Gadir era una parte de la Atlántida, y afirma que se llamó así por el nombre de uno de los hijos de Atlas, un nombre no fenicio, sino atlántico que –sigue diciendo Platón– podría traducirse al griego como Eumelos, “buena música”. He ahí un origen del que cualquier gaditano puede sentirse orgulloso: ha nacido en la Ciudad de la Buena Música. Sin duda, ese amor por la melodía y el ritmo estaba también en la base de la reconocida fama que las bailarinas gaditanas, las puellae gaditanae, tenían en todo el Mediterráneo.

Esto no encaja bien con lo que sabemos de los fenicios, que no eran gente muy animada. Su arte era tosco comparado con otras culturas de su tiempo, y su música y canciones eran monótonas salmodias de carácter religioso y bélico. Existe una referencia griega que los define: su mayor placer era cuando, borrachos y rodeados de amigos, se inclinaban sobre la oreja de uno de ellos para confesarle el dinero que tenían.

En cuanto a la supuesta sangre fenicia del gaditano, a la genética, no hay que olvidar un dato importante: los conquistadores (fenicios, bizantinos, musulmanes) no traían mujeres, o muy contadas. De manera que al establecerse tuvieron que unirse con las autóctonas, generando mestizos que volverían a unirse a su vez con mujeres nativas, y así sucesivamente. En un par de siglos, la sangre fenicia de aquellos conquistadores gaditanos se habría disuelto en la autóctona  como una gota de tinta en un barril de agua, igual que ocurriría siglos después con la de los invasores musulmanes.

Al margen de todo esto, existe una noticia llena de curiosos detalles sobre el Cádiz de los primeros siglos de la era cristiana, una información que, a mi modesto saber, no había sido traducida ni mencionada hasta ahora y que da que pensar por su aportación de datos únicos, la rotundidad de sus afirmaciones y la riqueza extraordinaria en los detalles, propia de un testigo presencial. Es de Filóstrato de Atenas, un filósofo secundario a caballo entre los siglos II y III dC, quien escribe lo siguiente en su Vita Apollonio (V, 4):

“Gades es el límite de Europa. Sus habitantes practican una religión especial. Han elevado un altar a la Vejez y son los únicos hombres sobre la Tierra que cantan himnos a la Muerte. También tienen altares consagrados a la Pobreza, al Arte, al Hércules Egipcio y al Hércules Tebano. Afirman que el segundo llegó hasta la isla de Eritia, próxima a Gades, donde venció a Gerión y se apoderó de sus bueyes, mientras que el primero, que se volcó en la ciencia, recorrió toda la Tierra de un extremo al otro.  Nuestros viajeros aseguran  que los habitantes de Gades son griegos de origen, y que su educación es la misma que la nuestra. Honran a los atenienses más que los demás griegos, y ofrecen sacrificios al ateniense Menesteo. En su admiración por Temístocles, que mandó la flota de Atenas con sobrada habilidad y coraje, le han elevado una estatua de bronce que lo representa en actitud de recogimiento, como un hombre que escucha un oráculo.

Nuestros viajeros vieron en ese país árboles como no los habían visto nunca, a los que llaman árboles de Gerión. Son dos, y salen de la tumba de Gerión. Tienen partes de pino y de abeto, y destilan sangre como los álamos Helíades destilan oro.

La isla donde está el templo no es mayor que el propio templo; no está empedrada, sino que posee un pavimento tallado y pulido. En el templo se adora a ambos Hércules. No tienen estatuas, pero el Hércules egipcio tiene dos altares de bronce sin inscripción ni figura, y Hércules tebano dispone de un altar de piedra sobre el que se ven bajorrelieves representando a la Hidra de Lerna, los caballos de Diomedes y los doce trabajos de Hércules. En ese templo dedicado a los Hércules se halla también el olivo de oro de Pygmalión: de él se admira mucho el trabajo, que es exquisito, pero aún más los frutos, que son esmeraldas. También se muestra allí el tahalí de oro de Ajax, hijo de Telamón: en cuanto a por qué y cómo navegó este héroe hacia el océano, Damis dice ignorarlo y que no ha podido encontrar informes al respecto. Las columnas de Hércules que se ven en el templo son de oro y plata mezclados, de un solo color; tienen más de un codo de altura, son cuadrangulares como yunques y sus capiteles llevan inscritos unos caracteres indescifrables que no son egipcios ni indios. Como los sacerdotes callaban a este respecto, Apolonio les dijo: “Hércules egipcio no me permite callar lo que sé. Estas columnas son los lazos entre la Tierra y el Océano. Fue Hércules quien grabó esos caracteres en la mansión de las Parcas para impedir la guerra entre los elementos y mantener inviolable la concordia que les une.”

Son palabras hermosas, pero plantean una pregunta muy seria: si de las columnas de Hércules depende la paz y la concordia entre los elementos, ¿por qué se pone tan pesadito a veces el levante?

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