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En estos momentos del año es cuando más echo de menos a Cádiz. Porque no se echa de menos a las personas, sus calles, las playas o cruzar los puentes al entrar o al salir viendo la fantasía de la bahía en un día de sol. No. Se echa de menos a Cádiz. Directamente.

Cádiz no es una idea de “ciudad que alberga cosas” que puedan ser de interés turístico, económico o social. No y sí también ¿cómo no íbamos a echar de menos, los que estamos fuera, la Caleta, por ejemplo?, o ¿cómo no íbamos a echar de menos las calles de la Viña? O a su gente y, sobre todo, su carácter. Todo eso se echa de menos, sí, pero a lo que quiero referirme es a la relación afectiva, materno-filial diría yo, que tenemos los habitantes de Cádiz con ella, con la ciudad. Bueno no, que Cádiz yo no la relego a ese mero concepto de «ciudad».

Cádiz es una madre, un faro, un sentimiento que carece de personificación, porque no es la Gades. Tampoco es una cosa física, lo que nosotros entendemos por Cádiz no es solo una ciudad. No es igual que el resto, no es una ciudad de Andalucía y ya está. Cádiz es fenicia, romana, cristiana, mora, y una amalgama de culturas con más de 3.000 años de historia que nos hacen entender nuestra relación con ella con un respeto incomparable a ningún otro sentimiento que se pueda tener por un pedazo de tierra.

Ciudad madre
Fotografía: José Montero

Cádiz es lo que nos falta a los gaditanos y gaditanas que estamos fuera. Y yo tengo la suerte de estar a un salto si quiero verla una tarde, pero aquellas personas que están fuera del país, o del continente, estarán ahora mismo haciendo de tripas corazón viendo Onda Cádiz en YouTube a ratos mientras fuera llueve. La gente no está contenta y, además, ni rastro de la Bahía.

En esta época del año es cuando más me doy cuenta cuánto necesito esta relación con Cádiz. Cuánto la necesitamos todos y todas. Seguro que es así. No conozco a nadie de Cádiz que esté fuera que no sueñe con el día de su jubilación bajando a Santa Maria a darse un baño por la mañana.

Y en Carnaval se sufre más. Se sufre porque cualquier gaditana o gaditano quiere ser participe de su fiesta, la fiesta de Cádiz. La fiesta pagana más respetada y que, sorprendentemente, la iglesia no ha versionado a su estilo, y qué casualidad que de todos los sitios donde podría darse se dé en Cádiz.

Por eso en esta fecha lo que echo de menos no es el Carnaval en sí, porque con las nuevas tecnologías puedo ser espectadora e incluso opinar en chats o foros y ser un actor activo de la fiesta, pues casi todas y todos podemos acercarnos un par de días por la Viña y el Pópulo a disfrutarlo (y ya lo cuadraremos en el trabajo aunque sea echando horas) Pero no solo eso, no es solo el carnaval. Es Cádiz. Simplemente. Es esa sensación del agua por la izquierda y por la derecha hasta entrar en “la Avenida” o divisar el corte inglés y decir «hola Cádiz, que alegría volver a verte, y qué guapa estás.»

Y es en esta época porque es su época, porque es cuando más divertida está, cuando más guapa se pone, cuando más nos disfruta y la disfrutamos, cuando más tiempo estamos con ella, cuando a la alegría nada le hace sombra y cuando menos penas son las que nos rondan. Cádiz, espérate chiquilla, que voy pallá.

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