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Jazz, pop, vanguardia, trash, country, folk…Bill Frisell ha superado con éxito la prueba de las etiquetas, trazando con sereno pulso una singular línea evolutiva durante décadas. Entre otras cualidades, el guitarrista y compositor norteamericano ha abordado tales inmersiones de la mano de una abierta y coherente visión que le ha permitido superar las fronteras convencionales de su instrumento para situarse en la parcela reservada a inclasificables y francotiradores. Pese a las iras de la ortodoxia, los óptimos resultados señalan que su búsqueda permanente ha quedado certeramente materializada en álbumes como…

BILL FRISELL

HAVE A LITTLE FAITH

ELEKTRA-NONESUCH, 1993

Como el mismo Frisell ha reconocido, su música no es más que el producto de una educación liberada de ortodoxos corsés y delimitaciones estilísticas. Un bagaje ligado a un excepcional creador amamantado en brazos de soul y blues y madurado en las calles del rock, el pop y el country a modo de exhaustivo rastreo por algunos de los contornos más consolidados de la música norteamericana. Si a ello sumamos un permeable tejido multidisciplinar que ha impregnado sus discos de destellos cinematográficos o literarios, obtendremos el perfil de uno de los músicos norteamericanos más eclécticos y exclusivos de las pasadas décadas.

Nació en Baltimore, Maryland, en 1951 para crecer en Denver donde saxo alto y clarinete acompañaron sus iniciales incursiones musicales. Centrado ya en la guitarra de jazz, sus estudios se desarrollaron bajo la tutela de maestros como Jim Hall, una influencia latente luego en su estilo. Su inquieto talante lo condujo a las filas de la orquesta del aperturista Michael Gibbs, para pisar luego los estudios del sello ECM bajo el liderazgo de Eberhard Weber o Paul Motian. Su estrecha conexión con la marca de Manfred Eicher se intensificó con el primer álbum a su nombre – “In Line” (1982) -, diáfana y seminal evidencia de sus potencialidades. La extensa paleta cromática de Frisell comenzó a expandirse a partir de entonces. Reforzado por un reconocible cuadro de efectos electrónicos, pronto conformados en sello, una exquisita pulsación y una seductora técnica enemiga de vacíos virtuosismos tradicionalmente ligados al instrumento, Frisell se desmarcó de tópicos para codearse en poco tiempo con las primeras figuras de la guitarra contemporánea. Tras una etapa como miembro del cuarteto de Paul Motian y el posterior salto a Elektra-Nonesuch, los años noventa del pasado siglo fueron testigos de su definitiva detonación. Coronando una excelente camada conformada por trabajos de la talla de “This Land”(1992) o “Go West: Music From The Films of Buster Keaton” (1995), “Have a Little Faith” sintetizaría su bagaje musical a través de una lectura de personalizada estética y sutil tratamiento donde se conectaba a Charles Ives con Madonna, a Stephen Foster y al tándem Heyman-Young con Bob Dylan y Sonny Rollins, a la “Washington Post March” de John Philip Sousa con el “I Can’t Be Satisfied” de Muddy Waters y a “Billy The Kid” de Aaron Copland con el fantástico tema de John Hiatt que lo bautizaba. Guitarra y pedales ostentaron un liderazgo sustentado en una trama grupal en la que Don Byron (clarinete), Guy Klucevsek (acordeón), Kermit Driscoll (bajo) y Joey Baron (batería) se armonizaron bajo la etérea producción de Wayne Horvitz. Con tan plural guión como hoja de ruta, Frisell produjo un soberbio e inventivo catálogo en el que, pese a tan pujante cuadro de ascendientes, fue su propia visión la que terminó imponiendo criterios. Con tales fundamentos es lógico apuntar que “Have a Little Faith” supuso otro certero impacto, no exento de ironía y reto, bajo la línea de flotación del purismo más recalcitrante.

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