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Arguez

Fotografía: Jesús Massó

Recién pasadas las aguas rápidas con que se acaban de cerrar los territorios del carnaval 2017, es ésta buena hora para detenernos a comentar, como viene siendo ya habitual, algunos de los textos que la comparsa de este año dejó fuera de la competición.

Serán, en esta ocasión, las páginas de El Tercer Puente el generoso foro en el que vamos a ir entregando estos breves apuntes que, como de costumbre, esperamos que sean  útiles, o cuando menos curiosos e interesantes, para aficionadas y aficionados que gusten de conocer los entresijos ocultos de los repertorios, sus derivas y sus contextos, sobre todo de aquellas coplas que no pasaron por el concurso y que, en cierto modo, resultan mucho más difíciles de dar a conocer.

Efectivamente, “Los equilibristas” continúan aún en su periplo por esos escenarios de dios y, afortunadamente, hay gente bonita en muchos lugares que reclama oír en directo sus coplas con entusiasmo y generosidad, y eso garantizará aún la supervivencia en directo de un buen puñado de letras por varios meses más. Sin embargo, nos apetece centrarnos, como de costumbre, en aquellas coplas que fueron escritas, aprendidas o ensayadas pero que, por un motivo u otro, nunca sonaron en el teatro. Con una de ellas empezaremos y, curiosamente, con la que fue la primera letra que escribí, mi primer fogueo con la música y su estructura métrica.

Hay que remontarse a primeros del laxo septiembre, el mes más bonito en esta ciudad. El grupo está casi conformado. Hay un ambiente de optimismo y ganas de empezar a ensayar. El tipo está ya claramente decidido. Ángel, que fue el impulsor de la idea original, nos propuso a Joselito Aranda y a servidor escribir y componer música en torno a la singular figura de un equilibrista. La revelación fue instantánea. No dudamos: ése personaje era sobre el que construiríamos el repertorio. Lo tenía todo: hondura, familiaridad, ternura, riesgo, poesía, cercanía, capacidad evocadora (y metafórica)… lo que se dice un personajazo, vaya. Jose, como el músico inquieto y sagaz que es, también vio rápidamente el universo musical del cabaret o el del circo retro como el referente más claro para componer sus músicas (la presentación es el mejor ejemplo de ello). El resultado de su extraordinario trabajo ya lo conocen ustedes de sobra.

Por mi parte, como letrista no dudé ni un segundo en las posibilidades de un repertorio riquísimo en torno a la especial figura de un equilibrista: si era uno capaz de encarnar e interiorizar todo lo que ese tipo representaba, nada más que tendría que dejar hablar al personaje y él solo me iría dictando el repertorio. Pero eso solamente sucede poco a poco, paso a paso, copla a copla (eso lo hemos aprendido con los años). Es decir, las primeras letras suelen ser balbuceos, bocetos, borradores más o menos desdibujados que van dando forma poco a poco a la verdadera voz del personaje.

A partir de la estupenda música de pasodoble que acababa de darnos Noli (que generosamente admitió algunas sugerencias de mi parte para alargar algunos versos o añadir un par de frases de refuerzo que me ayudaran a no sentirme tan constreñido como con la música de Los doce) escribí las primeras letras. De ellas, solo ésta que hoy les traigo se terminó y llegó al local de ensayo, aunque no llegó a aprenderse ya que a los pocos días llevé otra letra distinta (de ella hablaremos en próximas entregas) que fue la que finalmente sirvió de pasodoble de “montaje”.

Esta primera letra inédita que ahora les dejo aquí es en realidad un embrión donde se comienza a desarrollar una peculiar fantasía en la que se hace un recorrido por el cielo de Cádiz caminando sobre unas cuerdas que recorren los puntos y lugares más altos de la ciudad. La película “The Walk”, que precisamente pusieron en la televisión en esas semanas, el documental “Man on wire” o las interesantes memorias de Philippe Petit estaban latiendo en lo hondo de las ideas y las sensaciones que trataba uno de ordenar entonces, estrenando el molde musical del pasodoble recién asimilado.

A mí, a pesar de que aún no se ve de manera clara al personaje ni su voz, este pasodoble me gusta mucho y en él, ahora leído así con el tiempo, puede verse cómo se van apuntando ideas y sensaciones que luego, algunos meses después, quedarían desarrolladas de forma mucho más clara en otras letras.

La letra (absolutamente inédita, no la busquen en libreto ni cd), que espero que les resulte sugerente, decía así:

Cuerdas sobre el cielo azul de Cadi,
de Cadi, de Cadi.
Cuerdas desde la Bella Escondida
a la Torre Tavira.
Desde el Torreón de Puerta Tierra
hasta los ficus de la Alameda.
Y un poniente de cristal
mi trayecto marcará
hasta el faro de San Sebastián.
Y mientras se pone el sol
sigo andando hasta el reloj
de la torre de San Juan de Dios.
Que en esta ciudad de funambulistas
todo el mundo es un poquito artista
y hace equilibrios, y hace equilibrios
hasta el alcalde.
Y del puente Nuevo al Puente Carranza
veo al mar y al cielo en una balanza
y en su incendio azul la Bahía arde.
Y empiezo a sentir
mirando a lo lejos el triste reflejo
del sobrevivir
y pienso en la gente cobarde y valiente
que veo desde aquí
que en la cuerda floja ha aprendido a aguantar y a vivir.
Y aquí se acabó el corto paseo
que anuda el deseo de mi corazón.
Mi Cádiz, que pasan y los años
y tú siempre en lo mismo:
¡Ay, pobrecita ciudad
que el cielo quieres tocar
andando sobre el abismo!

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