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Numero ocho etp 11

¿Cómo es posible que las últimas elecciones hayan favorecido a un partido que insiste  abiertamente en la continuación de las políticas que, precisamente, nos han llevado a la crítica situación a la que nos enfrentamos como país, como sociedad, como mundo, en definitiva…?

Este interrogante, que hemos oído plantear frecuentemente estos días en la calle, y que mucha gente se ha hecho en su intimidad, adquiere tonos ciertamente inquietantes si consideramos un hecho que puede no ser del todo inverosímil: una parte importante, decisiva, del electorado que optó por el partido finalmente ganador lo hizo sin tener una idea medianamente clara de lo que pretendía con su voto, tal como dicen que ocurrió con el Brexit.

¿Habrá tenido algo que ver el miedo? Puede ser, ya que el miedo ha sido potenciado con ahínco no sólo por el Partido Popular, Ciudadanos y otras fuerzas afines, sino también por el PSOE, con lo que casi, casi, podría hablarse de una particular conspiración para apelar a turbios resortes humanos… Un recurso indecente, zafio, irrespetuoso, propio de entornos escasamente democráticos, que sólo ha podido funcionar  en una sociedad intelectualmente cautiva, privada intencionadamente de memoria, sometida con pobres razonamientos al hábito de la demonización apriorística de opciones alternativas que puedan comprometer el continuismo del actual estado de cosas. De este modo, la sociedad española ha estado sometida a sobredosis de miedo durante todos estos meses de insufribles y vergonzantes campañas electorales.

¿Y no habrá sido determinante la confusión inducida por la “opulencia informativa”, que mediatiza el conocimiento? Escribió José Saramago que “se puede desconocer el mundo, no saber en qué universo social, económico y político vivimos, y disponer, al mismo tiempo, de toda la información posible”. Obtener conocimiento a partir de la actual inflación informativa/deformativa, tratar de comprender y dar sentido a la actualidad ─local, nacional, europea, internacional, global…─ es una tarea titánica. Pero pretender hacer todo eso con la suficiente profundidad y solvencia como para, en la medida de lo posible, eludir los efectos perversos de las múltiples estrategias que el poder ─el abuso de poder─ pone en juego para la desactivación de la soberanía popular, es poco menos que imposible.

¿Y qué decir de la indigencia crítica, muy generalizada, que los dueños de la situación han conseguido enraizar entre una ciudadanía maltratada, desprevenida, confiada en las instituciones y en las intenciones de un Estado de Derecho que se ha revelado plagado de trucos y de corrupción? Si alguna pista cierta nos ofrece la deriva de los acontecimientos, es que se pretende establecer una sociedad regida por esa brutal competición a la que llaman competitividad. Competición no sólo entre empresas o países, sino entre individuos cada vez más aislados y privados a la fuerza de los lazos sociales de la cooperación y la solidaridad. Ya pasó la hora del engaño masivo con el señuelo de un alto poder adquisitivo para una gran mayoría (clase media) ) a cambio de renunciar al poder inquisitivo, es decir, al poder de preguntar y cuestionar cuál era el precio que pagábamos por pertenecer a esa cómoda, despreocupada y silente clase media, cuyo segmento alto (clase media-alta) se entregó a la bacanal del consumo compulsivo, mientras que el segmento menos pudiente (clase media-baja) sucumbió al calorcillo adormecedor de la comodidad y la seguridad. Este esquema social ha quedado superado, por voluntad de quienes deciden las cuestiones del mundo: esa clase media construida artificialmente desde el poder para asegurar el consentimiento y la sumisión, y para inducir un mercado basado en el consumo compulsivo, ahora ya no es necesaria a ese mismo poder que es capaz de conseguir los mismos objetivos mediante otros medios más eficaces, como pueden ser una manipulación más sofisticada, la expansión programada del miedo, el fomento de la inseguridad, la competición de todos contra todos, la financiarización de la economía…

Así las cosas, es evidente que de entre los retos más perentorios y decisivos a los que se enfrenta la sociedad de nuestros días, destaca, sin duda, la necesidad de desactivar esa cultura del consentimiento que ha conseguido enraizar en lo más profundo de nuestra subjetividad, colectiva e individual. Indudablemente, la persistencia de esa cultura del consentimiento descansa en un desinterés muy generalizado por desbaratar falacias, por sortear espejismos, por esquivar tópicos, por desenmascarar promesas ilusorias…

¿Estaremos condenados, por tanto, a vivir en el mundo en que vivimos?

Fotografía José Montero

FIT

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