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M melendez
Fotografía: Jesús Massó

Tenía el Cádiz de los setenta y los ochenta un grupo de mujeres activistas de las de armas –armas de las buenas- tomar. Había maestras y sanitarias y estudiantes y paradas y abogadas y limpiadoras y sindicalistas. Algunas eran madres. Algunas se declararon lesbianas porque les daba la gana. Todas eran jóvenes, muy jóvenes. Algunas ya no están. Era la Asociación Gaditana de la Mujer “La Pepa”. Eran “las niñas de la AGM”.

Las recuerdo en sus asuntos, en sus discusiones y en sus risas, en un bajo de la calle Sagasta, en una torrecita del Pópulo, en un callejoncito de San Juan, en la chirigota de Las Brujas montando un pollo en El Mentidero: “a los titis que no se porten bien, nos los vamos a comé cuando pase el carnavá”. Y en la Plaza de las Flores cortando el aire y suscitando simpatías y temores y malas caras. Y en las charlas y en los pases de películas y en las fiestas de un día de marzo que empezaba a sonar como Día de las Mujeres. Y colocando carteles y repartiendo octavillas y llevando pancartas. No había internet entonces. Era otro tiempo.

También recuerdo a más de un izquierdista listo, muy listo, obsesionadas las criaturitas con decir a estas mujeres activistas qué debían o qué no debían decir o hacer. Obsesionados con recriminarles con sornas sus constantes alusiones a “los y las”, a “ellos y ellas”, o sus gestos torcidos ante chistecitos la mar de graciosos. Eso entre los izquierdistas, ni cuento las barbaridades que salían de las boquitas de piñón de esa caterva local inspirada en un periódico heredero del fascismo de mi patria chica que se sigue llamando Diario de Cádiz.

Eran unas locas. Unas benditas locas que, encima, por si tuvieran poca faena, tuvieron la santa paciencia de intentar enseñarnos a algunos zoquetes cosas importantes: que la sexualidad no era la maternidad, que las violaciones o las palizas de algunos hombres a “sus” mujeres eran un problema político, que el aborto era un derecho como lo era el divorcio… Cosas importantes. También cosas pequeñas pero también importantes. Como caer en la cuenta de que recoger la cocina implica rematar con los azulejos de detrás del fregadero.

A pesar de lo zoquetes que éramos –y somos- algo llegamos a aprender de ellas: que la vida es otra cosa. Qué buena lección.

A día de hoy peinan o tiñen canas. Y ahí siguen, más frescas que una lechuga. Ante esta magnífica Huelga de Mujeres del Mundo que se nos pone por delante me viene el recuerdo de ellas y de tantas como ellas. Con todo el afecto. Con todo el reconocimiento. Con todo el agradecimiento. Por todo.

¡Qué coño! ¿Quién dijo vanguardia?

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