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D lopez
Fotografía: Jesús Massó

Estamos ya acostumbrados a polémicas en las que ambas partes enzarzadas poseen algo de razón. Es el caso de la controversia, dentro de la gestión municipal que nos (pre)ocupa, entre los partidarios de ofrecer de manera competente los servicios que necesita el ciudadano, y de quienes consideran como más relevante contribuir a la transformación social de la ciudad.

Se trata de un dilema falso, porque ambos requerimientos son necesarios. Limitar la gestión de una ciudad a una mera prestación de servicios empobrece la acción  política, además de privarla de principios, fines y objetivos, en definitiva, del diseño del modelo urbano óptimo que se pretende alcanzar.

Pero también asistimos a un aferramiento dogmático a principios que se pretenden aplicar obligatoriamente al conjunto de los ciudadanos, “caiga quien caiga”. Es el caso de la famosa remunicipalización de los servicios municipales, objetivo justo y necesario, pero que desprovisto de su correspondiente contrastación con la realidad se puede convertir en todo un bumerang. Recuperar servicios externalizados es loable y eficiente, pero siempre que el resultado posterior redunde en un rescate competente de  la gestión pública y en una mejora en la gestión. Llevar de forma directa la gestión del agua, los residuos, la limpieza, los parques y jardines, la electricidad, la organización de eventos, etc. permite tener el control por parte de la Administración municipal y prescindir de gastos como IVAs y beneficios privados, pero hay que asegurar que el resultado final supone una mejora real.

Además de solucionar y proveer las necesidades de la ciudadanía, el ayuntamiento no puede ignorar que su razón de ser es combatir la desigualdad, asignando recursos en función inversamente proporcional a las rentas disponibles. Pura ideología, pero también pura justicia distributiva. Y todo ello por encima de los muy encomiables objetivos de disminución del tiempo de pago a proveedores, reducción del déficit o aminoración de la deuda municipal. Pura gestión eficiente, pero también pura obligación moral.

La ideología (la de izquierdas, la de compensación de desigualdades, por supuesto) es necesaria, pero su exceso abruma y dogmatiza la gestión. Si la ideología posibilita avanzar en el modelo de ciudad al que aspiramos, bienvenida sea, porque que se sepa, todavía desconocemos en Cádiz que modelo turístico deseamos, por ejemplo. ¿Queremos ser puerto base de cruceros, como muy precipitadamente ha manifestado nuestro alcalde, o pensamos que carecemos de la capacidad de absorción de cargas ambientales y sociales que esa opción provoca, además de no disponer de los equipamientos y servicios que van ligados a ese turismo? ¿Queremos ser una smart city, con todas las obligaciones e inversiones en TICs que eso comporta, o pensamos que antes hay que resolver el angustioso problema de vivienda y de paro que sufre de manera crónica la ciudad?

Para escoger la mejor solución, no solo la tecnología y el conocimiento nos ayuda, sino también la ideología. ¿Queremos tener una casa domótica con todos los adelantos high tech o priorizamos el acceso a una vivienda digna para todos (en régimen de alquiler,  a ser posible)? ¿Optamos por la recogida neumática  de los residuos e instalamos contenedores  con sensores de llenado, o priorizamos la inserción laboral de colectivos como Iguales en Acción para la recogida selectiva  de los residuos?

Como veis, pura y necesaria ideología.

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