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Fernando de la riva

Fotografía: Jesús Massó

Acabo de ver la serie “House Of Cards” (en castellano se traduciría como Castillo de Naipes) que trata sobre la ambición de Frank y Claire Underwood. No cuento más para no reventarla.

Cualquiera pensaría que se trata de una serie caricaturesca o desproporcionada y, sin embargo, me huelo que es bastante realista, que, en términos generales, describe sin demasiados excesos, con los obligados recursos dramáticos, los entresijos y miserias de la lucha por el poder.

Simplificando mucho, el poder es la capacidad de influencia en la vida de otras personas, y hay una manera muy extendida de verlo como algo que se conquista y se defiende con uñas y dientes. El afán de poder es, al parecer, un “instinto básico” tan poderoso como el sexo. Frank Underwood dice, en uno de los característicos soliloquios de la serie, que es mucho más importante que el dinero.

Y esa pulsión no se da solo entre políticos, grandes empresarios u otros “poderes fácticos”, se manifiesta en todos los planos de la vida social, a todos los niveles: hay muchas personas que se mueren de gusto por ser archipámpano de una cofradía,  presidenta de la asociación de vecinos de su barrio o jefe de planta de El Corte Inglés.

En la serie vemos cómo se forjan pactos, se trenzan conspiraciones, se perpetran traiciones para conseguir más poder y retenerlo todo el tiempo posible. El poder, con frecuencia, quiere ser absoluto. Más tienes, más quieres.

A menudo, la coartada para justificar esta ambición es que solo desde el poder se pueden cambiar las cosas. Aunque para conseguirlo haya que cambiar de principios -que diría Groucho Marx- haya que pisar cabezas o dejar cadáveres por el camino. Que se lo digan al protagonista de la serie.

Pero, sin ir tan lejos (en todos los sentidos) le escuché decir, no hace mucho, a un asesor político: “a la política no se viene a hacer amigos”. El poder no sabe de afectos o cuidados. El fin del poder justifica todos los medios, por sucios que sean.

Las estructuras de poder (incluyendo a los partidos, las iglesias, la mafia y otras sectas) comparten un miedo cerval: perderlo. Nada hay que teman más. Todo vale para conservar el poder.

Y una de las principales amenazas para el poder establecido es la participación. El poder absoluto se tambalea si la gente tiene derecho a saber, si puede opinar, cuestionar, discutir, criticar. El poder reclama fidelidad total, sin hacer preguntas, sin objeción alguna.

Así,  vemos a nuestro alrededor que, cuando se trata de incorporar efectivamente a la gente a la toma de decisiones importantes, no meramente estéticas, las estructuras de poder –incluidas las que se dicen progresistas y hacen primarias- prefieren asegurarse el control de las personas y de las cosas.

Como justificación para “aguar” la participación, para rebajarla hasta lo cosmético o lo meramente propagandístico, se emplea una amplia colección de argumentos: la participación directa es inmanejable, el asamblearismo es demagógico y populista, la representación es imprescindible, todos y todas no pueden tomar parte de las decisiones, para participar hay que conocer y comprender previamente los temas… razones que suelen derivar frecuentemente en la concentración del poder en unas pocas personas, curiosamente las que utilizan estos argumentos.

Este enfoque, acaparador y acumulativo, del poder es muy común, si, pero también viejuno. Paradójicamente, conforme avanza el siglo XXI, es más evidente que se tiene más poder cuanto más se comparte, cuanto más se distribuye, más se reparte, cuantas más personas interactúan y toman parte en él.

Nuestros políticos y gobernantes no lo han entendido aún (aunque todos hablen de renovación e innovación), tienen formas de pensar y ejercer el poder propias del siglo pasado (o del anterior). Por eso serán inevitablemente arrastrados por el tsunami de la historia. Es solo cuestión de tiempo.

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