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Me pasa que cada vez que el mundo se me echa encima con sus desastres, intento escaparme del hecho de los desastres (o encontrar explicación a los mismos) mirando, escuchando o leyendo. Esta cobardía de la huida de la realidad hacia las formas y las explicaciones que ofrecen las manifestaciones artísticas me resulta imprescindible y muy recurrente. Y creo que casi todo el mundo lo practica y que todo el mundo debiera practicarlo.

Aunque no queramos o no creamos, tenemos relación con la estética y las distintas formas de expresión artística por el sólo acontecimiento de la vida. Porque sí y ya está. Es cierto que esto ha tenido un desarrollo desigual desde el principio de la existencia del ser humano. La gente que pintó bisontes o lenguados en cuevas, probablemente no tuvieran esa necesidad de recreo (aunque sí de comunicación) que ahora exigimos al arte. Pero es que hoy siguen sucediendo pinturas o esculturas o música o lo que sea con una necesidad más allá de la estética y más allá de un deleite. Es en esa alteración de lo que la naturaleza ofrece, o lo que el devenir nos depara como establecido, en esa manufactura humana, a veces con utilidad otras sin ella, donde vemos el hecho artístico. Y estamos tan predispuestos a recibir esos mensajes naturales alterados por la mano humana que nos podemos perturbar con los mismos hasta alterar incluso nuestras constantes vitales. Que se lo digan si no a Stendhal, que hay hasta un síndrome con su nombre por los sirocos que le daban a este hombre cuando se enfrentaba a determinadas obras.

También es verdad que hay gente que es muy sensible pero a mí a veces me da pena no sufrir estos desordenes por la saturación informativa de nuestros tiempos. Ojo, no busco el síncope gratuito, pero me parece mucho más hermoso un sufrimiento de artes que uno de mundomierda. Llorar por una película, que se te erice la piel cuando entras en una catedral, enfadarte delante del “Guernica”, violentarte escuchando un grupo de Rock, calmarte con un aria (o viceversa) o soltar un suspiro tras leer unas palabras que ordenadas en otro modo distinto al que usamos normalmente se elevan y se convierten en otra realidad que siempre estuvo ahí y nunca se desveló hasta que no llegó esa forma de ordenarlas. Tener la oportunidad de sentir ante cualquier manifestación artística, creo que es una suerte excepcional y poco valorada aunque muy practicada.

De por que el arte te mata de frio
Ilustración: Pedripol

Como decía más arriba, somos muchas personas (digo muchas con la boca chica por no aventurarme al totalitarismo de apuntar a la humanidad entera) las que buscamos este alivio superficial y ante el enfrentamiento a las obras me asaltan preguntas. Pero no de porqués, sino de cómos. ¿Es necesario saber de técnica o historia para ver, oír o leer una obra? ¿No puede una sentirse abrumada viendo las pirámides, aunque sólo tenga certeza de que las está viendo? ¿Disfrutar de Bach sólo es posible si sabemos de contrapunto y de la historia de la armonía? ¿En serio sólo puedes mirar una pintura del Bosco sabiendo sobre pintura flamenca renacentista o analizando la composición o las líneas o el color? ¿Es necesario ver una película analizando cada secuencia o cada plano? ¿Realmente el enfrentarse a una obra de arte tiene como condición imprescindible saber sobre fechas, historia, coyuntura, o la hora a la que se levantaba el artista y lo que comía?

Probablemente la intelectualidad teórica y analítica me tache de blasfema. Probablemente yo sea una ignorante que no sabe nada de la vida y sus cuestiones. Pero la sensación de que se coarta la totalidad de la obra fracturándola en técnica, historia y demás, creo que nos aleja al común de los mortales del disfrute de todo lo que tenemos al alcance en lo que arte se refiere. Hacer creer que sólo son válidas y consistentes las lecturas de este tipo, me parece limitar. Y limitar el arte a estas lecturas me parece que aleja y alimenta el rechazo de la gran masa humana normal y corriente y andante al enfrentamiento a mucho de lo bueno que hay en la creación humana.
Yo, en mi simpleza, he decidido disfrutar de todo lo bueno. Y ese disfrute se anula ante la grandilocuencia y las complejidades de determinadas miradas. Todas las personas que pueden mirar saben hacerlo. O no, yo qué sé, pero me da la impresión de que hemos elevado el “entender de arte” a cotas ultraelevadas de pamplinismo o tontería de finura superior. Y no estoy diciendo que todo el mundo tenga que sentir lo mismo cuando ve tal o cual obra artística. Lo que quiero decir es que hemos de perder los complejos y mirar y escuchar todo lo que se ponga a nuestro alcance.

Cada vez que se sitúen delante de una obra sólo pregúntense qué ven, oyen o leen. Ya con eso hay un ejercicio maravilloso, estoy totalmente convencida. Seguro que hay algo que les conmueve. Cualquier cosa. Y si no, busquen más. Inténtenlo. Hay cosas que no olvidarán nunca y otras que desecharán inmediatamente. Exactamente lo mismo que cualquier crítico de arte. Y piensen siempre que esas manifestaciones no pertenecen a las altas esferas intelectuales. Las obras surgen para el deleite de iguales. Y son hechas por hombres y mujeres. Aprópiense de todo lo realizado por cualquier artista, porque lo que surge de la mano humana en ese sentido puede darnos claves personales vitales e imprescindibles. Porque cuando la obra comienza a existir, cuando nace, lo hace para ser evaluada por cualquiera. Para ser consumida por cualquiera como usted o como yo. Por todo el mundo.

Tírense de cabeza al mundo alterado del arte. Llegará un momento en que se encuentren cómodos ante todo esto. Y les aliviará porque encontrarán explicaciones a todo lo que les rodea, o encontraran belleza, o, si tienen suerte, quizás se encuentren con alguna que otra pequeña catarsis como las de Stendhal.

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