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De puertas para adentro

“Lo personal es político” fue el lema de Simone de Beauvoir que invitó a las mujeres a asaltar la frontera entre lo privado y lo público, el mito instituyente de los límites de la libertad femenina, de las opciones vitales, de la palabra dada. El asalto de lo público para las mujeres ha sido más que una batalla por la representación política, una guerra por el poder. A fin de cuentas, no se trata de debate y consenso sino de una confrontación en la que se polarizan las posiciones.

Los escenarios del patriarcado son las batallas, donde la clave del poder hace lógica la lucha cuando no hay interés por transformar ni siquiera por el logro de la paridad. Si las cosas fueran de otro modo sería un diálogo, pero no hay cabida para nada de ello entre los intereses que se entrecruzan y de los que resulta como una única solución la concesión aparente de cuotas, como un modelo de reproducción del propio patriarcado. La paradoja es que la independencia de las mujeres las liga a los Estados y a los servicios públicos. Y todavía más, ahora que lo público comienza a vestirse de privado, se mantiene el estímulo para que las mujeres reproduzcan el cuidado y el trabajo doméstico más allá del hogar, en los empleos a los que tienen acceso y en los que hay otra oportunidad de explotación, para que nunca vivan la experiencia de lo público como propia.

Bajo el principio liberal de la libertad individual, se protegen los espacios privados y los personales. Así, cuanto más se fortalece lo individual, más se destroza el concepto de lo público. Cuando se abren las fronteras entre estos mundos vemos las formas perversas con las que el sistema viene ocultando cómo se asignan los roles. La dinámica se reproduce en el mundo laboral, de puertas para adentro, la desigualdad de salarios se mantiene como un modo de control de la autonomía de las mujeres, oculta bajo formalismos, lenguajes y modos aparentemente igualitarios. El desempleo golpea a las mujeres y las mantiene en la economía sumergida, en el trabajo solidario y altruista; a ellas, que atrapadas en un sueño de barro ni siquiera alcanzaron el techo de cristal.

Los poderes públicos abandonan a la ciudadanía para que cada cual se encargue de su propio cuidado, en medio de la pérdida de los derechos del estado del bienestar. Para salvar estas diferencias y construir un tejido social y colaborativo, el desarrollo de la ciudadanía hubiera sabido encauzarlo, pero cuando la democracia parece a expensas de la economía y nuestras pautas de consumo marcan más que nuestra participación política, no se trata de ciudadanía, sino de poder.

La televisión y la publicidad trabajan en la representación de las mujeres como el modo de control sobre cómo se las piensa, cómo se las percibe. La violencia simbólica mantiene el reparto desigual y el papel subordinado de las mujeres, la abnegación, la fuerza del trabajo del amor doméstico y el espíritu desinteresado. Las políticas lingüísticas ayudan a cambiar las cosas, pero son sólo una herramienta. Que en Estados Unidos se haya generalizado el eufemismo de afroamericano para designar la diferencia étnica, ello no significa que las condiciones de vida de esta población hayan cambiado sustancialmente. Por eso, si basamos la acción tan sólo en este aspecto, contribuimos a la construcción de un ámbito simbólico pero no a una transformación social.

La invisibilidad es el mayor símbolo del régimen de explotación. No hay crítica para la reproducción de la reproducción, para el esfuerzo sobrevenido del desentendimiento de los servicios públicos, para el trabajo invisible de cubrir de forma elástica las demandas, necesidades y dificultades crecientes. La violencia oculta, la silenciosa, es la que tiene lugar de puertas para adentro.

Mientras no se entienda que lo político no es el ejercicio del poder sino la búsqueda de las soluciones a los problemas humanos y colectivos, la fuerza neoliberal nos obligará a replantear de qué forma “lo personal es político”. Nadie peleará por la ocupación del mundo doméstico, por su valor simbólico ligado a lo tradicional, por un mundo de violencia naturalizada. La lucha debería seguir ahora con un cambio de rol en el que los hombres ocuparan los espacios privados, vivieran la vida con otros ojos, lucharan contra la desigualdad. La corresponsabilidad es la democracia de lo cotidiano, la forma de visibilizar los espacios privados. Porque la revolución es personal, de puertas para adentro.

Fotografía: María Alcantarilla

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