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J pastor
Fotografía: Jesús Massó

Una cierta conciencia alterada como consecuencia de una abusiva automedicación de esos psicotrópicos que anuncian como remedios sintomáticos contra la gripe, me ha hecho tener estos días una experiencia cognitiva fuera de lo común. Todavía me pregunto qué extraños procesos iatrogénicos (¡…!) han devenido en una mayor lucidez y en un mayor tino a la hora de poner el foco de la atención sobre ciertos aspectos de la realidad que, en circunstancias normales, me habrían pasado desapercibidos. Y aunque mi gripe ha seguido —y sigue— su curso normal hasta la extenuación, puedo presumir de haber atesorado, gracias a esa transitoria conciencia alterada, un manojo de conocimientos ciertos, algo extraordinario en esta era nuestra en la que no hacemos otra cosa que chapotear en los charcos de la incertidumbre más corrosiva, o eso dicen.

Una de las perlas de este inesperado conocimiento cierto al que he podido acceder estos días febriles podría enunciarse así: la más grave de nuestras insuficiencias cognitivas tiene su origen en nuestro acostumbrado desdén hacia la sabiduría que muestran al hablar quienes de nada saben. Y es que generalmente sólo merecen nuestra atención y apreciamos —ahora sé que equivocadamente— la palabra cultivada, experta, cualificada. Cuando un ministro habla —el señor De Guindos, pongamos por caso—, nadie que pretenda conocer los entresijos de nuestra endiablada economía deja de prestar una concienzuda atención y credibilidad a sus palabras, intentando dar sentido a lo que finalmente no resultan ser más que tópicas incoherencias, nebulosas generalidades, menudencias y bagatelas lingüísticas, pero que, por venir de la boca que vienen, algún sentido trascendente pensamos que deben tener.

Personalmente, desde ahora, y aún a riesgo de perder el tiempo intentando conocer asuntos e intríngulis que a nadie parece interesar, voy a prestar una esmerada atención a quienes, de entrada, confiesan no saber nada de nada. De hecho, este giro epistémico personal, esta decisión de escuchar atentamente a quienes de nada saben, me sobrevino y arraigó en mi conciencia —alterada, ya digo— al escuchar entre brumas medicinales las palabras de una persona desconocida para mí hasta ese momento, que decía ser extesorera del Partido Popular valenciano, aunque lo que más despertó mi interés fue una afirmación relacionada con su cargo, vertida por ella misma en el juicio de la Gürtel: “No sé nada de contabilidad”.

Fue en ese preciso momento, seguramente como consecuencia de mi proceso febril, cuando se abrió un mundo nuevo ante mi oxidado aparato cognitivo. Acostumbrados como estamos al análisis de un mundo que normalmente se nos manifiesta patas arriba, las palabras confesadamente ígnaras de una supuesta experta contable me hizo ver las cosas como seguramente son en realidad: el mundo —este mundo nuestro tan particular— gira y gira gracias a la fuerza impulsora de la ignorancia de quienes supuestamente deberían saber.

A partir de esta nueva perspectiva llega uno a comprender que toda la problemática del momento mundial es una cuestión de descuadre contable. Seguramente, cualquier anónimo, honrado y eficiente empleado contable andaría de cabeza buscando, asiento por asiento, apunte por apunte, partida por partida, las causas del evidente y sangrante descuadre planetario. Por el contrario, quienes no saben ni siquiera de las cuestiones básicas de su cargo, pero que ocupan un lugar en la maquinaria del poder, y que seguramente cobran más de lo que merecen por su trabajo inexistente (la extesorera del PP valenciano aclara que su puesto estaba “vacío de funciones”), ante la petición de responsabilidades políticas y jurídicas se limitan a alegar su ignorancia de todo, incluido de aquello para lo que supuestamente están donde están.

Ojalá reaccionemos a tiempo y hagamos un uso más exhaustivo de esta nueva perspectiva —la conciencia alterada— al analizar el porqué de los descuadres que amenazan con dar al traste con la contabilidad mundial: el descuadre de la igualdad de rentas y de oportunidades; el descuadre en el trato de refugiados e inmigrantes; el descuadre de la relación entre hombres y mujeres; el descuadre de nuestra interacción con el medio ambiente; el descuadre entre trabajo y salarios; el descuadre entre los “países de mierda” de Trump y ese modelo falsamente democrático que se autocalifica como “la mayor democracia del mundo”; el descuadre entre la gravedad de los problemas que afectan al mundo y la actitud irresponsable de los poderosos que lo dirigen…

Pero mi circunstancial conciencia alterada me dice que el problema mayor reside en  que aceptamos que dirijan nuestros destinos gente que confiesan no saber nada de nada. En España, sin ir más lejos, tenemos una legión de ignorantes confesos en cuyas manos hemos puesto nuestros destinos. Están siendo llamados por la justicia, pero como alegan que no saben nada…

¡Qué tiempos aquellos en los que esta gente se jactaba de su pretendida superior capacidad de gestión, de su ilusoria pericia en el manejo de las realidades económicas, de su supuesto conocimiento del interés general de las sociedades y de los pueblos…! Me da a mí que las élites del Poder mundial, en su última y reciente reunión en Davos, han convenido en elevar la ignorancia asumida y confesa de los dirigentes como criterio de eficiencia en el pastoreo de las sociedades, puesto que tanto beneficio y tanta legitimidad les ha reportado en los últimos tiempos esa especial ignorancia cultivada de la que hacen ostentación… El rey Felipe VI, sin embargo, que algo debe saber y por ello no confiesa su ignorancia, ha pedido en Davos al capital mundial que invierta en España, disipando temores y asegurándoles que es un destino atractivo y seguro para lograr pingües beneficios…

Suenan a sarcasmo estas palabras reales, cuando es tan evidente que todo ese elitista emprendimiento ha resultado desembocar en un anunciado descuadre descomunal. Pero ahora, para colmo del cinismo, los contables globales no tienen reparos en poner su firma como legítimos y bien remunerados ignorantes. Y ahí continúan…, cacareando declaraciones y discursos acartonados, como si supieran.

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