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Fotografía: Jesús Massó

¿No hay Día sin coches? ¿O Día sin tabaco? Pues desde aquí, y dado el desmadre capillí de los últimos tiempos, reivindico el Día sin procesiones.

Yo, vaya por delante, ya dejé atrás el soborno del cielo y no comulgo con credo alguno si no es el de la razón, y por tanto me resulta difícil de digerir que aún necesitemos a los curas. Mayormente para bodas, bautizos, comuniones etc., lo que sitúa a la Iglesia muy cerca, pues, del gremio de la hostelería.

Y ésta es la principal razón en la que se apoyan los defensores de esta “sobrediosis” capillí: las procesiones favorecen a la hostelería y al turismo.

Un argumento que justifica que “contrimás” procesiones más beneficios. Ahora bien, ¿justifica ello esta invasión del espacio público? Y ya puestos, si generan tan cuantiosos beneficios ¿por qué no son los hosteleros y el sector turístico los que sufragan este “contrimás”? Por ahora, todo ese esfuerzo recae en el dinero público: desde las pringosas subvenciones a la iluminación, la vigilancia y la limpieza extras que exigen las procesiones.

Por otra parte, quien está detrás de esta estampida de cristos y vírgenes es una institución con un inmenso patrimonio. Esa que predica la pobreza desde un trono de oro y que, fiel a su tradición, es muy tacaña a la hora de rascarse el bolsillo.

Hay quienes también justifican este “contrimás” desde una perspectiva menos prosaica. Son los más moderniquis, o al menos se lo creen. El desmadre capillí, dicen, sirve para divulgar un patrimonio artístico. Que si el barroco (sifredi), que si la imaginería religiosa merece eso y más… Este delirio de uso doméstico tiene como objetivo camuflar el motivo real: el barroco y el estilo remordimiento español les da igual, pero les sirve para   practicar una devoción muy cercana a la idolatría fetichista. Vestidos, ellos, como en el Cortefiel de Bulgaria y ellas de Damas Pintorescas de la Contrarreforma, adoran a “su” imagen con un esteticismo hueco y ciertas efusiones líricas que parecen patrocinadas por Carcomín.

Otra justificación de este apogeo capillí pasa por apelar a la tradición. Oh, la tradición. A la gente le debe gustar mucho el polvo, de lo contrario no existirían tantas tradiciones. Así dentro de unos días veremos, en pleno horario escolar, a bandadas de tiernas criaturas, pastoreadas por sus maestros, llevando flores a la Patrona de Cádiz, perdiendo un tiempo precioso que podrían emplear en aprender más Matemáticas o más Gramática, asuntos sin duda de más provecho.

Y es que la tradición básicamente consiste en hacer algo sólo porque se viene haciendo desde hace tiempo. Eso es la tradición: rechazar el progreso y los cambios para   quedarnos como estamos. Justamente el modelo de ciudad que persiguen algunos, una ciudad mansurrona y lanar, dentro de los límites de la sordidez pequeño-burguesa, en la que la aspiración suprema de un chaval sea salir detrás de un paso, aporreando un tambor y vestido de suboficial austrohúngaro de media gala.

Todo ello sin dejar de lado que quien, en realidad, está detrás de las procesiones es esa institución que odia a los gais, que le gusta prohibir, que está en contra de las leyes de igualdad. Es esa misma institución que posee un inmenso patrimonio y que apoya las opciones políticas más reaccionarias e integristas. Esa institución que aún hoy execra de la Ilustración y de la Ciencia y se cree con derecho a decidir lo que es verdadero y lo que es falso.

Así que, por favor, por todos los santos, pido que se establezca aquí el Día sin procesiones. Pero pronto, o no recuperaré jamás el juicio. Y no quiero ser un loco entre tanto cuerdo.

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