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Mujer fumando catedral

Fotografía: Jesús Massó

            – Tienes que arreglarlo o el edificio se a venir abajo, porque tiene graves daños estructurales.

            – Pues no, lo siento pero lo vas a arreglar tú.

            – ¡Pero si es de tu propiedad!

            – Ya, pero se trata del Oratorio de San Felipe Neri, que es histórico y muy importante. Así que me lo vas a arreglar. Tú verás…

            – Bueno, vale.

Así, gracias a la lluvia de millones de euros de dinero público procedentes de la Junta de Andalucía, se salvó el Oratorio de una inminente ruina. Hace cuatro años de aquello. Cuatro años del primer sapo que se tragaba la administración pública, que hizo frente a la costosa rehabilitación del edificio, emblema del Bicentenario de la Constitución de 1812 y del propio constitucionalismo español.

Poco tiempo después, el Obispado de Cádiz tomaba el control absoluto del uso y gestión del Oratorio y, a partir de ahí, sólo se celebraron misas y algún acto de temática religiosa. El Obispado borró cualquier alusión a su importante papel histórico durante la elaboración de la primera constitución española. La Junta de Andalucía protestó débilmente ante el Obispado:

 Vamos a ver, si la rehabilitación se pagó con dinero público, el uso del Oratorio debe reflejar el papel constitucionalista que tuvo.

            – Pues no, el Oratorio es de nuestra propiedad y aquí se hace lo que nosotros decimos.

            – Bueno, vale.

La Junta se tragaba otro sapo, que no era el último, pues a continuación el Obispado impuso que todo aquel que quisiera entrar en el Oratorio tenía que pagar tres euros, norma que sigue en vigor. Hubo gente que no lo vio bien, pues si la rehabilitación se había hecho con dinero público, el Obispado no debía cobrar la entrada.

            – Pues sí, cobro porque esto es de mi propiedad.

            – Pero bueno, ¡si esto se pagó con dinero de todos los contribuyentes!

            – Ah, pero entre esos contribuyentes también había católicos…

            – Bueno, vale.

No se trataba de tragarse sapos, sino que era una dieta de batracios en toda regla. Así que ya nada importaba, ni siquiera el control de las entradas o los fondos recaudados por ese concepto. Nada había cambiado en este país, la dieta de batracios era una realidad. Durante siglos todo había funcionado así: si había que arreglar el techo de la iglesia, lo pagaban los parroquianos, pero la iglesia seguía sin pertenecerles. Ahora la diferencia es que el arreglo de la iglesia lo pagan todos, fieles e infieles…

Todo sigue igual ¿Alguien es capaz de determinar las propiedades inmobiliarias del Obispado de Cádiz? Es difícil, un misterio que queda escondido bajo el chantaje emocional de la obra social. La caridad. Un argumento tan falsuno como que la Iglesia vive de la colecta dominical y no de sus empresas, acciones, recursos financieros y exenciones de impuestos.

Sí, todo sigue igual, el personal a base de una dieta de batracios, mientras la Iglesia predica la pobreza desde un trono de oro. Y dice la Constitución, ¡qué gracia!, que éste es un país aconfesional. Para troncharse.

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