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Martin ariza

Fotografía: Jesús Massó

Cara al sol del verano de 1960, Manuel Fraga dio una muestra de astucia política al difundir, desde el Ministerio de Información y Turismo que dirigía, su “Spain is Different”. La finalidad de la campaña era mejorar la imagen del franquismo en el exterior y atraer a nuestro suelo patrio ese fenómeno en auge que era el turismo internacional, con cuyas divisas se quería animar nuestra maltrecha economía. El eslogan invitaba a mirarnos como una singularidad, y no como la anomalía que verdaderamente éramos en el entorno europeo. Según Fraga, los españoles vivíamos en un estado excepcional, y no en uno de permanente excepción. Pero claro, hablamos del tipo que años más tarde, ya muerto Franco y reconvertido en democrático Ministro de la Gobernación, dejó para la historia la frase “¡La calle es mía!”.

En resumidas cuentas, España no era un país peor que el resto, por más que lo pareciera, sino diferente. Y escuchando esta monserga nos pasamos aquella década prodigiosa que fueron los sesenta. Para bien o para mal, el “Spain is Different” funcionó desde el primer momento (y hasta supuso el origen de esa extraña cosa que hoy llamamos “Marca España”), y hubimos de aceptarlo con resignación, que es como se aceptaban las cosas entonces. Porque a ver quién tiene güevos de echar por tierra su propia idiosincrasia, y más en ese estado de exaltación nacional en el que vivíamos.

Así, mientras Europa disfrutaba de un estado de bienestar que posiblemente no se volverá a repetir, aquí tuvimos apenas un «desarrollismo» económico, gracias al que las élites franquistas pudieron rentabilizar sus años de apoyo al dictador. Porque España bien podía estar atrasada en todos los sentidos, pero ver pregonada nuestra singularidad en los carteles a muchos les puso muy palotes. ¿Que éramos bajitos, desnutridos y medio analfabetos? Vale, pero también éramos la mar de salaos, coño. Y no íbamos a dejar de reír, por desdentada que fuera nuestra risa. Y porque también se ríe por no llorar, es de suponer. Si en el extranjero tenían a The Beatles, nosotros teníamos a Manolo Escobar y sus hermanos. Y todo así, en una suerte de tocomocho que ya encontrábamos normal a esas alturas. Era lo que había, así que acabamos por interiorizar la cutrez.

Y mientras los guiris venían a visitarnos en avión, aquí tener un tío en Graná era no tener tío ni tener na, de modo que quedarte sin conocer a un pariente lejano era lo normal entonces. Y mientras las extranjeras se paseaban por nuestro territorio enseñando muslamen bajo la minifalda, una española necesitaba la autorización de su marido hasta para abrir una cartilla de ahorros. Pero esto lo veíamos normal y se aceptaba. Nuestras tardes de verano se teñían de sangre, y en las fiestas se incendiaban toros, y se defenestraban cabras desde lo más alto del campanario, y todo para el solaz de una muchedumbre embrutecida. Era todo lo que había, y nos parecía normal. En las aulas de nuestros colegios, la regla de madera de cada maestro descansaba de su sádica actividad del curso. Eso las que no se habían roto sobre las espaldas de los alumnos más torpes. Y a todos nos parecía normal. Y lo peor es que la lista de terribles diferencias que encontrábamos normales sería interminable.

En aquel contexto histórico, más que diferentes fuimos anómalos, como Alfredo Landa en una playa abarrotada de suecas. Asumimos demasiadas peculiaridades que no podían ser sino inadmisibles, cuando no simplemente repugnantes. Por suerte, la cultura, el sentido común y una sensibilidad más evolucionada, nos ayudan hoy a ser mejores españoles cada día. De aquella época nos quedan quizás estas tragaderas que igual nos sirven para ignorar la corrupción del actual gobierno, que el sistemático saqueo de nuestras arcas públicas. Y todo a mano del partido político fundado por aquel padre de la patria que fue Don Manuel Fraga Iribarne. Curiosa coincidencia, el mismo señor del “Spain is Different”. Y de aquellos barros en los que chapoteábamos diferentes, estos lodos que nos arrastran y parecen los mismos.

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