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Fiesta

Ilustración: María Gómez

Yo también quiero dimitir. Dimitir de mis cargos en la ejecutiva de la fundación para el desarrollo de la obra de David Monthiel. Para ver si así soluciono su habitual falta de fondos. Quiero dimitir del consejo de administración de la sensatez para pensar, tranquilamente, qué problemas endémicos se solucionan con un puente o una terminal de contenedores sin terminar. O con una nueva playa. Aunque ¡qué bonito es el consenso! Es tan bello cuando se produce.

—¿Lo de la playa de la Alameda? Eso es una locura.

Me gustaría dimitir de mis funciones como lector cuando me informan de que se ha tramitado una multa al alcalde por ¿qué hizo exactamente? ¿Fue una trifulca? ¿Medió? ¿Acompañó? ¿Tuvo actitud chulesca? ¿Se interesó? ¿Dijo «por favor»? ¿Se pegó un desplante flamenco? ¿Invitó a bailar la polka al agente? Dimito del opinómetro, esa institución que pasa por ser «participación ciudadana», que empieza a temblar y a calentarse:

—No debería haberse metido. ¿Qué hace aprovechándose de su cargo?

—Defendió a un ultra violento. Se lo merece por entrometío.

—El que sale, no entra.

—No hizo nada, sólo intercedió por un chaval.

Renuncio a los debates sobre la libertad de expresión sobre los ¿disturbios?, ¿peleas?, ¿broncas? ¿enfrentamientos?, de la tan mentada presentación de un libro si en esos debates se olvida que la apología del fascismo no es delito.

—El rencor no lleva a ningún sitio.

Renuncio a hablar de rencores que siempre olvidan el que pueden haber desarrollado algunos de los familiares de los cuatrocientos mil desaparecidos cuando no se cumple la ley de memoria histórica en el callejero de las ciudades. Renuncio a la vieja teoría de miremos hacia delante.

—Miremos al futuro.

—Es que a mi abuela la raparon.

—Circule.

—Es que a mi padre lo fusilaron por salir en una chirigota que se reía de los frailes.

—¿Usted pretende ganar la guerra años después?

—Es que mi bisabuelo entró en París con la Nueve.

Renuncio a relacionar el suceso con las bases de PCSSP. Renuncio a justificar dicha teoría recordando el pasado «violentísimo de megáfono e insulto» de algunos concejales. Deserto de las voces que dicen que ha sido un fracaso El día sin coches, de hablar de «invasión de refugiados», de que me parezca normal que una institución pública contrate a trolls para desprestigiar la lucha por la Escuela Pública. Renuncio a responder a cuestionarios sobre qué nos parece que Jolie haya roto con Errejón o Pablo ya no quiera a Brad. O si se ganan las elecciones sin puretas. Renuncio a la complicidad de dar el Premio Cortes de Cádiz a los de la rebaná de en medio de las cangreburguers.

—Ya se lo dimos.

Renuncio a valorar con un coeficiente la novatez de los concejales según algunos empresarios, esos que dicen que impiden el desarrollo de la ciudad cuando cumplen con el PGOU. A saber a qué hora se pueden acostar y si pueden tener iphones. Paso de hacer un escote para pagarle el vuelo a Rodríguez de Castro. Renuncio a pensar que este año se terminarán las obras de la nueva terminal de contenedores, el puente nuevo y abrirá la estación de autobuses. Renuncio a pensar que aparecerá la cocaína perdida.

Ea. Dimito. Renuncio a ser insensato y sin escrúpulos. Soy realista y exijo lo imposible; porque debajo de los adoquines, estaba la arena de la playa de La Alameda.

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