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Jose garciaFotografía: Jesús Massó

Durante mi adolescencia -hace ya mucho, muchísimo tiempo- el Tenorio no era para mí más que un señor de hablar ampuloso, engañador de bobas doncellas, que se colaba en mi vida con los empalagosos huesos de santo, concursos de exornos en los puestos de la plaza de abasto y otros mercachifles propios de la fiesta de Tosantos. Entonces Halloween no había aún colonizado culturalmente la festividad de la Noche de Difuntos, y la versión de Zorrilla del más desventurado de nuestros mitos nacionales, Don Juan, se representaba inexcusablemente año tras años en las emisiones que el programa Estudio 1 de TVE nos ofrecía a modo de ‘gótica’ catarsis para recordarnos la poca distancia que en realidad existe entre la orilla de la vida y la de la muerte.

Tendrían que pasar algunos años más para percatarme de que este conquistador impertérrito de mujeres, pendenciero y fabulador, había tenido en algún momento de la Historia mucho que ver conmigo mismo. Pero esto fue cuando me acerqué a las teorías de ese sobrevalorado médico endocrino y escritor llamado Gregorio Marañón acerca de la vacilante virilidad de nuestro mito. Me interesó personalmente porque entonces ya había comprendido que la historia de los individuos comunes, como yo, también se leía en los mitos, en los sistemas de signos y símbolos que nos hacen inteligibles, y que Don Juan, y yo mismo, y muchos otros chicos que empezaban a salir entonces del armario, compartíamos la estigmatizante desdicha de haber sido definidos por Marañón bajo el signo de una ineluctable patología sexual.

No siempre fue así, desde luego. Don Juan es una figura poliédrica de la cual se han hecho distintas interpretaciones en cada momento de la Historia. Cuando fue creado por Tirso de Molina en el siglo XVII, El burlador de Sevilla venía a encarnar las tensiones entre las ideas calvinistas de la predestinación y el libre albedrío postulado por la doctrina contrarreformista, de la cual nuestros necios monarcas habían convertido a España en su baluarte. Desde entonces la estela del mito no hizo más que crecer y bifurcarse en distintas versiones. En 1713, Antonio de Zamora vuelve a recrearlo en su obra No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. La llama ya había prendido y trascendido nuestras fronteras geográficas y los moldes de la dramaturgia: Molière ya lo había hecho suyo en Don Juan ou le festin de pierre, Samuel Richardson se volvería inspirar en él para crear al libertino Lovelace de su novela Clarisa Harlowe, el libretista de Mozart lo llevaría a la ópera en su pieza Don Giovanni, Choderlos de Laclos lo reinventaría con su vizconde de Valmont de la novela epistolar Las amistades peligrosa. Luego llegaría el Romanticismo y volveríamos a encontrar su huella en Byron, Espronceda…Y después de la convulsión romántica y de Zorrilla continuaría su andadura en la obra de autores más contemporáneos como Azorín, Torrente Ballester y una lista interminable de escritores.

Pero a mí me interesa sobre todo el Tenorio y la estrambótica lectura ‘clínica’ que hicieron de él exegetas tan influidos por la medicina social y, en cierta medida, por el psicoanálisis emergente a principios del siglo XX, como es el referido caso de Marañón, que publicó dos ensayos de enorme difusión a lo largo de toda la centuria sobre nuestro desdichado mito: Notas para la biología de Don Juan, publicado por la Revista de Occidente en 1924 y, sobre todo, Don Juan. Ensayos sobre el origen de su leyenda, publicado por Espasa-Calpe en 1940. En este Marañón terminó de rematar tu tesis acerca del mito apoyado en los hallazgos de la investigación histórica de Alonso Cortés, quien aseguraba que el burlador de Tirso estaba inspirado en la figura real del Conde de Villamedina, el cual, según pudo descubrir tras escarbar en los archivos secretos de Simancas, lejos de ser el desaforado conquistador de mujeres retratado por la leyenda, era el jefe de una ‘banda de homosexuales’ integrada por gran número de personas conocidas de Madrid, desde altos señores hasta sus criados y bufones. Los más humildes fueron ejecutados y a los demás se les permitió huir a Italia y a Francia, aunque el castigo no alcanzó al conde, que acababa de ser asesinado, por lo que el rey dispuso que se guardase secreto de lo que había contra él para no difamar su memoria.

El apunte histórico sirvió a Marañón para apuntalar su interpretación de Don Juan de 1924, en la que se decía que entre la diversidad de mitos sexuales nocivos, culpables de las desarmonías de la naturaleza humana, el de más baja estofa era el de la falsa virilidad o de la virilidad cuantitativa, que culmina con el mito creado por Tirso y llevado a sus más altas consecuencias por Zorrilla. Concretamente, del Don Juan del dramaturgo romántico, Marañón reconocerá su ingenio, pero le negará el genio creador que caracteriza a las mentes viriles. También subraya que es mentiroso, cualidad que en el discurso ‘clínico’ sobre la ‘biología’ de los sexos, que tanto interesaba a Marañón, se atribuye a la condición femenina.

Para el médico y ensayista de la Generación del 14, Don Juan pertenece al mundo de los extraviados del camino recto, e hizo suyas las observaciones de Ramón Pérez de Ayala acerca de que un mito que disfrutaba de tanta prodigalidad en la tradición de la literatura occidental, con tanto pregonar su supuesta masculinidad, rara vez dejara en hijos de carne y hueso huellas tangibles de su poderío viril. Por eso le preocupaba que se presentara como modelo anatómico y mental para la humanidad futura.

Antes que Marañón, no solo Pérez Ayala, sino también otros autores como Maeztu, asociaron la crisis política y de valores que arrasó España tras el Desastre del 98 con la emergencia de un burlador menos varonil que su predecesor romántico, que albergaba cierta rabia hacia las mujeres. Papini llegó a interpretar que el paso de mujer en mujer que caracterizaba a Don Juan no era más que la angustiosa búsqueda del amor por parte de quien jamás llegará hallarlo en ninguna de ellas.

Y, ahora, un inciso: ¿cuántas ideas preconcebidas habremos captado hasta ahora desde la mentalidad de hoy en día en torno a la condición femenina, la promiscuidad y la misoginia homosexual, o acerca del vínculo entre la homosexualidad y la decadencia de las naciones, entre todo este puñado de pensadores de nuestro laureado movimiento regeneracionista del principios del siglo XX?

Con todo, no quisiera clausurar este repaso a las teorías donjuanescas de Marañón sin desentrañar sus vínculos con el psicoanálisis freudiano entonces emergente. El médico endocrino subraya la inmadurez sexual de Don Juan como una constante de su ‘historial clínico’ y Freud, a pesar de que no considera la homosexualidad un vicio ni una enfermedad, la postula como una variante de la función sexual, pero provocada por una detención del desarrollo sexual, que por lógica habría de culminar en esa sustantiva heterosexualidad premiada por la especie a partir de un polimorfismo sexual primigenio. Para el ‘padre’ del psicoanálisis, la definición sexual era un proceso complejo en el que, además de los caracteres anatómicos, participaba la identificación sexual predominante y la elección de objeto.

En fin, que las bases para la fundamentación psicopatológica de un Don Juan en realidad homosexual, ya estaban sentadas. En 1924, el autor francés Lenormand estrenó en París su obra El hombre y sus fantasmas, acogida por el público con un frío silencio. Un personaje, Luc de Bronte, le dice al protagonista:

En Don Juan el cuerpo es macho y hembra su alma… Su cuerpo pide la mujer y su alma el hombre. Busca en la mujer el fantasma del hombre. Por eso, cada una de sus victorias, es una derrota íntima. Por eso huye de las mujeres, en su rabia de encontrarlas ricas de un tesoro que él nunca ha de poseer. Las odia con un odio de mendigo y les inflige sufrimientos que le consuelan de los suyos. Se venga en ellas de su impotencia para la felicidad. Cuando les miente, es a sí mismo a quien intenta engañar.

Es decir, que la ‘historia clínica’ de Don Juan constituye, en definitiva, todo un entramado de mistificaciones y esencialismos en torno a la masculinidad heterosexual que, desde luego, ha sido desbordado por la realidad de la experiencia contemporánea del género y la sexualidad.

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