Tiempo de lectura 💬 3 minutos
Perondi
Imagen: Pedripol

Como en la novela de Margaret Atwood, España va camino de convertirse en una especie de Gilead, y no me estoy refiriendo sólo a esta horrible distopía presente en la que vivimos y donde las mujeres somos violadas -ahora encima en grupo- vejadas, cuestionadas, asesinadas  y discriminadas desde un sistema heteropatriarcal hecho para que, por mucha modernidad en la que vivamos, nuestro presente y nuestro futuro sea estar por debajo y ser sujetos inferiores en derechos. Por desgracia, ese presente da para muchos más artículos de opinión pero, en esta ocasión, he querido detenerme en otro aspecto, que debemos abordar cuanto antes como sociedad.

¿Dónde están las niñas y los niños? España ha registrado este pasado año 2017, la tasa de natalidad más baja desde hace 40 años, 8,4 nacimientos por cada mil habitantes, pero los sucesivos gobiernos de este país, siguen sin poner esta cuestión en el centro del debate a pesar de que nuestra pirámide de población se vaya a caer por falta de una base sólida. Recuerdo en el colegio, cómo teníamos que estudiar el envejecimiento de la población y, lejos de mejorar, la cuestión se ha complicado aún más. Y cómo no hacerlo: la crisis económica ha frustrado los proyectos vitales de miles de ciudadanos y ciudadanas para las que la maternidad se ha convertido en un lujo fuera de su alcance. ¿Qué mujer se atrevía a quedarse embarazada si estaba en paro? ¿Cuál lo hacía si acababa de encontrar un trabajo? ¿Cómo intentarlo si la mala racha en tu empresa no terminaba de pasar y ya nunca ibais a recuperar el número de empleados que una vez tuvo? ¿Cómo ascender a  puestos de dirección con responsabilidades familiares?

Y en todas estas preguntas, hablo en femenino singular, porque aunque debería ser una decisión compartida, es a la mujer a la que se imputa este deber y a la que se plantean todos estos dilemas. Por eso, estoy segura de que esta cuestión fundamental no está en el centro del debate político porque afecta, en primer lugar, a las mujeres,  y en último, también. Porque en lugar de establecer políticas reales de conciliación, los cuidados siguen siendo de las mujeres, y la maternidad castigada desde el mundo del trabajo, con horarios que hacen imposible la crianza de los hijos si no es en manos de terceros; porque en lugar de premiarla, tenemos una clase empresarial tan miope que descarta a mujeres porque “dan más problemas” y “hay que buscarle sustituto o sustituta” durante su baja de maternidad. Y sigo hablando en femenino singular porque me consta que, aunque haya cientos de parejas en las que la maternidad-paternidad se afronta de manera conjunta, el sistema sigue haciendo recaer en las mujeres toda la obligación. Y cuando la mayoría encuentra un mínimo de estabilidad y se decide a dar el paso, llegan los problemas de fertilidad y se abre un mundo de tratamientos que ponen a prueba el cuerpo y la salud mental de las mujeres. Pero eso da también para otro artículo.

Por eso es tan importante que el Congreso haya votado por unanimidad la propuesta de Unidos Podemos sobre los permisos de maternidad y paternidad iguales e intransferibles. Yo diría que más importante, porque afronta esta cuestión desde la corresponsabilidad y porque garantiza el derecho de los hijos a poder pasar sus primeros meses de vida con sus progenitores. Esta medida, a la que espera una larga tramitación parlamentaria en todo caso, supondría no sólo dejar de convertir la maternidad en un obstáculo para las mujeres, en la consolidación de un derecho para los padres, en un beneficio para los hijos y las hijas, sino un paso adelante como sociedad que espero que tenga consecuencias en nuestro mercado laboral y en nuestra mentalidad para conseguir una educación en la igualdad, que se inicie con una crianza de igual a igual. Un paso que debe contemplar, puesto que si no, no sería un avance real, a familias no tradicionales, a familias no heterosexuales y, por supuesto, a familias monoparentales.

Nosotras no queremos ser heroínas, supermujeres, ni ser tachadas de malas madres, no queremos postergar la maternidad por miedo al rechazo laboral…este país, además no se lo puede permitir. Queremos que nuestros hijos mamen la igualdad desde que nacen, que los hombres –en especial- tengan el derecho pero también, el deber de criar y conciliar porque creo que cuando se pongan en ese lugar, entenderán la discriminación que sufrimos las mujeres. Cuando esto se ponga en el centro del debate, no sólo podremos revertir un problema demográfico sino sobre todo de derechos.

 

Valora este contenido

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *