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Fotografía: José Montero

Tras el shock de las elecciones andaluzas, lo primero que me sorprendió fue que, nada más conocerse los resultados, un minuto después, las redes ya estuvieran repletas de explicaciones que parecían tenerlo todo muy claro. Es fantástico vivir en un país de expertas y expertos… “a toro pasao”. La segunda sorpresa fue la ausencia casi total de autocrítica: las culpas de las derrotas siempre son ajenas, de las demás, de los otros.

En todo caso, contuve mi impulso de sumarme al ruido general y decidí tomarme un tiempo para escuchar, leer, pensar… antes de decir nada.

Ya han pasado unos días, y todos los análisis que he leído y escuchado sobre las causas de la emergencia del neofascismo en nuestra tierra me parecen muy interesantes, y todos tienen -en mi opinión- su parte de razón: el desconcierto y la confusión global; el miedo a un futuro incierto; el desencanto por las expectativas no cumplidas; la baja formación política de la mayoría social; la manipulación de las redes sociales y los medios masivos de comunicación; la pérdida de cualquier vestigio de ética en una derecha instalada en la mentira; la exacerbación de los bajos instintos nacionalistas;  el agotamiento del régimen clientelar del PSOE en Andalucía; la división y el cainismo histórico de las izquierdas; la fragmentación de las diversidades, carentes de un eje común transversal; la polarización de las energías en la conquista y gestión de las instituciones y el consiguiente alejamiento de la calle; la ausencia de un proyecto alternativo e ilusionante ante la descomposición del estado de bienestar que alienta el neoliberalismo…

Todas esas -y otras muchas- causas merecen reflexión. Todas están conectadas y se refuerzan entre sí. No caben interpretaciones simplistas. La mirada ha de ser necesariamente compleja, como los tiempos que vivimos.

Pero, más allá de la necesidad de entender las causas (condición necesaria para no repetir errores), me parece que el objetivo de la reflexión no debe ser buscar responsables en quienes cargar la culpa, sino aprender la lección y vislumbrar qué hemos de hacer quienes decimos querer cambiar este mundo desigual e injusto.

Descarto, pese a que todavía anden sueltos muchos revolucionarios de gatillo verbal fácil, cualquier cambio violento, no solo por razones éticas, sino porque quienes poseen las armas son los poderosos y el uso de la violencia me parece desesperado y suicida. En fin, modo talibán.  

Pero, si la meta fuera ganar elecciones y ocupar las instituciones, para, desde allí, cambiar el mundo, también lo veo crudo, porque ese juego lo dominan de largo las derechas y tienen mucho dinero y todos los medios de masas a su favor, además de que el electoralismo envenena fácilmente con sus trampas a quien lo practica, y porque, por último, las instituciones están pensadas para sostener el sistema y que nada (fundamental) cambie.

El objetivo cortoplacista de conseguir votos a cualquier precio, nos obligaría asimismo a ocultar un dato esencial: en los próximos 15 o 20 años vamos a ver crecer, aún más, la explosión del desorden, la crisis socioambiental, el agotamiento de los recursos limitados, el colapso de un sistema insostenible, el final de una era… Nada va a ir a mejor. Y con ese mensaje que nadie quiere oír y que los más poderosos -con todos sus medios- se empeñan en negar sistemáticamente, es difícil conseguir muchos votos.

Pero, si como apunta Yayo Herrero, la pregunta fundamental fuera: “¿Qué podemos hacer para garantizar condiciones de vida digna para las mayorías sociales —alimento, vivienda, tiempo para los proyectos propios, educación, salud, poder colectivo, corresponsabilidad en los cuidados…— en un planeta parcialmente agotado y con un calentamiento global irreversible? “. Si esa fuera la cuestión principal, entonces parecen más claros ciertos “quehaceres”.

Uno de los primeros, también lo apunta Yayo, es construir -con cierta urgencia, porque el tiempo se acaba- el entendimiento y el acuerdo entre quienes queremos otro mundo posible.

Y eso significa encuentro y escucha, acabar con el ruido y emprender el diálogo, conocernos, reconocernos y ejercitar la empatía, renunciar a la unanimidad y la uniformidad -que son incompatibles con la diversidad y con la vida- para apostar por los amplios consensos, por los acuerdos de mínimos.

Este quehacer se me antoja uno de las más difíciles porque persisten enquistados en nuestras mentalidades -si no en el ADN- muchos de los viejos vicios: los egos desmedidos, los prejuicios, los sectarismos y dogmatismos, el afán de poder, la ambición hegemónica, los protagonismos… Pero hay que intentarlo sin descanso y lograrlo a toda costa.

Otro quehacer urgente será poner en pie las alternativas al sistema que se agota, empezar a construir el futuro sin esperar a conquistar las instituciones. Levantar y hacer posibles miles de proyectos y espacios “liberados” del capitalismo, donde YA se produzca y se consuma de otra forma, y se viva YA en armonía entre las personas y con el planeta, poniendo la vida en el centro.

Esa tarea, sin ser tampoco fácil, tiene la ventaja de que está iniciada. Son miles, cientos de miles, los colectivos que, en todo el mundo, están en ello. Desde hace más de dos décadas crecen las iniciativas y proyectos alternativos. Y podemos aprender de sus aciertos y errores. De nuevo, el encuentro, el aprendizaje mutuo y el trabajo en red se evidencian como quehaceres prioritarios.

También, esa tarea de multiplicación y visibilización de las alternativas altermundistas en marcha, puede ayudarnos a superar la imagen derrotista y catastrofista, de aguafiestas, que quieren endilgarnos los poderes fácticos de este mundo. Frente a la fiesta del derroche y el consumismo sin límites, que niega la felicidad a millones y millones de personas, un futuro de valores alternativos en los que predomine la calidad (de las relaciones, de lo que comemos, lo que respiramos, lo que convivimos, lo que compartimos…) puede llegar a ser una expectativa positiva e ilusionante para muchísima gente.

Así pues, prioridad para construir lo nuevo y no tanto para conseguir votos. Eso no significa que deban abandonarse las instituciones, ni la lucha por ganar los espacios de poder que podamos dentro de este sistema en descomposición. Las instituciones pueden facilitar o dificultar esa puesta en pie de las alternativas (de ahí la importancia de no abandonarlas), pero no se pueden hacer depender de ellas, de sus tiempos, sus inercias y sus burocracias. La iniciativa debe ser de la gente, de los colectivos y asociaciones ciudadanas, de los movimientos sociales. No hay otro modo.

Y, para que todo ello sea posible, vuelve a surgir, como un quehacer fundamental, el encuentro y el acuerdo. Nunca hubo otro camino -la historia de las mejores conquistas y logros de la humanidad es la historia de la organización de los débiles- pero ahora solo cabe recorrerlo desde premisas nuevas.

Es preciso construir nuevas formas de relación y organización, nuevos vínculos dentro de cada comunidad -grande o pequeña- y entre comunidades, nuevas conexiones y redes. Ya no más, como decía antes, la uniformidad y la unanimidad. Las organizaciones pétreas, monolíticas, son cosa del pasado. En su rigidez anida su muerte, su anquilosamiento inevitable, en un tiempo de cambios permanentes. Solo cabe construir formas de organización flexibles, abiertas, líquidas, como predijo Bauman.

Hemos de aprender a gestionar la diversidad desde la diversidad. La inteligencia colectiva, imprescindible para construir el futuro, solo puede ser diversa, plural. Y eso significa -y ahí aparece un nuevo quehacer- que hemos de aprender a participar, a trabajar en equipo, a cooperar… desde el respeto al otro, desde la democracia participativa y radical. Que nadie lo de por supuesto o por sabido, todos y todas hemos de desaprender a competir, primero, para aprender a cooperar, después.

Del mismo modo que hemos de anticipar ya, cuanto antes, las nuevas formas de vida, de producción y consumo, hemos de hacerlo anticipando ya las nuevas formas de cooperación y organización necesarias para lograrlo. No cabe construir el futuro con las viejas herramientas organizativas. Aprender de ellas, si, pero para cambiarlas en todo lo que sea preciso, abandonando sin nostalgias todas las formas y lenguajes del pasado que ya no sirvan para sembrar un futuro mejor.

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Copy of araceli y laura (etp) (1)

Los resultados de los comicios electorales autonómicos del pasado 2 de diciembre suponen un duro golpe para todo proyecto, deseo y anhelo de construir una sociedad más justa, igualitaria, feminista, inclusiva, solidaria. El hecho de que miles de andaluces y andaluzas hayan optado por dar su voto a un partido con un discurso claramente intolerante, xenófobo y machista siguiendo, por desgracia, la tendencia internacional de ascenso de la extrema derecha no nos debería haber cogido por sorpresa.

Y es que ya tenían quienes le hicieran la campaña cuando el Sr. Casado del Partido Popular o el Sr. Rivera de Ciudadanos hablaban sin la más mínima vergüenza de “inmigrantes que vienen a disfrutar de ayudas sociales sin respetar nuestras costumbres”, o cuando el PP se liberaba de complejos al asegurar que el feminismo es ese colectivo social que hay que combatir o cuando Ciudadanos hablaba de “violencia doméstica” y defendía que había que “acabar con la asimetría penal por cuestión de sexo” de la Ley contra la Violencia de Género; porque la violencia según ellos no entiende de sexos y será por pura casualidad que a nosotras nos asesinen y violen.

Por eso, cuando los sádicos dirigentes de VOX piden la retirada de La Ley Contra la Violencia de Género, en lugar de su profundización y mayor dotación económica, no dicen nada nuevo. Estos discursos y estos señores llevan años instalados en nuestras instituciones bajo las siglas de un partido que es la capa que todo lo tapa, incluida la corrupción estructural de sus dirigentes y de su muleta naranja. Son los mismos.

Se asomaban de manera cada vez más frecuente, como cuando en sus declaraciones en medios afirmaron sin tapujos que los gaditanos y gaditanas a lo que aspiraban es a una “paguita”, dejando claro que aquí el que no trabaja es porque es un vago. O como cuando en un alarde de clasismo, Teófila Martínez se quejaba de que había usuarios de asuntos sociales que pedían para comer y que a la vez tenían cuenta en Twitter, porque evidentemente hay “privilegios” que no pueden tener los pobres. O como cuando Pérez Dorao preguntaba por qué se llevaban a colectivos sociales desfavorecidos como personas sin hogar o usuarios de Servicios Sociales al palco del Falla durante el COAC si éste estaba para que fuesen empresarios e inversores, ¡hombre por dios! Podían parecer que eran otros pero, os lo garantizamos, siguen siendo los pijos y elitistas de siempre. Representan lo mismo y defienden a los privilegiados de siempre. Son los mismos.

Unos y otros estuvieron diligentes para despedir a los cuerpos policiales del estado, como los que van a la guerra, bajo el grito unánime del ¡A POR ELLOS!, sembrando la crispación y el odio entre la ciudadanía y blandiendo una bandera que ocultase sus nombres y apellidos de los infames papeles de Bárcenas,  de los de Panamá o de los de la Gürtel. Son los mismos.

Los mismos de la señora Teófila que dejaron una huella imborrable en la ciudad en forma de 275 millones de euros de deudad que puso en quiebra las arcas del Ayuntamiento. Los mismos que, con una gestión nefasta de los recursos, anteponían el autombombo, el enriquecimiento de unos pocos y la megalomanía propia a las necesidades de la ciudadanía. Los mismos señores del PP y de Ciudadanos a los que no vimos en ningún desahucio, ni en el 8M apoyando los derechos de las mujeres; porque allí no hacía falta, ¿para qué?. Aquel día muchas mujeres comprobamos que hay partidos que anteponen los intereses de los poderes financieros y los privilegios del patriarcado frente a la defensa por la igualdad entre hombres y mujeres. Sin olvidar que las racializadas, lgtbi y mujeres trabajadoras se llevan la peor parte. Pero vete tú a saber, tal vez ese día les pillaría con mucho lío o tal vez es que son los mismos.

Cuando Juan José Ortiz se presenta como el nuevo candidato a la Alcaldía pretendiendo que creamos en un proyecto ilusionante de ciudad unida y no sabemos qué más, ya no cuela tan fácilmente como antes. Su proyecto es el de aquellos a los que les encanta generar polémicas estériles ya sea con el alumbrado de Navidad y con otras cincuenta cosas más, el de aquellos que bloquean sin la más mínima humanidad que los ciudadanos y ciudadanas puedan optar a beneficiarse de un bono social eléctrico con el que poder permitirse pagar sus facturas de forma digna. El de aquellos que prefieren que las personas tengamos que esperar a que los políticos como ellos nos extiendan un cheque en forma de limosna para hacer alarde de su comprensión magnánima. Así pasó durante años y así se ganaban el favor de la gente. Por eso no nos extraña que el señor Ortiz diga que estaría encantado de recibir el apoyo de VOX en las próximas elecciones municipales, porque son los mismos.

Los mismos que promueven bandos y divisiones ciudadanas haciendo políticas neoliberales salvajes para incrementar la brecha entre aquellos que se enriquecen gracias al trabajo precario y mal pagado y las gentes trabajadoras cuyo empleo ya no les salva de la pobreza. Los mismos que han creado una clase nueva, la del trabajador/a pobre cuyo sueldo no llega a fin de mes pero que ellos mismos quieren que callen sus necesidades defendiendo una bandera.

Sobre nuestras cabezas se expande una sombra que engendra miedo, incomprensión e intolerancia. Una sombra que señala a los débiles para despejar el camino de los culpables, que amenaza al diferente y que intenta desposeernos de los derechos conquistados en años de lucha. No es nueva, ni ha aparecido de la nada, ya estaban aquí pero no sé atrevían a decir abiertamente lo que en realidad pensaban. Son los de siempre. Los que han estando gobernado está ciudad durante veinte años, mostrando solo una de sus caras sin poder evitar que asomase la otra, la verdadera. Sí, así es. Son viejos conocidos. Llevan viviendo de la política y cobrando de nuestros impuestos toda su vida;  nada mal por cierto. ¿No son acaso VOX y Ciudadanos hijos del Partido Popular? No nos van engañar… son los mismos.

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Loeonor
Fotografía: Jesús Machuca

En los últimos meses se está desarrollando un debate a veces agresivo e intolerante acerca de catalogar o no la actividad de la prostitución como trabajo sexual. En el debate se aúnan voces mal informadas o demasiado dogmáticas acerca de este fenómeno con un sesgo claro que hace de las prostitutas un sector de la población femenina vilipendiado y victimizado sistemáticamente. Como contra, ha habido muchas voces de mujeres que ejercen la prostitución y que disienten radicalmente, rechazando de pleno esa idea victimista que para ellas es una forma de reforzar las bases maniqueas del sistema patriarcal por el que se las toma como objeto del discurso, nunca como sujetos con voz propia.

Parte del problema radica en la facilidad con las que se expresan opiniones desinformadas y sin una base real de pensamiento lógico y racional que se detenga en qué se dice, para qué se dice y por qué se dice tal o cual cosa. Desentrañar las ideas detrás de la palabra es una buena manera de empezar a encontrar vías de entendimiento para evitar la desinformación y el dogmatismo que se registran cada vez más asiduamente en nuestro mundo mediático; y para los medios y las redes sociales todo empezó con la propuesta de legalización de un sindicato de prostitutas, denominado OTRAS (Organización de Trabajadoras Sexuales). La salida del armario de este sector marginado por el discurso feminista tradicional ha provocado un  conflicto entre  la postura abolicionista y las/los que se posicionaban a favor del sindicato a nivel nacional, y, por tanto, a favor de la prostitución regulada. El abolicionismo propugna de forma contundente que la prostitución, cualquier forma de prostitución, es un ataque a la integridad de las mujeres y, consecuentemente, una violación de sus cuerpos por dinero. El posicionamiento de los/as que promueven el ideario del sindicato OTRAS proclama la necesidad de regulación del trabajo sexual de las mujeres (también hombres y trans) que se dedican voluntariamente a la transacción económica por sexo.

Atendiendo a la propia denominación del sindicato de prostitutas, en la elección de la palabra que las representa como grupo ya se percibe una postura política e ideológica por la que las componentes se nombran en un sentido de alternancia con respecto a las ‘unas’, que serían las mujeres identificadas como “modelos de mujer” por no pertenecer a los grupos marginales que habitan las prostitutas. El término también apunta a un sentido evidente de empoderamiento en la alternancia, de visibilización de lo que queda en el lado oscuro de las feminidades. Y, como grupo sindicalista, lo que solicitan no es solo un reconocimiento ciudadano como personas con derechos laborales, sino también la concienciación social de su existencia y su reafirmación política.

La prostitución, en sí, no es un concepto monolítico, y no debe ser identificado como producto del poder agresivo masculino sobre la mujer que es víctima del mismo, dado que el intercambio de sexo, en todas sus infinitas dimensiones, por dinero podría ser la fuente de también infinitas transacciones que nunca caen en consideraciones parecidas. Al fin y al cabo, como ya dijeron algunas feministas del siglo pasado, la propia institución matrimonial podría ser considerada como tal, mucho más cuando el miembro femenino de la pareja no tiene ingreso económico alguno y debe, por ende, firmar un contrato en el que su cuerpo llega a pertenecer exclusivamente al hombre que firma con ella. El cuerpo, pensado de esta manera,  se convierte dentro  del matrimonio legal en un objeto de transacción de cuyos encuentros se engendran nuevos cuerpos que a su vez pasan a ser propiedad de los que lo engendran.

Visto así, el sentido de la prostitución gana en aristas variadas para la interpretación, a las que hay que añadir otra vía de entendimiento que muchas veces se olvida en los grandes eslóganes mediáticos, y que tiene que ver con la voluntariedad o la coacción en el momento de acceder a la actividad. En este sentido, la posición abolicionista se queda solo con una parte de la baraja, obviando precisamente a grupos de mujeres que eligen ser putas por voluntad propia y con una conciencia clara sobre el trabajo que desempeñan. Desde esta postura a la prostitución derivada de la trata de personas hay un abismo insondable, muy alejado del conflicto entre abolicionistas y pro-regularización, dado que el fenómeno de la trata cae de lleno en la violación de derechos humanos y lleva consigo una serie de elementos de criminalidad y delincuencia ausente en la actividad de la que hablamos. En un mundo mercantilista como el que vivimos es conveniente pensar en la trata como una forma de negocio que va mucho más allá de la prostitución, ya que conforma todo un entramado de intercambio de cuerpos (o partes de cuerpos) por dinero: las mafias que venden el pasaje a los inmigrantes, o las que venden órganos humanos para trasplantes, serían ejemplos evidentes de un comercio de pingües beneficios en el que los seres humanos se convierten en objetos cosificados en la venta, abandonados a la suerte del mercado y perdiendo así su condición de persona.

De esta manera, la prostitución bajo el signo de la trata de mujeres no debe ser considerada como modelo del fenómeno, y no puede representar su imagen: en esta actividad las intersecciones con otras consideraciones que no tienen nada que ver con el trabajo sexual imposibilitan la mirada con un solo sentido. Las mujeres que se encuentran bajo la actividad mafiosa de la trata, no están solo estigmatizadas por ser prostitutas, sino que son pasto de la xenofobia (son la mayor parte de las veces extranjeras), del chantaje (viven amenazadas por sus ‘dueños’ con la muerte propia o la de sus familias), o del miedo existencial proveniente de los dogmas religiosos (tienen creencias tan fuertes que les hacen pensar en la condena del dios que les toque si dejan de realizar sus obligaciones). Este tipo de prostitución atenta claramente contra los derechos humanos básicos y es, por tanto, objeto de actuaciones policiales que deben fundamentalmente evitar la criminalización de estas mujeres en manos de las mafias, para que las instituciones del Estado las acoja sin provocar en ellas otro tipo de violencia machista, la de los jueces, los psicólogos, los juristas, los cuerpos de seguridad, los legisladores, y demás grupos de poder, que pueden continuar en sus redes de poder con la marginación de estas mujeres.

En el otro extremo, los postulados fundamentales que se derivan de las manifestaciones de los colectivos de prostitutas por su visibilización y regularización están encuadrados en términos que son mucho más idóneos para el debate en el que estamos todos y todas situados. El ideario de estos colectivos ha alzado la voz indignada contra la hipocresía y la falta de empatía del abolicionismo con respecto a las prostitutas, y retoman la memoria histórica de los feminismos del siglo pasado, apuntando a actuaciones que consolidaron el discurso a favor de nombrar a las prostitutas como trabajadoras sexuales como un gesto para dignificar la profesión. En los años del movimiento de liberación de la mujer, la prostitución se convirtió en uno de los centros neurálgicos del discurso liberacionista y de este debate surgieron, como hoy en día, posturas completamente divorciadas que fueron absorbidas por grupos políticos de derecha y de izquierda para sus propias campañas. El movimiento antipornográfico estadounidense (liderado por Angela Dworkin y Catherine McKinnon desde 1980), que proclamaba la prohibición de toda representación del acto sexual por entenderla como violación machista, es un modelo arquetípico de esta politización del feminismo: en EEUU las feministas antipornográficas fueron clave para la conformación de un discurso político ultraderechista que consiguió ilegalizar ‘cualquier representación del acto sexual en medios de comunicación’, lo que originó una contundente actuación policial contra toda la industria pornográfica, llevando a cientos de mujeres a la cárcel, con el aplauso de los seguidores del gobierno republicano, entonces liderado por Ronald Reagan.

Este momento histórico se parece demasiado a lo que estamos viviendo hoy con respecto a las dos posturas enfrentadas y en conflicto encendido. Y, finalmente, en el fragor de la batalla las opiniones cada vez menos elaboradas y más propagandísticas dejan de ser los términos propios de un debate serio y dialogante. Desde mi punto de vista, lo que nunca pueden perseguir los movimientos feministas es sesgar y segregar a grupos de mujeres utilizando un discurso miope que no visibilice con propiedad los derechos fundamentales de las mismas, incluyendo, porque no puede ser de otra manera,  a las que realicen una actividad incomprendida que perturba el propio discurso que se atreve a hablar de ellas. Y en este punto me adhiero y comparto el punto de partida de los colectivos de prostitutas que han empezado a formar su propia campaña política, al entender que son ellas las que deben salir a la arena política y no esperar que las demás hablen por ellas.

Aunque el salto a los medios lo dio el sindicato OTRAS, existe en España (y en muchos otros países, también) un número relevante de colectivos y asociaciones que comparten sus fundamentos, que cuentan también con redes de difusión en todos los ámbitos (a nivel local, regional, nacional). Ellas llevan tiempo diseñando su ideario y conformando sus bases, apropiándose de la concienciación política para su propio empoderamiento. Entre ellas, es destacable la labor realizada por el Colectivo Hetaria que desde 1995 trabaja por los derechos de las personas que ejercen la prostitución de manera voluntaria, tal como proclama su página web. Este colectivo que comparte su postura con el resto de asociaciones, plataformas, organizaciones, y colectivos, lleva años exigiendo los derechos de las prostitutas como único resultado posible de un feminismo que solo entiende la solidaridad entre mujeres, para que las voces femeninas (todas) se reconozcan evitando cualquier matiz moral o sentimiento de superioridad burguesa, que pudieran reforzar la imagen de las putas como ‘mujeres malas’.

De hecho el peligro de segregación y criminalización de este sector de mujeres está presente en el día a día, y los dispositivos institucionales que pretenden representar la ayuda y el apoyo a las prostitutas terminan siendo parte del sistema patriarcal que las discrimina y las victimiza. Es el caso de las reacciones gubernamentales al reto de la sindicalización de este sector de la población, y es que, tal como comentan las activistas Mamen Briz / Cristina Garaizabal: “El problema del Gobierno es que la mera existencia de las prostitutas autoorganizadas (y de activistas feministas y activistas pro derechos humanos que las apoyan) pone en jaque todas sus ideas retrógradas en materia de prostitución. Su discurso hace aguas frente a la presencia de mujeres empoderadas que desde hace años pelean por sus derechos y con quienes jamás ha contado para mantener un mínimo diálogo y conocer de primera mano cuáles son sus necesidades. El feminismo hegemónico, representado por las feministas que llegaron al poder, pretende tener la ‘verdad absoluta’, pero la realidad es la que es. Muchas personas, mujeres (cis y trans) y hombres se prostituyen por decisión propia en nuestro país y ninguna ley va a terminar nunca con ello. ¿No sería más sensato, más acorde con una sociedad del siglo XXI, que lo hagan bajo un paraguas de derechos?” (“Hablemos de derechos, no de goles”, septiembre, 2018)

Al fin y al cabo de lo que estamos hablando es del derecho de gestionar nuestros propios cuerpos con autonomía e independencia, lo que nos lleva a repensar el debate y centrarlo en la sacralización del sexo de la que participa el discurso abolicionista. Está claro, por otra parte, que el cuerpo de las mujeres ha sido objeto de intervenciones políticas y religiosas que han querido mantener sobre ellos un sistema normativo de prohibiciones y regulaciones constantes, de ahí el aborto elevado a fundamento de la ley. Es el sexo una práctica que ha compuesto de una manera u otra las reglamentaciones básicas de los Estados, y desde las propias instituciones se han marcado las pautas para normalizar esta práctica. El cuerpo de las mujeres, por tanto, no es precisamente de las mujeres, porque no parece que sea la propiedad privada de las que lo poseen sino de las normativas que definen y naturalizan su gestión. Este es el meollo de la cuestión: si cada una nacemos con un cuerpo que, desde cualquier otra perspectiva, nos pertenece, ¿cómo aceptar que discursos institucionales, como lo es ahora el feminismo abolicionista, lo constriñan a objeto de la norma general?

Dice Silvia Federici (activista feminista de corte marxista) que hay muchas mujeres, estudiantes, también amas de casa, que se dedican al trabajo sexual como complemento de los trabajos en los que no ganan lo suficiente, o para pagar su educación. Con la emergencia del trabajo sexual electrónico, el sexo interactivo puede realizarse desde el entorno privado de cada dormitorio, transformando esta actividad en una rutina habitual en la vida de muchas mujeres con necesidades económicas. Y esto sucede porque el trabajo sexual en el marco de la sociedad mercantilizada en la que vivimos, es más rentable que muchos de los trabajos a los que pueden acceder algunas mujeres: como dicen algunas prostitutas en las redes: “no quiero ser tu criada, prefiero ser puta”.

En palabras de Federici: “hay un problema fundamental en el movimiento feminista, que se encuentra dividido radicalmente en lo que respecta al trabajo sexual, y proviene de las que piensan que el sólo hablar de trabajo sexual es validar una actividad contraria a los derechos de las mujeres, que es contraria básicamente a la imagen transformadora de las mujeres” (6º Festival Subversivo, Zagreb, Croacia, 2013). Por el contrario, las seguidoras de estas proclamas por la dignificación de la prostitución consideran el trabajo sexual como un tipo de transacción legítima entre las opciones de las que disponen las mujeres, con o sin recursos. Posicionarse en contra supone, desde esta perspectiva, una posición moralista para la que el cuerpo, y concretamente los genitales, deben ser observados por agentes de normalización sexual de manera que deja de ser su propiedad para pasar a ser materia social, política y religiosa. Sin embargo, ninguno de estos dispositivos aleja de esos cuerpos la violencia ejercida sobre ellos, sino que más bien los marginaliza, los separa del sujeto de los discursos, victimizándolos para la causa patriarcal.

Siguiendo esta línea de argumentación, las prostitutas ejercen su trabajo en el marco del patriarcado para ser finalmente vilipendiadas por el mismo sistema que las sustenta. Tal como expone Virginie Despentes: “Resulta difícil no pensar que lo que no dicen las mujeres respetables, cuando se preocupan del destino de las putas, es que en el fondo tienen miedo de la competencia: desleal, demasiado oportuna y directa. Si la prostituta ejerce su negocio en condiciones decentes, similares a la esteticien o a la psiquiatra, si libera su actividad de todas las presiones legales que se ejercen actualmente sobre ella, entonces la posición de la mujer casada se vuelve de repente menos interesante. Porque si se banaliza el contrato de la prostitución, el contrato matrimonial aparece de modo más claro como lo que es: un intercambio en el que la mujer se compromete a efectuar un cierto número de tareas ingratas asegurando así el confort del hombre una tarifa sin competencia alguna. Especialmente las tareas sexuales.” (Teoría King-Kong, 2006)

Si es así, cualquier organización, sindicato o asociación que pida derechos para las putas, será sin duda rechazado por los grupos de mujeres que se alinean a favor del sistema patriarcal, solicitando para siempre la estigmatización y la criminalización de estas mujeres que desestabilizan el orden (machista y patriarcal). Y no hacen ningún favor al feminismo, que, como fundamento básico, propone la liberación de las mujeres y la abolición del sistema que las maltrata, las victimiza y les quita poder de acción. Las putas merecen algo mejor.

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Valderrama
Fotografía: Jesús Machuca

Prohibir, abolir, regularizar… Existe un axioma en derecho, todo lo que no esté prohibido no es ilegal, sin embargo si una determinada actividad no prohibida no tiene unas garantías mínimas para poder ser practicadas con seguridad (laboral, entre otras) entonces estamos ante una alegalidad.

Quién suscribe está en contra, como no, de que una persona sea obligada, sufriendo violencia o coacciones, a ejercer la prostitución para lucro de quienes la obligan. Asimismo me parecen pocas, porque realmente lo son, las ayudas y los recursos que se conceden a quienes están en una situación de especial vulneración económica y se ven obligadas a ejercer cualquier actividad económica que le suponga personalmente degradante o socialmente, por el estigma de dicha actividad, vergonzante. Y no pongo en duda, lo se, me consta, que no pocas mujeres que ejercen la prostitución afirman que lo hacen por pura y dura supervivencia y dejarían dicho trabajo si se les garantizará una mínima estabilidad económica para  su familia.

Pero por todo ello y no a pesar de ello, como herramienta para luchar contra cada una de las circunstancias negativas que acabo de mencionar y otras muchas más, estoy convencido que la autoorganización de las personas trabajadoras del sexo, su sindicalización, su colectivización, es imprescindible y necesaria.

Llevamos un tiempo, tras la polémica creada por la inscripción del sindicato denominado Las Otras, asistiendo, o como es mi caso, participando, en un debate extenso y muy fluido en redes sociales y medios de opinión y comunicación que tiene el impacto positivo de que podamos reflexionar al respecto de asuntos innegablemente interesantes, pero que en este asunto, bajo mi punto de vista, está muy encorado al aspecto meramente normativo.

Sin embargo creo que previo al enfoque legal se debe abordar un enfoque de carácter moral, o ético si se quiere. Si el punto de partida para hablar de la prostitución es entender que el ejercicio de la misma supone una actividad odiosa, y las personas que la ejercen en términos generales, deben ser tratadas como víctimas de quienes pagan por ello, es evidente que el discurso al respecto de su legalidad no tiene  otra respuesta que la de prohibir-abolir dicha actividad.

Si por el contrario partimos de la concepción de que el sexo previo pago no deja de ser solo y nada más que eso, sexo, y que es una opción laboral tan digna como cualquier otra, lo que moralmente y éticamente pretenderemos es que como cualquier otra actividad laboral se tenga en cuenta la opinión de las personas que la ejercen y la defensa de sus derechos laborales. Solo entendiendo que esas personas, todas, en su conjunto, son incapaces de tener su propio discurso y sus propias reivindicaciones, podemos privarla de su derecho a opinar, de su derecho a organizarse, de su derecho a reivindicar las mejoras que entiendan pertinentes, y entre otras cosas prohibir que se organicen en un sindicato.

Y para mi este es el asunto crucial, en el que deberíamos definirnos previamente a posicionarnos frente a una opción legal al respecto de la prostitución. Y mi respuesta, la que comparto con un sector del feminismo que es partidario de la autororganización de las trabajadoras del sexo, frente otro sector del feminismo que se denomina abolicionista, es que vender sexo no sólo no es peor que vender cualquier otra cosa que no sea dañina, sino que incluso es de hecho el trabajo elegido libremente por una buena parte de las personas que se dedican al mismo. Entiéndase: libremente, no nos lleva a ningún plano de idealidad distinto al que padecemos la gran inmensa mayoría de los mortales que en consecuencia a esa maldición bíblica que es tener que trabajar para poder sustentarse acorde con lo que se consideran necesidades sociales, podamos al menos tener la opción de elegir entre lo menos malo o lo mejor para nuestros intereses.

Sí, para mí el sexo previo pago es una opción laboral, dura, como muchas otras opciones laborales, pero fundamentalmente por el estigma social que padecen las personas que lo ejercen. Estigma que no debe ser abordado sólo desde un punto de vista moralista al que se suele vincular con la religión. Me parece tan preocupante como el anterior, incluso posiblemente más, el estigma de quién concibe la prostitución, per si, como violencia machista, y las mujeres que lo practican, en su conjunto, como víctimas por el mero hecho de tener ese trabajo. Y si algunas de esas supuestas víctimas encima defienden su derecho a ejercerlo, entonces son cómplices de una actividad denigrante.

Y ahora si abordo el tema legal. La pregunta que ante cualquier normativa legal debemos hacernos, ya sea para prohibir, abolir o regularizar, es que finalidad se quiere conseguir, lo que se viene llamando el fin o espíritu de la ley. Si la finalidad es acabar con un trabajo que consideramos denigrante entonces lo prohibimos y nos definimos como prohibicionistas o abolicionistas, en razón a que actividades prohibimos y cuáles no, y como prohibimos. Si la finalidad es contribuir a que el trabajo de prostituirse puede ejercerse dignamente, entendiendo que no es indigno per se, entonces lo que pretenderemos es su regularización.

En Suecia, se dice, se practica una política abolicionista que ha permitido que la prostitución no exista, eso es falso, animo a que en Google pongáis simple y llanamente Escort stockholm para comprobarlo, pero es que además  existen fuentes de primera mano que así lo atestiguan, que nos narran, desde la experiencia propia, que para nada se ha conseguido que la prostitución no se ejerza, por contra quienes la ejercen se ven sometidas a la clandestinidad y a medidas tan dañinas como la expulsión aplicando su ley de extranjería, perdida de custodia de sus hijos, persecución policial para atrapar a sus clientes, afectación directa a su intimidad con registros y cacheos en busca de pruebas de la práctica sexual por pago, etc…

En Alemania la prostitución es visible y legal, y existen macro burdeles en las que trabajan cientos de mujeres y pese a estar prohibido que ejerzan sin documentación legal, no se ha podido, ni parece que esa sea una voluntad del gobierno, evitar muchas mujeres migrantes lo tengan que hacer sin papeles en situación de irregulares, con lo que supone ello. Tampoco que haya dejado de existir casos de violencia a prostitutas.

En España la prostitución, al menos la callejera, esta semi prohibida vía ley mordaza y ordenanzas municipales, pero tampoco está regularizada. Eso sí tenemos puticlub visibles en casi todas las provincias y mujeres trabajando sin garantías laborales.

¿Cuál es entonces la solución? Pues creo que existe una buena opción, apoyar y hacer nuestras las reivindicaciones de las personas que libremente quieren ejercer sexo de pago, entre otras cosas a que puedan organizarse, a que puedan defender derechos laborales que le pongan las cosas muy difíciles a los que en el sector obligan a otras a ejercer la prostitución para su beneficio económico bajo violencia o coacción, a que por falta de protección pueda existir violencia en el trabajo, a que acaben, por el empoderamiento de mostrarse tan dignas como cualquier otra persona trabajadora que lucha por sus derechos, con el estigma social que las convierte en víctimas, pero no en víctimas de su opción laboral, en víctimas de una concepción pacata, moralista, dogmática, que las trata en el mejor de los casos como personas sin criterio, anuladas, en el peor como corresponsables por querer sindicarse de aquello que ellas combaten: la precariedad laboral y social que padecen y sus consecuencias.

 

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Elena
Imagen: Pedripol

I love Corrine, tell the world I do
I love Corrine, tell the world I do
Ray Peterson

Me suena a balada ñoña de los sesenta mientras escucho en la radio con cierto asombro que el caso de las conversaciones grabadas entre  Corinna Sayn-Wittgensteino  y Juan Carlos de Borbón ha pasado a la Audiencia Nacional.

Lo que en principio parecía ser un lío más, de los líos atribuidos de siempre al entonces tan campechano monarca ha pasado de la prensa del corazón (con el añadido de una trama de espionaje algo casposa) al Ministerio de Hacienda e Interior y puede llegar a ser un asunto político de interés nacional ya que las comisiones, testaferros, mordidas y negocios con gente nada recomendable, por no hablar del caso Nóos y su yerno, amnistía fiscal y demás privilegios de los que parece, se ha beneficiado Juan Carlos darían pie a sentarle en el banquillo de los acusados.

Ni en un ataque agudo de optimismo creo que pueda ocurrir tal cosa, aunque la ley deba ser igual para todos, porque el ahora rey pensionista entonces era inviolable y parece que ahora es aforado, además la Ley de Secretos Oficiales puede “matizar” cualquier investigación, por no recordar las olvidadizas declaraciones de su hija o la tibieza de muchos políticos ante el peso de la Casa Real.

Me voy a saltar la historia de cómo los Borbones llegaron al trono allá por el 1701 y centralizaron las Españas; pueden preguntar a los estudiantes de bachillerato. De la primera Restauración Borbónica en el XIX, pregunten a los mismos; y también por la segunda restauración del “caudillo” Francisco Franco (1969), gracias a la cual Juan Carlos I fue rey. Ahora rey jubilado y uno de los dos reyes actuales (si no quieres caldo….).

Un hombre con suerte por quien, al morir el dictador,  nadie daba un duro. “El breve”  le dijeron entre otras cosas menos amables. Pero ese rey heredero de Franco, enarboló la bandera de la democracia y salió airoso incluso de un golpe de estado. Por entonces sus líos de alcoba se silenciaban. No se le llamaba censura, sino un pacto entre caballeros que se basaba en no hablar de los asuntos privados del rey (al que el machismo más rancio incluso jaleaba).  Todo esto debió  ser  lo que llevó al nulo control del Parlamento y el Ejecutivo sobre los asuntos del monarca, y no digo privados, sean cuales sean los asuntos; (económicos o sentimentales…) cuando eres jefe de un estado y lo representas, más que una bandera, tu vida privada debe ser tan ejemplar como el cargo que ostentas.

Sus meteduras de pata o de cadera comenzaron mucho antes del famoso lo siento mucho, no volverá a ocurrir, que está claro se refería a cazar elefantes porque de todo lo demás -farras y negocios incluidos- hizo, hace y seguirá haciendo lo que le venga en su real gana, aunque el emérito haya devenido en demérito.

Corinna, la llamada “amiga íntima” de Juan Carlos no deja de ser una querida de las de “toda la vida”. Una de “las ocho amantes clonadas del emérito” dice un titular digital, por mucho que se la presente como una mujer de negocios para actualizar a la favorita del rey, como si pudiese renovarse tal anacronismo. Me descoloca leer que Corinna dice que el rey le prometió matrimonio porque ya no sé si es una Mata Hari de las altas finanzas, una ingenua damisela romántica o una caradura con mucho morro hialurónico. Pero chorradas frívolas aparte, esta señora, sólo me interesa por estar íntimamente relacionada con la más alta representación de este país que por lo visto es o era el rey. Y dicha relación no deja de ser muy decepcionante o bochornosa para lo que se espera de un monarca constitucional.

Y digo monarca y no soberano, porque en singular suena a coñac y porque el único soberano según nuestra encorsetada Constitución es el pueblo español del que emanan todos los poderes. Así que como pueblo soberano que somos podríamos decidir si cambiar la herencia de un dictador, cambiar el jefe del estado, la forma y  modelo de ese estado, la constitución y lo que haga falta. Parece fácil… ya.

Intento recordar aquella canción melosa…¿o era una peli de mucho llorar?

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Bea aragon
Imagen: Pedripol

Por lo visto es tiempo de pasar página. Ese silencioso y dulce crujir de las hojas al pasar por los dedos que las empujan de un extremo al otro del libro pareciera la mejor compañía en estas fechas veraniegas.  Es tiempo de mojar nuestra saliva en papel para ayudarnos a despegar las palabras que nos alivian el tedio y la herrumbre de los meses de barbecho y chicharras.

Da igual el destino que escojamos, el libro se acompasa al paisaje sin el menor atisbo de queja o reproche.

Buscamos en la literatura la evasión, además de la sorpresa. Queremos viajar además de estar viajando. Y eso está muy bien, claro. Vivir en el asombro del viajante con sus ojos que recién amanecen en costumbres y sociedades que desconocen y que resultan chocantes y por qué no decirlo, a veces, incluso mágicas, es una maravilla.

Es tiempo de pasar página y yo, claro, no iba ser menos. Me puse como loca a intentar viajar y decidí irme a Macondo con sus Cien años de soledad y todos sus avíos. He viajado desde Chiclana, Cádiz, España y el viaje ha sido a pesar de los cien años relativamente cortos en distancia. Cuál no sería mi sorpresa a la vuelta.

Jamás pensé que podría tener antes mi ojos un realismo tan mágico (por poner una etiqueta) en mi propia casa, en mi propia ciudad natal y en la ciudad que me soporta, en definitiva en todo el país que nos abandera.

Cuando terminé de pasar las páginas y a duras penas levanté mi puñetera cabeza para volver a mi realidad, descubrí que lo mágico, que lo increíble, que lo que ocurre y sabes que es verdad y al final te acostumbras (porque a la magia no queda más acostumbrarse igual que a la realidad) estaba aquí conmigo, en mi propia casa, en las redes, en la televisión, en los bares, en la iglesia, en la gente que, como yo, está hoy pasando páginas.

España, quién te ha escrito y quién te lee. Levanta una las miras, una mijita nada más, y la certidumbre de la costumbre, como poco, te chirria.

Os cuento.

Primero es muy mágico, por no decir increíble, que un rapero esté en busca y captura por una letra que cantó sobre la monarquía (intocable institución que parece que vive en la Edad Media que la pario) y que, encima, al poco descubrimos que es verdad lo que decía aquella letra.

Segundo, es muy mágico por no decir increíble que un grupo de hombres (a los que se les ha tenido que llamar Manada sin ser justos con esa pobre palabra) estén ejerciendo en sus puestos de trabajos, algunos funcionarios, estén ejerciendo libertad plena (resulta que tienen que ir a firmar, ustedes disculpen libertad plena, he dicho) de derechos después de haber violado (que no se le olvide a nadie) a una mujer, y que encima sean ellos las victimas para muchos y ejemplos para otros. No me digan que no es mágico.

Tercero, es muy mágico y muy increíble, ya lo verán, que en este país emigrante, una y muchos y todos tengamos que leer en estos tiempos que corren barbaridades xenófobas a la hora de socorrer un barco de gente que si no, moría. Muy mágico todo.

Pero no, a la tercera no va la vencida, órdago a la mayor (y las que me dejo por el camino) porque todavía es mucho más mágico y mucho más increíble, o a mí al menos me lo parece, ver a gente en general defendiendo en el Valle de los Caídos los restos de un dictador con la mano levantada como un ejército de zombis. Esto es mágico (y no Gónzalez). Pero allí había no solo gente en general: había mujeres y había niñas y niños adoctrinados en primera fila cantando el puto cara al sol.

No me digan que están ustedes pasando páginas, buscando la sorpresa y lo increíble en un libro…

¿Cuantos años de soledad te hacen falta, España de mis entretelas?

¿Quién te ha escrito y quién te lee?