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Natalia
Imagen: Pedripol

El exterminio de pueblos es una cuestión intemporal entre personas. No es cosa del siglo XV ni del XVI, es cosa de siempre y de ahora. Es cosa del siglo XXI.

En febrero de 2009, después de la conocida como “Operación plomo fundido”, lanzada por Israel, sin previo aviso, sobre Gaza, estuve en Palestina visitando aquel desastre en una brigada de solidaridad organizada por la “Federación Mundial de la Juventud Democrática”. Aquel viaje fue para mí revelador de muchas cuestiones, por muchísimas razones. Conocer de primera mano la situación de personas condenadas al exterminio, aparte de hacer que se te revuelvan las tripas y que contraigas cierto odio al ser humano en general y hacia algunos humanos en particular, hace salir también de nuestra burbuja de “malbienestar”.

Nos fue imposible entrar en Gaza por las medidas de “seguridad” (ay, el lenguaje) que instauró el gobierno israelí, pero a cada paso que dábamos por Cisjordania, las imágenes se iban haciendo más duras. Me resultaba aterrador, tremendamente desolador, horrible, pasear por las calles de Ramallah, Hebrón, Belén o Tulkarem viendo restos de metralla en las paredes, viendo casas palestinas partidas por la mitad porque “por ahí tenía que pasar el muro”, observando cómo los soldados israelíes nos miraban con asco cuando les dábamos las gracias en árabe, cómo nos apartaban a empujones porque íbamos acompañados por palestinos, teniendo que pasar infinitos puestos de control para poder viajar de una ciudad a otra, paseando por barrios-campos de concentración plagados de personas totalmente abandonadas por otras. Fue un viaje doloroso, de contraer la certeza real de que la humanidad puede llegar a ser una gran porquería.

Y hubo, por encima de todos los horrores que vi y escuché, un horror, que me pareció el peor de todos, una verdad de cruel (des)consuelo. Tuvimos la oportunidad de visitar uno de los departamentos de la Universidad en Ramallah y allí, una de las profesoras nos explicó que se dedicaban al estudio y a la comprensión de un mecanismo psicológico que desarrollamos las personas ante el desastre. Sucede, que, tras años de represiones, los seres humanos somos tendentes a aceptar y asimilar como normales cualesquieras terrores que se nos apliquen. Y más, si estos se transmiten y asumen de generación en generación, como pasa en Palestina. Este perverso mecanismo psicológico de adaptación y asimilación del desastre sucede como reacción al desastre mismo y como forma de soportar una existencia denigrante. Desde entonces, me pregunto en muchas ocasiones cómo medir, hasta dónde hay que soportar, o hasta dónde podemos y/o debemos hacerlo. Me pregunto si es preferible aceptar una situación injusta como normal o es preferible caer en la locura de su no posible resolución. Me pregunto si es mejor dejarse manipular o es mejor vivir en una frustración eterna. Me pregunto si es mejor normalizar y asumir una injusticia que no va a ser resuelta por los que pueden arreglarla o es preferible una agonía vital en nuestra breve eternidad. Me pregunto, en muchas ocasiones, hasta dónde es lógico o natural o sano el aguante.

Yo elegí ir a Palestina después de aquellos bombardeos. Escogí ver el dolor y traérmelo por siempre a mi “malbienvivir” de occidente. Y volvería a hacerlo. Yo sé que Palestina está lejos de Cádiz. Sé que no es fácil practicar solidaridad a tantos kilómetros y que no podemos desde aquí cargar con ese peso que intentan esquivar sus sufridores y sufridoras. Pero he querido escribir sobre aquel viaje a Palestina y su desastre porque, mientras ese pueblo intenta respirar en una situación insostenible, creo que desde aquí debemos seguir explicando todo como un horror y un error en contra de la vida. Nosotras también tenemos nuestros dolores de sociedad y también los esquivamos por miedo o por soportar esta existencia.  Supongo que es legítimo ese pensamiento, ya digo que no lo tengo claro. Creo que hay exterminios y miedos lejanos que, mientras resuelvo mis preguntas, me niego a normalizar y me reiteraré en ellos aunque me piensen loca o aunque, por no quitarme estos pesos de solidaridad y ternura, llegue a estarlo realmente.

Y por todo eso de arriba, me alegro enormemente de la decisión que han tomado los jugadores de la selección Argentina. Porque cualquier reconocimiento a un gobierno genocida es normalizar ese genocidio y esa normalización sólo se la debemos permitir, por descanso para soportar el día a día, al pueblo palestino. A las personas que recuerdan frecuentemente que el deporte no es política y que hay cosas que es mejor no mezclar, les diría que eso vayan a contárselo a los negros y negras de Soweto, que, por cierto, acompañan las “Habaneras de Cádiz” con unas palmas exquisitas. Pero esto ya es otra historia de mis internacionalismos que, por ahora, me guardo.

Ojalá alguna vez se nos acaben las represiones y el odio.

Ojalá Palestina y su gente puedan llegar alguna vez a ser libres.

Ojalá algún día no sea necesario esquivar el terror y el dolor como normalidad para seguir soportando unas vidas de mierda.

Viva Palestina libre.

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