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Bea post
Fotografía: Jesús Machuca

Hoy se me van los peces por la boca y el río me parece un poema sin madre.

No tengo patria en la sangre, tengo una cueva. Sus paredes están pintadas con un gotelé dulcísimo: la lluvia de costumbres que mi madre inseminó para resolverme. No tengo patria porque tengo un manojo de raíces maternas que me agarran poderosamente a mi cueva. Y la cueva (sabrán ustedes) se lleva por dentro. Al fin, y después de mucho tiempo, he llegado a la conclusión de que para bien y para mal me define una matria de la que no siempre estoy orgullosa. Y es que en todas las cuevas se cuecen habas: las costumbres emocionales y culturales que hoy me conforman y con las que me crié siguen siendo mujeriegas y madreriegas, y no precisamente por falta de figura paterna. La masa madre era más poderosa en todos los aspectos.

En estas fechas de familiaridad y cuevas abiertas de par en par, mantengo la puerta cerrada para que no se cuele mi santa madre con sus labores de identidades, pero casi siempre encuentra una rendija y, como si fuera un viento salvaje, me inunda los pulmones.

En otros tiempos de luces, un parto demasiado antiguo nos reuniría alrededor de una mesa embustera en el mejor de los casos. Volvamos la mirada a aquellos días de fiesta: el puchero en la vajilla del escaparate del salón principal parece que sabe distinto y el hogar no se parece en nada al hogar desde hace unos días. Esperamos a la familia de sangre apócrifa en el recibidor como niños buenos. Con su mirada de señora feudal, Mamá nos viste de gala y nos procura un buen comportamiento. La mujer lleva días como loca encerrada en su palacio-cocina para alimentar a las visitas. La casa entera huele a sus manos porque Mamá lleva siglos cociendo a fuego lento su vida para que ellos y nosotros la devoremos. Mamá no tiene suficiente agua con una tormenta y por eso pide más agua, más gente, más agua, más gente, más agua que añadir al puchero, que donde caben dos caben mil, pero ella prefiere que sobre comida para seguir amamantándonos al día siguiente. Cuando Mamá se relaja y todos los turrones han sido aprobados y probados y rumiados y el vino pinta por fin la alegría naranja en los cachetes de los afamiliados, Mamá me jalea para que le cante y cada año los comensales esperan el villancico de turno y cada año la niña canta el pasodoble de turno y Mamá me come con los ojos (a punto de pellizco de madre) de ilustrísima señora feudal, mientras su corazón por dentro se ríe a carcajadas a sabiendas que nunca conseguirá domar lo indomable (o eso quiero pensar yo) y en el fondo parece que le gusta pero sigue intentándolo incansable cada año.  

Hoy el río me parece un poema sin madre en este tiempo de luces y es por eso que nadie se sienta en mi casa (por obligación) a comer puchero en plato bonito alrededor de ningún parto antiguo y casposo. Y es por eso que tampoco me obliga nadie a vestirme de gala y no soporto los malos humores en el sentir de la cocina. Ahora en este tiempo de luces en el que dejo salir a los peces por la boca, ya no celebro nada más que la ausencia de un hogar que no se parecía al mío y de una madre sin poema que es como si fuese un río. La matria me hace huérfana cada año pero sigo rumiando pasodobles (que por cierto también ella me enseñó).

Es ahora, cuando me doy cuenta de que en cada festejo estaba la figura de la madre como si fuese una estatua a punto de romperse.

La matria que me construye me hizo amar el folclore hasta hacerlo mío pero también me obligó y me engañó y casi me hunde en el miedo de no ser lo que la masa madre me pedía. Será que madre na más que hay una y tiene una que bregar con ella.  

Ella era navidad, yo siempre fui más novelera, así que en este tiempo de siembra que nos abraza, dos fiestas paganas me viven. Pero solo soy una.

En la ciudad de Cádiz estamos en capilla así que os deseo Feliz Carnaval 2019 y la Navidad por mi mare que sea chiquita.

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Diego post
Fotografía: Jesús Massó

El efecto Mateo es una teoría formalmente postulada por Merton que se inscribe dentro de la categoría de teorías de alcance intermedio. El efecto Mateo es llamado así por una cita en el evangelio de Mateo que refleja la esencia de la teoría:

Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. Mateo 13:12

y hace referencia a un proceso de ventaja acumulativa, que hace al rico más rico y al pobre más pobre. Al amplificar los procesos de acumulación de ventajas y desventajas, el efecto Mateo magnifica las desigualdades; desde el punto de vista macroeconómico sería algo así como la predicción marxista sobre la acumulación del poder económico en unas pocas grandes compañías que monopolizarían los mercados o, en un ejemplo menos controvertido, en el marco de la reputación de los científicos y de la influencia de su trabajo.

En el seno del sistema de recompensas del campo científico, las desigualdades están parcialmente determinadas por las diferencias reales en la magnitud de las contribuciones de los académicos —lo que hace que el sistema parezca funcionar de manera justa y efectiva—, pero esas diferencias dependen primordialmente de los juicios que los científicos se forman y estos juicios están configurados por su experiencia previa y por las características de los sistemas de estratificación y comunicación de la ciencia. O sea, el científico más respetado es el que más publica, pero publica más porque quien más publica es el que ha publicado más.

Otra demostración de lo anterior puede verse en los escritores famosos, que reciben los grandes premios literarios y que son los que han sido seleccionados y promocionados por los editores. Si miramos al mundo del cine nos encontramos con una serie de actores que siempre figuran como protagonistas frente a actores de reparto que rara vez llegarán a ser considerados como estrellas.

El efecto Mateo resulta especialmente determinante en la educación y las desigualdades sociales. Formalmente, los Estados suelen justificar su apoyo al impulso por la igualdad real con la educación universal. Sin embargo, el acceso a la educación siempre se ha caracterizado por ser doble, uno de exclusividad y prestigio para las clases sociales altas, y uno mediocre y general (muchas veces, subsidiario) para las clases bajas. De tal modo, que el sistema educativo acaba como un puntal más del efecto Mateo. Solo hay que ver dónde educan a sus hijos e hijas los grandes empresarios, los reyes o los miembros de los distintos gobiernos (que perjuran dignificar la educación pública pero ejercen como consumidores de la privada), para comprender cómo se articulan y cohesionan los grupos dominantes en exclusivos entornos privados donde los cachorros se vinculan con otros de su misma clase y encuentran puntos de apoyo y contactos que les servirán en el futuro. Esto es, al que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene…

Para la historiadora de la ciencia Margaret Rossiter, la cuestión no termina aquí. Las mujeres, defiende Rossiter, son más vulnerables al efecto Mateo.

Rossiter bautizó esta variedad como ‘efecto Matilda’, en honor a Matilda J. Gage, sufragista neoyorkina de finales del siglo XIX que identificó y denunció la invisibilidad e invisibilización de las mujeres y sus méritos en otros contextos (incluso en la propia Biblia). Rossiter ofrece una larga lista de ejemplos de científicas a las que el sistema de recompensas de la ciencia trató injustamente por su género. Las contribuciones de Lise Meitner al descubrimiento de la fisión nuclear o de Rosalind Franklin al de la estructura de doble hélice del ADN, por ejemplo, no fueron reconocidas en su momento, aunque sus colegas varones recibieron sendos premios Nobel por ellas.

Estudios recientes también alertan de que, incluso hoy, ser mujer resta inadvertidamente puntos del currículo científico. Investigadores de la Universidad de Yale mostraron en 2012 cómo los evaluadores (independientemente de su sexo) puntuaban más alto y estaban dispuestos a ofrecer un salario mejor a un potencial candidato para un puesto de laboratorio cuando creían que el currículo que juzgaban era el de un hombre.

Es tan perverso el efecto Matilda (y a menudo tan invisible) que el propio Merton sucumbió al mismo: su publicación sobre el efecto Mateo está basada en las entrevistas y materiales de Harriet Zuckerman. Años después, Merton se casaría con Zuckerman… y también reconocería que aquel artículo debería haberlo firmado en coautoría con ella.

Contrariamente al mito igualitario y democrático, en la carrera social suelen ganar los mejor situados en las posiciones de salida: formación, amistades, posibilidades, contactos, prejuicios… los ganadores del gordo siempre son los que tienen la mayoría de las  papeletas.

https://es.wikipedia.org/wiki/Efecto_Mateo

https://diegoiguna.blogspot.com/2015/04/el-efecto-matilda-ser-mujer-resta-puntos.html

http://blogs.20minutos.es/ciencia-para-llevar-csic/2015/03/05/efecto-matilda-ser-mujer-resta-puntos-en-el-curriculo-cientifico/

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DeloyEditorial: Luces de Gálibo
Año de edición: 2017
Colección: Poesía
N° páginas : 104
ISBN: 978-84-15117-50-6
PVP: 12.00 €

David Eloy, cacereño y andaluz nacido en 1976, vuelve a sorprendernos. Autor de libros como, por citar algunos recientes, «Para nombrar una ciudad» (Renacimiento, 2010), «Miedo de ser escarcha» (Quásyeditorial, 2000 y Editora Regional de Extremadura, 2012), el libro-disco «Su mal espanta» (Libros de la Herida, 2013), «Desórdenes» (Amargord, 2014), «La poesía vista desde el espacio» (De la Luna libros, 2014) o el recién aparecido «Crónicas de la galaxia» (Ediciones El Transbordador, 2018)… nos propone ahora un viaje: “Adentramos en la mansión del ser, una mansión encantada”. Allí “todo es sorpresa, y todo ha de contarse tal y como se ha visto y sentido. Hay que encontrar un lenguaje para ello. El poeta, pues, como detective en misión especial”.

El mismo título del último libro del poeta David Eloy Rodríguez, undécima obra poética de una intensa trayectoria, ya incluye la primera paradoja, de las muchas que utilizará para mostrarnos cómo convivimos con continuas contradicciones, algunas aparentes y otras asumidas. Descender hacia arriba es un ejercicio contrario a la gravedad, a las leyes de la física pero conforme, quizás, con la lógica distinta de las emociones, de los compromisos o de las dudas. Porque el asunto de este libro es tan visitado como el sentido de la vida, si lo tiene. A lo largo de toda la literatura se ha reincidido en unas pocas metáforas de la vida como un tránsito. Así la vida se ha comparado con un camino, con un árbol, con un río (nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar), con una escalera. Pero esas metáforas del río que nos lleva, o del árbol que crece según su naturaleza, o la del camino trazado incurren en un determinismo, pesimista por tanto, donde todo está predeterminado, donde nuestros actos no son libres. La escalera, en cambio, exige esfuerzo, entereza, decisión; y nos reconoce cierta capacidad para elegir el ritmo de subida o de bajada, o para decidir las paradas, los descansos. Si bien no puede hablarse de dejar de vivir (“Escalera en la que no hay descansillo”, escribe David Eloy) la existencia sí permite momentos para sosegarse: “Mirar vivir. A veces es bastante”).

El libro va edificando, nunca mejor dicho, esta escalera en siete tramos, desde esos niños que, predispuestos bajo su hueco, oyen los pasos vivos de los adultos que suben o bajan, hasta ese momento, después de morir, donde podría comenzar el olvido. Es significativo que la vida, para el poeta, acaba cuando llega ese olvido, no al fallecer. La metáfora de la escalera es también la arquitectura que sostiene, y que argumenta el libro.  Asume, en esa elección, el sentido simbólico y espiritual que la escalera tiene en nuestro acervo cultural. El mismo recorrido dibujado por el poeta Ramón Lluch en su Scalae intelecto, una Escalera de la Creación donde el intelecto llega al Palacio construido por la Sabiduría. Según el Diccionario de los Símbolos, de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant: “La escalera es el símbolo de la progresión hacia el saber”. Y añaden: “Si se eleva hacia el cielo, se trata del conocimiento del mundo aparente o divino, solar; si entra en la tierra, se trata del saber oculto y de las profundidades del inconsciente”. La escalera de este libro desciende y asciende a la vez, acumulando conocimientos, tanto de lo consciente como de lo onírico. Desde el mismo título, realiza un ejercicio de ilusionismo óptico, de perspectivas novedosas que buscan cuestionar la certeza de la realidad. No en vano este es el libro de David Eloy Rodríguez con más interrogantes expresos, más dudas, más acertijos por descifrar. Porque el espacio donde se crece, y a la vez se envejece y flaquea, no está limitado a las dos alturas de arriba/abajo, ni a las tres dimensiones observables a simple vista, ni a los cuatro puntos cardinales, ni a las coordenadas geográficas que nos sitúan -exactamente- en el mundo. Es la Escalera de los matemáticos Lionel y Roger Penrose,  que transmite la sensación de escalones que suben o bajan a la vez, en cualquiera de las direcciones, y que llevara a sus dibujos el pintor holandés Escher. Ese bosquejo se expresa aquí a través de unos poemas de enorme impacto visual, a veces con alegorías tomadas de la imaginería surrealista, fogonazos que ilustran este espléndido poemario gráfico.

La figura de la escalera se ha utilizado también con una interpretación religiosa. Ha servido como representación de un puente hacia alguna forma de vida después de la muerte en el discurso de la mayoría de las religiones. Es una imagen recurrente: la bíblica Escalera de Jacob, la Escala por la que asciende Mahoma a los cielos, la escalera de siete metales diferentes del mitraísmo, el sendero budista que asciende al cielo convertido en escalera y luego en árbol, la pirámide escalonada de los sacrificios mayas, la diminuta escalera dogón que conecta con los antepasados. Por supuesto, la escalera de este libro es profana, más espiritual que dogmática, porque la relación con nuestra trascendencia es, aquí, personal y privada. Aunque esté impregnada del patrimonio cultural compartido que utiliza como lenguaje para entendernos: ángeles de la guarda, tablas de la ley, esqueletos que actualizan -con ironía- el motivo del cráneo sobre el libro (aquí unas “hojas amarillas de papel reciclado”) que, en las pinturas barrocas de vanitas, simbolizaba la insignificancia de la creación humana. No hay más allá, sólo lo que ocurre: “Este bien / se extinguirá con el uso. / Yo solo puedo hablaros de esta eternidad”. Frente a una ideología conformista, que propone sobrevivir aplazándolo todo a una recompensa “en otra vida”, esta escalera plantea como motor vital algo tan poderoso, tan activo, como el instinto: “uso mi miedo a la desaparición / para seguir aquí”. Frente a la pasividad, la acción, el movimiento. Escribió Hölderlin, el poeta esquizofrénico y tremendamente religioso que, con otra cita, inicia este libro: “Allí donde crece el peligro crece también la salvación”. En esta escalera sin descansillos hay, sin embargo, barandillas y pasamanos. También las escaleras implican vecindad. No son espacios de uso solitario. En estos escalones que descienden hacia arriba hemos encontrado el alivio de los otros, estremecimientos, fogosidad, viveza, ese vivir en diminutivo, creíble. Dirá David Eloy Rodríguez: “Lo vulnerable, lo precario, lo frágil, / en ocasiones sabe ser invencible”.

 

En este enlace,  de la revista literaria italiana Carteggi Letterari, encontramos algunos poemas de “Escalones que descienden hacia arriba” en castellano y también en italiano, con la traducción de Lorenzo Mari.

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Nataliai
Fotografía: Jesús Massó

Aquí vengo de nuevo sembrando polémicas, yo, descendiente de agricultores de recoger tempestades. Y me vengo sabiendo seguro que, si mi percepción no fuera respaldada por premios nobeles, valdría menos de lo que ya valgo por mí misma para el pensamiento ilustrado occidental, globalizado, ultraliberal y aburrido.

Hoy he decidido cargarme y cagarme en la ortografía. Aún escribo asumiendo sus normas de corsé clasista para que el cortocircuito de los y las integristas de su defensa acérrima me sigan la lectura hasta el final de mis letras en este escrito. Y es que creo que nos estamos pasando un poco con lo de exigir la grafía perfecta. Hacemos un uso del lenguaje que no nos preocupa en el fondo, pero sí en las formas. Otra tontería del mundo de la imagen, que desecha el contenido cuando la primera no es bonita y normativa.

Nos hacen falta normas para un acuerdo estabilizador, pero hay que ir revisándolas porque con el paso del tiempo esas normas pueden quedar obsoletas. Y lo que es peor, pueden no ser útiles ni prácticas. De esto se dieron cuenta Juan Ramón Jiménez y Gabriel García Márquez y lo dejaron escrito. El de Moguer, desterró las “g” para su “Antolojía” (y para otras tantas cuestiones) y hasta las “x” en un “esperimento” que le dio más de un dolor de cabeza cuando lo proponía en las imprentas. Y el Gabo discursó usando estas palabras “…Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revólver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?”

Se encierra un terrorífico clasismo diferenciador entre malos y buenos escribientes que se oculta y que se salva de la vergüenza mediante correctores en teléfonos móviles y ordenadores. Nuestras madres siguen preguntando “¿esto se escribe con b grande o b chica?” porque hemos impuesto que la persona que no lo sabe es portadora de una inferioridad. Y todo esto por unas normas que, para mejor y mayor subversión nuestra, han de ser discutidas y superadas porque apenas tienen sentido. El lenguaje no son las letras escritas, o no solo eso. Igual que la música no son las blancas, negras y corcheas sobre un papel. El lenguaje es un mecanismo maravilloso que fuera de encorsetarnos ha de liberar pensamientos de la forma más ágil y fácil posible. El lenguaje es lo que se dice y se comprende de la manera más cercana y sencilla. Discúlpenme lo brusco de mi próxima afirmación, pero si a ustedes no les pone nada que alguien escriba “haber” en lugar de “a ver” antes de poner “qué pasa”, menos me ponen a mi la pedantería y las superioridades morales por cuatro letras. Porque leyéndose y diciéndose la frase entera, se comprende al emisor y esa es la función principal del lenguaje. Vamos a dejar ya de echarnos en cara lo poco que nos gustan las “faltas” de ortografía y de repetirnos que estas nos coartan hasta el deseo sexual y vamos a decirnos las cosas a la carita en vez de por escrito.  Y si nos las tenemos que decir por escrito, pues recibámoslas leyendo en voz alta y no ejerciendo de censoras de un mensaje que pudiera ser el más bonito recibido en nuestra vida. Prueben si no a pensar en una persona que les atraiga diciéndoles “boy a comerte como si fueras mi primer alimento después de salir de una uelga de ambre”. Si ese alguien que les flipa, les dijera eso flojito y al oído y un calambre (aunque sea chico) no les recorre la espalda, es que ustedes no quieren a nadie. Si ese alguien se lo manda por escrito y ustedes lo leen y por faltar haches o no corresponder las bes desechan la información que se intenta transmitir, es que tienen ustedes el cerebro sucio y siguen aupando cadenas que les oprimen mucho e inconscientemente.

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Arguez bomberoUn año después de la vuelta a los lectores de El bombero de Pompeya, se ha serenado el temblor del recién nacido y el nomadeo de las presentaciones y ferias del libro. Ahora, frente al libro desnudo, gracias a una nueva lectura, no paran de sucederse sorpresas y situaciones de lo más inquietantes. Es muy probable que más adelante surjan nuevas lecturas fruto de las semillas que el autor ha ido dejando caer en unos lugares escogidos con toda la intención y que en otros casos serán fruto de la libre exploración del lector.

Entre las novedades, abre el libro “Unas minúsculas criaturas con forma de personas”, como una nueva entrega de “Las ciudades invisibles” de Ítalo Calvino, pero sin inventar un lugar remoto, porque describe bajo otro punto de vista el lugar en que vivimos, cogiendo carrerilla desde el mito platónico de la caverna.

Al recorrer las distintas historias, fruto de los trabajos de autor y lector, uno puede encontrarse con influencias y evocaciones, fruto de la intención de quien fabula y escribe, y en otros casos, como la onda concéntrica expandida que desencadena una piedra contra el agua, no estarán más que en la atribución del lector. Unas proceden de la literatura, otras del cómic, de la canción, del cine, de personajes con los que hemos tratado en nuestra vida. Así, en “Hermosos ojos de vidrio helado”, nos encontramos con el héroe de la Ilíada reencarnado en un yonqui clarividente (¿Quién no ha conocido al menos a uno?), y una secuela de la película ochentera “El final de la cuenta atrás”.

Es imposible pormenorizar en este espacio, donde se encuentran ecos de las distopías más aterradoras y de los relatos alucinados de Philip K. Dick en el pelotón sacrificado en “Mata a muere hierro quien”; ecos de el caso del señor Valdemar, de Poe, juegos en bucle a lo Cortázar en “Las dos bocas de un túnel” y posiblemente en “Asamblea de los espejos”, una fábula sobre la incomunicación conectada, como un Facebook antes de Facebook, sólo para dos.

Algunas referencias no requiere atención, pues están bien explícitas en la historia del periodista embarcado en el arca de Noé, en “Aquaplaning” que cuenta su propia versión en primera persona del fragmento del génesis que trata del diluvio; en el relato que da título al libro, donde lo que la crítica académica despistada llamaría intertextualidad, se convierte en burla explícita del estilo ampuloso de la novela “Los últimos días de Pompeya”. Todas estas referencias, y cabe suponer que muchas más, abiertas a cada lectura, se encuentran servidas en su punto, en el relato final “El bombero de Pompeya”. De forma parecida ocurre con la historia alternativa de la fuga del cobarde General Custer, que gracias a un astronauta vuelve al lugar donde le situó “Murieron con las botas puestas”, en “Un extraño, un adverbio, un jueves”.

Como un Gulliver en el país de los enanos que saltara sin continuidad al país de los gigantes, los personajes se valen del tiempo como de una banda elástica sin punto de ruptura. El anacronismo aparece donde quiera que la historia lo necesita. Suenan Los Doors en Troya, y un estudiante de nuestros tiempos mira con los auriculares puestos como se termina de construir el arca de Noé. Algunos cuentos, como “El Bombero de Pompeya”, tienen una capa futura, no contemporánea, por encima de una tan antigua como el siglo I de nuestra era.

El arco temporal que atraviesa este libro recorre los extremos de la historia del mundo que en muchos casos procede de la fabulación o de la leyenda: desde los mitos griegos y hebreos, hasta el postapocalipsis en un mundo “radiactivo, gélido y oscuro”, o donde la humanidad desapareció hace siglos de la Tierra, recogido en libros de fantasía y ciencia ficción, pero por razones obvias, sin aval histórico alguno, lo que al autor le asegura jugar en un tablero donde puede moverse con libertad absoluta. El autor, frente al mundo clásico y hebreo, escribe una historia contra el mito canónico. Y contra el mito, forja su propia leyenda.

Entre medias, también se encuentran cuentos contemporáneos siempre recorridos por un zarandeo de los personajes y de la realidad en forma de bucle temporal, de una familia que no es una familia humana, de un violinista que iba a tocar en una cena, de una familia que encuentra un monstruo bajo la cama. En todos estos casos, los personajes no son dueños de su destino. Quizá aquí se puedan rastrear ecos kafkianos y de la narrativa de Javier Tomeo

El tono de esta colección de cuentos, tremendamente evocador del hombre con un destino incierto, y un futuro deshumanizado, hace revivir la llama del cómic “Fragmentos de la Enciclopedia Délfica” de Miguelanxo Prado, publicado en la extinta y pionera revista de cómic 1984, aunque en principio parezca muy lejano en la forma y el soporte,

Es difícil dejar esta reseña sin hacer dos breves altos: la historia del estudiante de periodismo embarcado en el Arca de Noé de “Aquaplanning”, que cuenta la aventura del diluvio desde dentro y su propia aventura de amante correspondido pero desdichado por contar con fecha de caducidad. El desencanto provocará unas emocionantes últimas páginas que oscilan de la parodia inicial al lirismo que llega hasta el final del cuento y que arrancan así: “Alguien encontraría algún día ese trozo de papel donde mi pobre corazón viajaba a la deriva supurando las mas hermosas palabras que nunca dediqué, ni habría de dedicar, a mujer alguna”. Esta carta, lanzada en una botella de whisky DYC, aparece íntegra, más adelante en “Aquaplanning (reprise)” por cortesía de Miguel Ángel García Argüez.

El otro alto, es la lectura de “Alguien voló sobre el nido de Batman”, una fábula en la que los superhéroes se encuentran desposeídos de sus poderes, son ancianos con las manos temblorosas, encerrados, y sin apenas facultades. Más o menos explícitos, se pueden encontrar las coplas de Jorge Manrique con su repique de campana del ubi sunt latino (¿Qué fue de los que vivieron antes que nosotros?), en lo que parece comenzar con una parodia, para finalmente despertar toda nuestra compasión emocionada.

Quince años después de que apareciera una primera edición a cargo de la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Cádiz en 2002, Libros de la Herida ha lanzado al mundo una nueva edición que en realidad se trata de una nueva versión, un Bombero Redux, revisitado, pues algunos cuentos han sufrido baja y otros causan alta sobre el primer Bombero. Además, ha habido actualizaciones en cuanto a vocabulario, estilo y todo lo que parecía haber acusado el paso del tiempo.  En palabras del autor, “uno siente que quien entonces lo escribió ya no es el mismo, pero que, en cierto modo, siempre lo ha sido. Y lo sigue siendo”.

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Pozo
Portada del libro “Escala de Grises” de Bea Aragón

Escala de grises no es un libro de enseñanzas, ni un libro de mapas, ni un libro de propósitos. Es un libro de libertad. Libertad sin alharacas ni puertas de entrada y salida.

Estamos ante el primer libro de Bea Aragón, andaluza de Chiclana y poeta para siempre. Menudo debut. La autora, ajena a las imposturas tan al uso, deja claro que su escritura busca sin desmayo para comunicar lo que encuentra:

Me tiemblan las entrañas.
El resto de mí traduce el temblor.

¿Y por qué tiemblan las entrañas de Bea Aragón? Porque no callan, porque luchan, porque perciben el dolor, el miedo, el desaliento, la alegría, la valentía y el asombro y porque se saben -a pesar de todo y gracias a todo- libres.

Y eso hay que contarlo. Hiera o acaricie, el hallazgo hay que compartirlo, hermanas, hay que conocerlo, hermanos. Sin artificios, sin boato ni ceremonias confusas. Así, como quien tararea una canción mientras se baña en el mar, Bea Aragón anuda poemas que estallan, poemas que arañan y poemas que siembran.

Mucho quehacer hay tras estos anudamientos, mucha obra bajo este hilvanar palabras con la audacia de la sencillez y la ferviente intencionalidad de quien comprende el color que tiene el cielo mientras dormimos, y en consecuencia construye poemas capaces de abrir los ojos hasta convertirlos en soles que caben en el bolsillo del pantalón. Y ahí habremos de guardarlos para que nos acompañen, para que siembren, estallen o arañen. Para que -de acuerdo a las tres partes que componen el libro- se hagan hierba, tormenta o luz ante quien los descubra. No hay muros en Escala de grises. Hay alas. No hay venenos, hay pasajeros. No hay relojes, pero sí noches y caídas que nos abrazan en la dicha y en la catástrofe.

En no pocas ocasiones olvidamos cuánto debe nuestra supervivencia a esas palabras que se empujan unas a otras hasta levantar significados comunes. Escribió la poeta danesa Inger Christensen:

“Yo” no tengo ganas de más decorados
“Yo” no tengo ganas de más anécdotas sobre montañas pintadas
“Yo” no quiero ver surgir más universos dentro de los límites de lo sensato
“Yo” no quiero oír más alarmas de incendios cada vez que sale el sol.

Ese “yo” negador y desafiante que se resiste a la imposición de lo fatuo y lo fingido recorre continuamente Escala de grises. Un “yo” que Bea Aragón colectiviza con absoluta naturalidad:

Hace frío.
Sigue andándonos el camino.

Versos estos de un poema de los que arañan. Refractaria al coro de superficialidades que instrumentaliza la poesía para no hacer nada, Bea Aragón da un golpe en la mesa contundente, feroz, que combate la autocomplacencia y la desidia con disparos que apuntan a quien ella decida y, de paso, al mundo entero:

Toma el hogar,
la flamante jaula dorada
que me acoge
desde donde veo pasar
el tiempo, la vida, tu sombra
sentada cómodamente
al abrigo de un fuego que no existe.
No necesito nada de eso.

Camino, viaje, sendero. Ajetreo. Movimiento. Todos los poemas de Escala de grises están en movimiento, desde el espantapájaros que habla a la cosecha hasta la bala que llega al océano. Poemas rebeldes que se mueven y exploran por sí mismos, buscan más allá de la lógica -esa cárcel de cristal-, más allá del sí o no, del blanco o negro, más allá de las dicotomías tramposas planteadas por quienes ignoran el pulso de la calle, del barrio, del pueblo. El pulso, la voz, toda la gama de tonalidades entre el silencio absoluto y el grito desgarrado. La poesía de Bea Aragón es poesía enraizada, situada, ubicada en un lugar y un momento -su lugar, su momento-. No se presta al ejercicio de desproveer a la poesía de su entorno, que es como despojarla de su trama. No. En Escala de grises hay raíz, raíz honda, libre y alegre de una mujer que se reconoce naturaleza, sin más, y esparce palabras con esperanza de semilla:

 

Poesía. Eso es lo que ha hecho Bea Aragón en Escala de grises. Poesía. Disfrútenla y compártanla.