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Porlan
Fotografía: Jesús Massó

Caer en la cuenta es una de esas expresiones formidables que atesora la lengua castellana. Por la elección del verbo, sobre todo. Qué fuerza y qué desnudez, que brío dinámico hay en ese caer. Caí en la cuenta, me precipité en la verdad, me sumergí en lo cierto, me hundí en lo exacto, comprendí mi error. No me tiré: caí. No hice un esfuerzo, el acto fue natural, yo iba distraído buscando luz en la noche y de pronto me vi flotando en medio de una piscina luminosa. Un buen día, Arquímedes cayó en la cuenta ¡eureka! Otro día cayó Copérnico y se quedó aterrado. Y Newton cayó en la cuenta cuando cayó su manzana.

Yo, sin ir más lejos, caí en la cuenta hace unos meses de que la educación está perversamente sobrevalorada respecto a la cultura. Habrá usted escuchado a menudo ese ritornello tan sensitivo de que todo depende de la educación, de que la educación es lo más importante, de que muchos de nuestros problemas se resolverían  con más educación. ¿Quién niega eso? La educación es importante de veras. Pero permítame contarle una historia.

  1. Stein y H. Müller tenían diez años en 1920 y eran vecinos de piso en un barrio burgués de Ulm. Compartieron la escuela, se hicieron amigos íntimos y cursaron juntos la misma carrera universitaria. Pero en 1941 Müller tuvo que mandar el pelotón de fusilamiento ante el que compareció Stein, y sintió alivio y placer cuando vio rodar por el suelo a su viejo amigo judío. Áteme esa mosca por el rabo y siga defendiendo la importancia de la educación, porque lo seguro es que Müller y Stein tuvieron exactamente la misma.

¿Qué fue lo que hizo irrelevante una educación común? Algo mucho más poderoso llamado cultura. Suponer que la educación es lo que construye a la persona es una afrenta a la memoria de Stein. Sería como afirmar que lo más importante para convertirse en un buen conductor es sacarse el carnet de conducir. Muy bien, muchacho, ya sabes lo que hay que saber, aquí tienes tu permiso, tu título: ahora sal a la calle  y conduce.  Pero te advierto que lo que hay en la calle no responde exactamente a lo que has aprendido. De hecho, en cuanto empieces a circular caerás en la cuenta de que no tienes ni idea de conducir y de que el verdadero aprendizaje empieza entonces. Lo que aprendas en adelante será lo que te convierta en un conductor de verdad.

Pues eso es la cultura: el baño en el que todos, querámoslo o no, estamos sumergidos a lo largo de la vida. Fue aquel baño de ácido llamado cultura nacional-socialista lo que convirtió a Stein en víctima y a Müller en verdugo. Los dictadores más aplicados siempre supieron que el primer peldaño de la dominación consiste en dominar la cultura. Y cualquier examen de un ámbito cultural resulta ser un índice de su libertad. Después y sólo después viene la educación, que para las dictaduras no es un problema, sino una poderosa palanca que puede controlar estupendamente. Porque es la cultura existente en cada momento la que determina la educación y no al contrario.

La cuestión de fondo no reside en lo que puede hacer el poder con la cultura, sino en lo que puede hacer por ella. Hoy en día, el objetivo final debería ser liberarla, porque la pobrecita está aherrojada desde hace tiempo en las mazmorras del sutil sistema carcelario que ha implementado la fase capitalista en la que nos movemos, cuya estrategia para acabar de una vez por todas con ella (qué bueno el primer Allen, qué horror el actual) no consiste en cerrar el grifo, sino en abrirlo completamente para provocar una inundación. Se trata de aplicarnos un masaje usando una manguera de bombero, de tal modo que el efecto sea estupefaciente en lugar de estimulante.

El problema es discriminar. Antes, para aprender había que cavar en busca de datos. Ahora los datos son oceánicos, todo son datos, todo es dato. ¿Quieres una canción? Toma dos millones. ¿Quieres una novela? Pues aquí tienes cinco  mil, que caben en un dedal informático. A ver cómo te las arreglas para escoger la que prefieres, ahora que hemos acabado de una vez por todas con la crítica.

¿Cuándo murió la crítica de arte, la teatral, la literaria, la cinematográfica? Nadie puede responder con certeza, y a nadie le importa. Hoy, el autor que publica un libro sabe que está tocando el claxon en medio de un atasco, y que no destaca quien posee un claxon más melódico, sino el que suena más fuerte, casi siempre reflejado por el eco del marketing editorial. ¿Por qué motivo ganan tantos premios literarios los locutores y presentadores televisivos? ¿Qué tiene ese trabajo para convertir en escritores de talento a sus practicantes? No caigo en la cuenta, pero el caso es que a veces su talento no sólo es literario, sino también político. Vea usted el caso del recién designado ministro de cultura de la Tercera Socialista nacional, un acreditado periodista de la tele bien introducido en temas del corazón, colaborador de una dama de reconocida solvencia literaria por sus párrafos de transición. Tenemos en la poltrona cultural a un tigre insobornable, a un nuevo César (esperemos que no antoniomolina) que ayudará a poner las cosas en su sitio, a un revolucionario que liberará a nuestra cultura de la ergástula rajoyesca. Un joven literato premiado en el límpido concurso que ya había premiado o premiaría después a sus compañeros Nativel Preciado, Carme Chaparro, Fernando Schwartz, Luis del Val, Raúl del Pozo, etc. Mire usted: los premios y las poltronas son para las caras conocidas, porque las desconocidas no venden. Como desde hace tiempo se comenta en el medio, ahora no se hace uno famoso por ganar un premio, sino que se gana un premio por ser famoso. Se lo digo por si no había usted caído en la cuenta.

 

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Machuca
Fotografía: Jesús Machuca

Tras más de cincuenta años de escritura ininterrumpida y seis años de retirada, Philip Roth muere el pasado 22 de mayo en Nueva York, no lejos de su ciudad natal Newark, en Nueva Jersey, que reflejaría en la mayoría de sus novelas.

Como ha venido ocurriendo desde que comencé a leerlo, hace doce o trece años, las informaciones sobre él y también las entrevistas, suelen repetir tópicos y temas manidos, unos exagerados, otros verdaderos, y la mayor parte, carentes del interés de su obra: el escarnio de la comunidad judía de los EEUU, el erotismo crudo, las tensiones de la vida en familia, el machismo del autor (como si fuera el único hombre de letras machista), su defensa de los valores más progresistas, etc. A menudo se olvida o creo que no se menciona lo suficiente que, dentro de la valiosísima narrativa americana de finales del siglo XX, Philip Roth supone un antes y un después. Pasa por muchos temas, sin dejar nunca de lado el “cómo se llega a ser lo que se es nitzscheano”. Roth bucea en la identidad, pero se rinde cuando los hechos no cuadran con las intenciones ni los proyectos vitales. Si pasa treinta páginas hablando de cómo fabricar un guante, quieres que añada otras tantas; si entra en los detalles del combate de boxeo, te gustaría que no cambiara nunca de tema. Si se ríe de su padre, tu también te ríes del suyo y te acercas al tuyo sin dejar la risa a un lado.

Philip Roth, con su obra ya terminada voluntariamente en 2012, tras una fiebre creadora de cuatro novelas publicadas en los últimos cinco años previos a su retirada, tiene una obra que dice cosas distintas a cada uno que se acerque a ella. Su retirada voluntaria de las obligaciones y la carga de la escritura, a punto de cumplir los ochenta, no fue comprendida por gran parte de la comunidad lectora, como si el escritor reconocido contrajera una obligación tácita de escribir hasta el último suspiro. Y, aunque no sea preciso, ni casi posible, leerlo todo, estoy seguro de que con sólo un libro no es suficiente. Lean “La mancha humana”, lean “Pastoral Americana”, lean “Patrimonio” lean “Indignación”. Lean cualquiera de estos libros de los que a continuación se ha procurado extraer unas frases que acerquen a su lectura. Son las palabras de Philip Roth.

  1. El mal de Portnoy

Alexander Portnoy repasa sus obsesiones familiares, religiosas, sexuales, y cualquiera que se cruce por su cabeza, frente a su psicoanalista. Puro humor. Habla su padre.

“¿Sabes eso, Alex? La religión de los cristianos, toda ella está basada en adorar a alguien que en su tiempo era judío declarado. ¿Qué te parece tamaña estupidez? … Van por ahí pregonando la divinidad de Jesucristo, ¡y resulta que Jesucristo era judío! …. Era un judío, como tú y como yo, y llegan ellos y lo convierten en una especie de Dios cuando ya está muerto, y luego –ahí está lo que más loco puede volverte- los muy hijos de puta dan media vuelta y, quienes son los primeros de la lista, cuando la emprenden con las persecuciones? ¡Los judíos! ¡Precisamente los judíos entre quienes nació su amado Jesucristo!”

­El mal de Portnoy. 1969-2007. Seix Barral.

  1. La conjura contra América

Una familia judía de los Estados Unidos, vive con inquietud la victoria en las elecciones presidenciales en 1940 del aviador Lindberg,  simpatizante de la Alemania nacional socialista. Se trata de una incursión de PR en la historia alternativa distópica.

“Como siempre sucedía con tía Evelyn, su entusiasmo tenía algo muy atractivo, aunque en el contexto de la confusión que reinaba en mi casa no podía obviar lo que también tenía de diabólico. Jamás en mi vida había juzgado tan duramente a un adulto, ni a mis padres, ni siquiera a Alvin o al tío Monty, como tampoco había comprendido hasta entonces la manera en que la vanidad desvergonzada de los necios sin remedio puede determinar totalmente el destino de los demás.”

Del cap. 6. Su país. La conjura contra América. 2004-2005, Mondadori.

  1. El teatro de Sabbath

Mickey Sabbath, cercano a la jubilación, tras la muerte de Drenka, su amante poliamorosa,   repasa su vida repleta de avatares amorosos. Habla Drenka:

“Aquel año, al terminar la escuela secundaria, cuando trabajaba en Zagreb, me encantaba follar. Tener el coño lleno de esperma, de leche, era una sensación deliciosa, magnífica, tal vez incluso poderosa. Fuera quien fuese el chico, al día siguiente ibas al trabajo sabiendo que te habían follado bien y estabas  toda mojada, tenías las bragas empapadas e ibas de un lado a otro mojada…cómo me gustaba eso.”

El teatro de Sabbath.  1995-2007, Mondadori.

  1. Patrimonio

Philip Roth cuenta los dos últimos años de la  vida con su padre diagnosticado de un tumor cerebral.

“Por la mañana me di cuenta de que se refería a este libro, que, como corresponde a la falta de decoro propia de mi profesión, estuve esccribiendo durante toda su enfermedad y su agonía. El sueño me decía que –ya que no en mis libros, ni en mi vida-, al menos en mis sueños yo seguiría siendo para siempre el hijo niño de mi padre, con la conciencia de un hijo niño, y que él seguiría vivo no sólo como padre mío, sino como padre, en permanente juicio de todas mis acciones.”

Patrimonio. Una historia verdadera. 1991-2007. Seix Barral-Mondadori.

  1. mi vida como hombre

Un novelista, Peter Tarnopool, elige afrontar su compromiso “como hombre” que le impedirá seguir escribiendo, consciente del desasosiego que le produce la diferencia entre las personas que le acompañan en su vida y los personajes conocidos en la literatura. Habla su padre.

“-Hijo, escúchame. Eres universitario. Tienes un diploma  de honor. Tuviste una beca durante los cuatro años. Has cumplido con el estado en el ejército. Has viajado por Europa. Tienes el mundo entero ante ti, y es todo tuyo. Puedes tener lo que quieras, cualquier cosa… ¿Por qué te conformas con esto? Peter, ¿me oyes?

-Peppy-preguntó mi madre-. ¿La… quieres?

-Por supuesto que la quiero.”

Mi vida como hombre. Mondadori. 1970-2007.

  1. Indignación

En los años de la Guerra de Corea, Marcus Messner, primer miembro de una familia judía en acceder a la universidad, será víctima de los temores de su padre ante los peligros que la vida pueda depararle. Habla el decano.

– … En toda mi experiencia en Winesburg, nunca me he encontrado con un alumno que estuviera en contra de esos requisitos, aduciendo que infringen sus derechos o son comparables a trabajar en las minas de sal. Lo que me preocupa es lo mal que encaja usted en la comunidad de Winesburg. A mi modo de ver, es algo de lo que debemos ocuparnos enseguida y cortarlo de raíz.

Me van a expulsar, pensé. Me van a enviar a casa para que me llamen a filas y me maten.

Indignación. Mondadori. 2009.

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Nota sobre los traductores al castellano: la mayor parte de su obra, sobre todo en los últimos veinticinco años, donde también se ha editado casi toda la obra anteriormente publicada en Inglés, ha sido traducida por Ramón Buenaventura y Jordi Fibla.

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Machuca
Fotografía: Jesús Machuca

En algunas historias, nos encontramos con personajes dejados ahí por el autor para darle consistencia a la trama y para conducir al sitio indicado al protagonista. Parafraseando el principio del arma de Chéjov, para ayudarle a disparar la escopeta que apareció al principio del relato y que necesariamente debe entrar en acción en un momento dado. En las películas ocurre algo parecido, como con los McGuffin de los que habló Hitchcock. El McGuffin es un elemento distractor no muy relevante, pero que realiza una función, y así, lleva al héroe de la historia a una habitación o le enfrenta a su antagonista. Como variante de los soportes de las historias, también tenemos otros que cumplen la función de despertar las simpatías de un sector del público, o bien ubicar moralmente al motor de la historia por comparación con uno de los malos sin fisuras o con otro de una ambigüedad moral bien dosificada desde su irrupción en una trama negra, por ejemplo.

En el área de gobierno democrático, en la política con poder, usualmente de una manera mucho más de andar por casa, nos encontramos con el correlato de las funciones de los personajes de una historia: el protagonista, y un reparto de actores con una función concreta y que también deberán ser activados y disparados cuando corresponda: los secundarios, los catalizadores, los distractores, o los oportunistas. Aparece un jefe que debe llegar a cumplir un programa de gobierno, que es una manera de resolver un caso, de cruzar un bosque encantado o de sobrevivir en una isla desierta llena de escaseces y peligros. Como la carga es muy grande, se nombran cargos a los que dotar de responsabilidades ante el público; es decir, ante la ciudadanía. Su función no es sólo la de hacerse cargo de las playas o los cementerios, sino la de sacar la cara para que se la partan cuando corresponda, bien a iniciativa propia, bien por mandato de quien le nombró, cuando se están sustanciando asuntos de mayor enjundia. Cuando se renuncia, al menos temporalmente, a defenderse o a atacar al adversario que no gobierna, queda el recurso de jugar a ser el blanco del pimpampum, ese juego antiguo de feria en el que se lanzan pelotazos hasta tirar al suelo unos muñecos sonrientes, ganando quien logra tirarlos todos primero o tirar más muñecos que nadie.

Si las aguas se enturbian, se saca un ministro a decir los mayores disparates. Dile que con unas clases de Economía podrá tirar el jefe adelante; condecora una vez más a la Virgen que te quede más a mano; en otros países, el responsable de Economía pide a los pensionistas que apresuren la fecha de su incineración. Para recibir más pelotazos, se añaden eufemismos como llamar indicios cuando los demás perciben rayos y truenos. Di que se desacelera el crecimiento cuando todo se viene abajo; habla de la separación de poderes cuando colocas jueces en el sitio oportuno. ¿Y quién mejor que un buen secundario bien caracterizado para llevarse las tortas? Dile a una ministra simpática que se toque el espinazo; encarga a otros señores respetables que le canten a la patria cuando no sabes si te levantarás en el mismo país en el que te acostaste, úrgele a un candidato de segunda que se suba a una bicicleta cuando presume de una colección de coches de lujo. Siguiendo el principio del antiguo pimpampum, se supone que enseguida la bisagra te devolverá a tu sitio tras el escarnio de los bares, las redes y la televisión, que en mayor o menor medida siempre pican en eso que algunos llaman “insultos a la inteligencia”, cuando en realidad los que están al mando podrían ser tontos, pero no tanto como a menudo parece.

A veces, incluso, se recurre a los adversarios para distraer de atacar a quien gobierna. Las reprobaciones en el parlamento, en contra de lo que dicen unos y otros, casi nunca debilitan al jefe del gobierno, sino al directamente atacado. Y así, el jefe, como un ciclista tramposo, recupera oxígeno gracias a la sangre que le presta un subalterno sacrificado.

Como vemos, un ministro de Interior no hace solo de ministro, ni una concejal de Hacienda se dedica a administrar escaseces. Al menos, media jornada mediática o más debe dedicarse a distraer al público, mejor cuanto más salve la cara de nuestro personaje principal, presidente del gobierno, presidenta autonómica, alcalde o alcaldesa. Sin este papel de tentetieso, que tiende siempre a levantarse, no hablaríamos de políticos, como los conocemos, sino de altos funcionarios o eso que a algunos reclaman en las crisis: los tecnócratas. Pero estas figuras no tienen que ver con un político que, con las complicidades necesarias, juega a ser guionista, director, payaso, montador y propagandista de lo necesario e insustituible de su continuidad en la  acción de gobierno.

Con los medios digitales y las redes sociales, fundamentalmente, han cambiado los soportes y así se ha facilitado una veloz propagación y rebote de noticias, opiniones y tendencias. Y aunque les costó entrar, a los cargos en el poder (“tanto Twitter y tanta opinión, oiga”) los políticos, especialmente con cargos, ya saben utilizarlo de la misma manera que las herramientas anteriores, descargándose de odios y desviándolos a quienes convenga. Se mire a la instancia y al partido que se mire, siempre hay al menos un chivo expiatorio más antipático, más soberbio, más “insultable”, más incapaz y más bocazas y, por tanto, mucho más odiado que el que está en lo alto, el responsable que, de tan visto, sorprendentemente resulta ser el hombre en la sombra, encarnando incluso un Pilatos 3.0. Los Mcguffin de la política están ahí para cumplir su función de alargar la historia y de apuntalar al jefe de filas. Pero después de leer muchas novelas y tragarnos tantas series, ojeadas en las redes, y tantos pantallazos de noticias cada día, al revés de lo que reza el dicho, el bosque no nos debería impedir ver el árbol.

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Raul
Fotografía: Jesús Massó

Decir lo que se piensa no es lo mismo que decir lo que se siente. Al igual que no es más fácil hacer llorar que reír, porque lo realmente difícil es transmitir lo que sientes. Vivimos en una sociedad que puede ser muy culta, inteligente, ingeniosa, pero que generalmente teme abrirse. No sabemos expresarnos y, lo que es peor, no queremos escuchar lo que otros sienten.

Todos tenemos automatismos para defendernos en cualquier conversación. Lo mas frecuente es quitarle importancia, tanto por quien las cuenta “Se que lo que voy a contarte es una tontería” como por quien las escucha “No tienes que preocuparte por eso” “Eso no es nada”. La segunda opción es ponerse victimista “Déjalo, si es que soy tonto”. Y la tercera, tal vez la más molesta, las frases de libro de autoayuda “No te preocupes, todo pasa con el tiempo” “Si tiene que pasar, pasará”.

Tenemos una amplia variedad de herramientas para desviar una conversación por una u otra parte y que, de esa manera, ninguna exprese nada más que un montón de palabras seguidas. Es sorprendente lo libre que nos sentimos cuando hablamos de cosas tan opuestas como estar contento o cabreado; lo fácil que es mantener una conversación cuando esta se mueve en suelo firme entre esos dos extremos y lo difícil que es hacerlo cuando caminan por la cuerda floja donde todo se mezcla entre matices y profundidad.

El resultado es una sociedad que vive con sentimientos que se van pudriendo por no expresarlos y que van creando una creciente y continua frustración. Solo permanecen visibles el odio, el rencor, la frustración y el miedo. El “reír por no llorar” elevado a la máxima expresión. Sarcasmo y cinismo a raudales, todo lo que sea necesario para evitar hablar de lo importante, en una constante y permanente huida hacia adelante.

Nos censuramos a nosotras mismas porque no sabemos qué va a pensar quien nos escucha; si se va a reír, si te va a compadecer o si va a actuar de manera paternalista. Tampoco sabemos cómo vamos a reaccionar al contarlo. Uno sabe dónde empieza la conversación pero no cómo termina. Todo ese conjunto de factores terminan llevando al miedo; miedo a sentir, a expresarse, a hacer daño. Estamos acostumbrados a rebatir palabras, pero no a interiorizar emociones. La depresión ya no es una enfermedad, es una forma de vivir.

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Fernando
Fotografía: Jesús Massó

El tiempo que vivimos es el de la diversidad y la complejidad.

Nunca el mundo fue tan diverso. O tal vez lo fue siempre, pero no teníamos la comunicación instantánea, las emigraciones masivas o los viajes baratos, para hacerlo tan evidente.

Y nunca fue el mundo tan complejo, con tantos factores interactuando y condicionándose entre sí.

La globalización y la revolución tecnológica han puesto patas arriba las maneras de conocer y comunicarnos, de producir y consumir, de hacer cultura y construir comunidades… En suma, todas las viejas formas de pensar, decir y hacer.

Nada es simple en nuestro mundo, todo está interconectado y cambiando constantemente. La complejidad es la norma.

Y, sin embargo, posiblemente por la inestabilidad y el vértigo que nos produce ese sin parar de los cambios, tendemos -como personas y colectividades- a agarrarnos a los clavos ardiendo de nuestras viejas identidades en peligro de extinción. Y nos atrincheramos en las tradiciones y en la nostalgia de un pasado conocido, en medio de tanto desorden y revolución permanente.

Y, por eso mismo, ante la complejidad que nos desborda, buscamos con ansiedad respuestas simples, claras, sin matices. Así triunfan los fundamentalismos, los nacionalismos, los localismos y todo tipo de fanatismos.

En estos tiempos de incertidumbres, proliferan los talibanes de barra de bar o de tertulia televisiva que parecen tenerlo todo absolutamente claro: el mundo es blanco o es negro, no hay medias tintas, o estás conmigo (con mi religión, mi patria, mi bandera, mi partido, mis tradiciones, mi equipo de fútbol, mi comparsa, mi cofradía…) o estás contra mí. Nunca dudan (o, al menos, eso parece), solo saben afirmar tajantemente SU verdad.

Y en su miedo a perderse, los fanáticos de lo que sea se vuelven agresivos y faltones, dispuestos a partirle la cara a quien les quite la razón. Se indignan contra la duda, el relativismo y lo que llaman “equidistancia”, que no es sino negarse a tomar partido por el blanco o por el negro, empeñarse en defender que existe una amplia gama de grises, que la razón no es patrimonio exclusivo de nadie y la verdad es cuestión de perspectivas.

No existen las respuestas simples. Las soluciones son necesariamente tan complejas como los problemas que las demandan.

Quienes nos prometen soluciones fáciles (en la política, por ejemplo, o la religión) o bien son simplistas, en el sentido más insultante de la palabra, o directamente nos engañan. Aunque, con frecuencia, preferimos la simpleza o la mentira a la incertidumbre, queremos creer esa realidad en blanco y negro que nos venden porque el mundo en colores nos obliga a pensar demasiado, a salir del pensamiento único, tan cómodo él.

Por el contrario, hacerse preguntas continuamente, ponerlo todo en cuestión, buscar las causas de las cosas que ocurren, asumir la complejidad y la incertidumbre, es engorroso y cansado. Nos pone en evidencia, y a menudo en conflicto, con los del blanco y con los del negro, con quienes se niegan a considerar cualquier matiz, con quienes nos exigen tomar partido.

Pero, entonces… si las certezas no existen, si solo hay complejidad y todo es relativo, ¿cómo caminar por este mundo? ¿a dónde agarrarnos?

Para empezar, parece imprescindible aceptar la incertidumbre. No negarla, no resistirnos contra ella. Hacer una cura de humildad. Asumir, recordando al poeta, que solo es posible “hacer camino al andar.” Como dice el maestro Antonio Rodríguez de las Heras: “la complejidad de este mundo, a diferencia, de la complicación, ni se puede trocear ni abarcar, solo recorrer, como un territorio ilimitado”.

Y aceptar también la diversidad. Con alegría, no solo porque el mundo es diverso y la vida solo es posible en la diversidad, sino también porque, para recorrer el camino de la incertidumbre y dar respuestas complejas a los retos complejos que enfrentamos como especie, es imprescindible contar con los otros diversos, nos necesitamos todos.

Y ya que no existen verdades absolutas que afirmar, solo cabe agarrarnos a los valores, porque en ellos si es posible encontrarse con las otras diversidades. Apostar por la igualdad de todas las personas, por la libertad y el respeto al otro, por la solidaridad, el cuidado y el apoyo mutuo. Valores que nos permiten recorrer el camino con una única certeza: no sabemos dónde llegaremos, pero será sin duda un mundo mejor.

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L mingorance
Fotografía: Jesús Massó

Entro adentro y no puedo salir fuera. Miro por la  ventana, llamo por el teléfono, me atormento por la lluvia que no para en Madrid desde que no para. Intento ser yo todo el tiempo que me lo permito. Cuando dejo de serlo, aunque sea por un segundo, la gente mala me atrapa en su trampa. Bajo al tercero y no tengo cuartos. Los malos no son muchos pero están vivos todo el tiempo, atentos, con una sonrisa falsa y una mirada ciega. Se pueden oponer a una huelga, decirte que estás muy guapo, decir que Albert Rivera les parece consecuente, Mourinho un ganador, comentarte algo en Facebook como el que no quiere la causa. Pueden decirle tu nombre a la policía de los apellidos, al círculo de lectores cuadrados, pueden prestarte un euro para la máquina o pueden maquinar tu destrucción. Googleo “gente mala”, mientras las veo pasar por delante de mi ordenador. Pienso en la gente mala porque quiero escribir de ella y me tengo que inspirar en lo contrario. Por lo tanto, por lo tonto, por los tientos, para que no me den las tantas, pienso en mis padres. En los míos.

Mi padre fue obrero en Astilleros y mi madre sigue siendo ama de casa en Ciudad Jardín. Mi padre sigue siendo también, lo que me hace muy feliz cuando escribo y cuando vivo mi existencia diaria, aunque estén lejos, aunque no los llame, aunque cuando bajo a Puerto Real me voy a Cádiz y los veo menos de lo debido. Pero son mis padres y siguen siendo los andamios preciosos y precisos de mi alma.  Y lo son desde que tenían más o menos mi edad y no perdían el tiempo en adivinar la fisiología, la filosofía y la fisionomía de la gente mala. Se dedicaban a combatirla entre chicucos y diteros, entre 10 duros de churros y una hermanita por venir, entre  Matagorda y la Plaza de Abastos, Nieves y Galerías Vidal. Ellos eran buenos y os lo pueden contar todos los vecinos que alguna vez tuvieron o tendrán. Aunque no poseían demasiado me dieron todo lo que tengo, que básicamente es ser una buena persona, con mis fallos y mis taras, no desearle el mal a nadie, intentar entender a los demás y comportarme siempre como si estuviera en una película y fuera el bueno. Me enseñaron a distinguir entre lo que me conviene y lo que es justo, entre lo que es mío y lo que es de todos, entre ser consecuente y ser consecuencia, entre ser honrado o dedicarme a otra cosa.

Pienso que la gente mala también tendrán padres y visualizo a los míos sentados en la mesa de la cocina abriendo una lata de atún y pelando una naranja. Me da ternura y un poco de hambre que todavía no he comido. Me da dolor sus dolores, canas su vejez y amor su recuerdo. Ellas construyeron con humildad todo lo que ahora para mí es mi adn (Antonio, Dolores, Nosotros) y lo que me hace no soportar ni la injustica ni las gilipolleces, que a veces son lo mismo y otras veces compiten en no molar. Me dieron el carácter de la clase obrera y la bonhomía de las personas justas, el saber decir que sí  cuando era sí y el poder pensar que no, cuando no era sí.  Me enseñaron a ser humilde, a vivir valiente y a pelar una naranja. Para lo de la lata de atún tuve que esperar a que llegara el abrefácil.

Recibo un mail de una persona mala y postergo la respuesta. Caigo en que mis padres no tienen mail y pienso en hacerles uno (antonioydolores@gmail.com). Luego recuerdo que pusieron internet en casa solo para que mis sobrinos jugasen a la Tablet y ahora cuando van no se llevan las Tablet los nietos de. Los niños guapos. Los abuelos felices. Yo les explico otra vez cómo poner Netflix en la tele pero ellos son más de Juan Imedio que de Charlie Brooker. Ya sé lo que responderle a la gente mala por mail, pero no puedo olvidarme de mis padres y de que tienen internet realmente solo para cuando voy yo a casa. Me parece un gesto de amor. Ya van 7.987.637.341. Vuelvo a pensar en la gente mala y ya no sé para qué.