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Un viejo chiste de físicos dice que la fusión nuclear es la energía del futuro y siempre lo será. Algo parecido podemos decir sobre nuestra clarividencia para conocer el porvenir. Nadie fue capaz de pronosticar la caída del muro de Berlín, la desintegración de la URSS o los atentados de las Torres Gemelas. Ninguno de nosotros tuvo la capacidad de saber, hace seis meses, lo que se avecinaba. Hoy es casi imposible pronosticar cómo se desarrollará la función de mañana, si caerá o no el equilibrista, porque nos hemos dado cuenta de que el futuro es por momentos más oscuro que el imaginado. Porque somos conscientes de que el mañana es un cisne negro.

La teoría del Cisne Negro fue desarrollada por Nassim Nicholas Taleb para explicar el desproporcionado impacto de los eventos extraños e inesperados en la historia y los sesgos psicológicos que hacen a las personas ciegas -individual y colectivamente – a esta incertidumbre, inconscientes del crucial papel de lo imprevisible en los asuntos históricos. Es también una metáfora que encierra el concepto de que cuando un suceso es una sorpresa y tiene un gran impacto, después del hecho, este acontecimiento es racionalizado retrospectivamente.

El capitan a posteriori y el cisne negro
Fotografía: S.Hermann & F. Richter de Pixabay

El cisne negro es, pues, la sorpresa y la explicación sobrevenida, el terremoto y nuestra ablepsia. Es nuestro miedo y la necesidad de amparo, de sentirnos seguros sin monstruos bajo la cama. Según esta teoría, al fin y al cabo, todos somos como el famoso capitán A Posteriori, un personaje de la serie de dibujos animados South Park, una celebridad que llega volando con su capa al lugar donde está ocurriendo un desastre y, entre suspiros de alivio de los presentes, analiza cómo podía haberse evitado la tragedia, marchándose entre vítores, aclamado por todos.

Como él, muchos expertos en Facebook prescriben hoy las soluciones que se debieron tomar. También leemos a muchos auríspices que desde enero vieron venir la pandemia, convencidos de que pasaría, de que habría que haber actuado antes; personas que en febrero reenviaban chistes sobre la gripe aviar, el SARS o el ébola y hoy se indignan casi tanto como su chófer. Solo hay que hacer un pequeño esfuerzo de memoria para recordar que muchos de nuestros actuales capitanes consideraron en su momento que la pandemia era una estrategia sensacionalista y de distracción, que no estaba justificada tanta alarma*.

Lo más triste, o más cómico, es que esto no es ninguna extravagancia, es parte de nuestra naturaleza, ha ocurrido y volverá a suceder. Somos así. Todos necesitamos, de alguna manera, tener la seguridad de que controlamos nuestra realidad, de que no vivimos en un continuo y caótico remolino donde el aleteo de una mariposa puede provocar un tornado en la otra esquina del mundo, donde lo indeterminado y lo aleatorio no manejan nuestras piruetas mortales sin una red que nos proteja. Necesitamos explicar el pasado, darle forma para contemplar el futuro sin ese vértigo. Pero es entonces cuando llega el peligro, la explicación simplista que juega con lugares comunes y proporciona invocaciones con efectos balsámicos. Thomas Hobbes lo definió como el “discurso insignificante”, palabras que no significan nada, destinadas deliberadamente a engañar, sermones plagados de pomposos animales metafísicos que ofrecen esencias inmutables mediante las que despistarnos, ficciones que pueden ser de cierta utilidad instrumental para ciertos menesteres pero que son, es preciso no olvidarlo, palabras que cada cual llena con sus propios contenidos emotivos y biográficos.

Virginia Woolf escribió que “es más difícil matar a un fantasma que a una realidad”. Tomás y Valiente también nos dijo que fuésemos precavidos con las palabras porque ellas preparan el camino de las balas. Cuidado, cuando se invoca a la libertad o a la patria con espuma en la boca, lo realmente difícil es que no empiece a desperezarse un cisne negro.

*Dos breves ejemplos:

El Mobile World Congress 2020 se suspendió a mediados de febrero mientras el secretario de Salud Pública de Cataluña, Joan Guix, (doctor en medicina y especialista en medicina preventiva) denunció una “epidemia mediática y de miedo”. De hecho, el 9 de marzo todavía insistía en que «en absoluto» había que cerrar guarderías, escuelas y universidades como decidieron otras comunidades autónomas. «En el momento actual no. Nos sigue preocupando más la gripe que el coronavirus», remachó.

El Congreso Europeo de Oficina de Farmacia y el Salón de Medicamentos y Parafarmacia, Infarma, estaba previsto para el 10 de marzo en Madrid. Acudirían unos 30.000 profesionales del sector farmacéutico y 400 empresas. Pues bien, Luis González, presidente del Colegio de Farmacéuticos de Madrid (ente que organizaba la cita), aseguró el 3 de marzo que Infarma «seguirá adelante sin ningún problema».

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