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Casi todos sabemos que esta ciudad con primero, segundo y tercer puente, es tan particular como el patio de mi casa de la canción gracias a su ubicación de apéndice, su historia contrariada, su inacabable decadencia y su inserción en el mar. Algunos quizá aún no han tenido tiempo de relacionar las restricciones que impone quien está al mando, el virus, con la fisonomía y el bienestar ciudadano. Consulto datos básicos, como la densidad de la población por kilómetro cuadrado y comparo la de nuestro caso, Cádiz, con la de Puerto Real y Jerez de la Frontera, con menos y más población, respectivamente, pero mucho más terreno en su término municipal. Advierto, entonces, que en un kilómetro cuadrado jerezano caben 179 habitantes; en uno portorrealeño 211 almas. Sin embargo, en esa magnitud gaditana cabrían 9597 personas. Datos de Wikipedia y el INE que aporto al ser precisos para cualquier localidad de la Bahía. 

A lo que vamos: somos mucha gente para tan poca tierra, algo sabido desde siempre. Los problemas de falta de aire, escasez de zonas verdes y penurias en la vivienda, se agudizan con la carestía del metro cuadrado. Pero la situación se complica sin remedio cuando entramos en el confinamiento casero o perimetral, y pasamos a lo que se nombró hace meses como nueva normalidad, con su familia de palabras camino del diccionario de la RAE, como antirretroviral o desescalada. Y no digo que sea imposible encajar casi diez mil personas en un cuadrado de un kilómetro de lado, y así hasta los ciento dieciséis mil y pico censados en la ciudad. Ya puestos a fabular, ¿cómo podríamos abordar una salida en masa a la calle, en la que todos los hogares quedasen vacíos? Algo que en la práctica no suele ocurrir, pero tampoco resulta inusual. En este caso nos hemos visto en un Jueves Santo, los días anteriores a los reyes magos o el primer finde de cualquier carnaval de los últimos años, donde cada indígena que reniega de la fiesta se ve reemplazado -así, a ojo- por tres foráneos con ganas de cachondeo.  La situación en la calle esos días de apreturas no hay más que imaginarla con el realismo de un colegio de primaria: un piojo con artrosis podría saltar de cabeza en cabeza desde La Caleta hasta Puntales, o desde Cortadura al Palillero, esos y otros muchos días en los que el individuo es masa y la ciudad palpita. Hasta hace nueve meses no existían conceptos nuevos ahora insoslayables, como el de distancia social, inaplicable a la vida de un centro urbano vivo, véase el eje comercial del centro e incluso el de la zona con más tiendas de la Avenida. 

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Imagen de Jesús Machuca

¿Qué podríamos hacer para salvar el pescuezo? Hasta ahora parece que lo que ya se está abordando en todas partes, según diga en cada coordenada el azar de los dados y sus estadísticas.  Podríamos, quizá, aplicar una visión más amplia, multiplicándola a una mayor escala. Si queremos aportar algo a la gestión eficaz de la pandemia, Cádiz podría decidir conformar un grupo burbuja que pasa de seis miembros -por ejemplo- a un grupo de convivencia de más de cien mil personas en toda la ciudad, en esta forma de antebrazo con la mano extendida, en una expresión afortunada que alguien -no sé quién- acuñó hace décadas. Con esta propuesta, no habría limitación en la convivencia, ni necesitaríamos guardar las distancias o usar mascarilla, ni tampoco realizar análisis, salvo síntomas o complicaciones de salud. Como contrapartida, puede que antes debiéramos realizar una cuarentena de al menos un mes, no permitir entrar en la ciudad hasta nueva orden ni salir si vamos a volver antes de tres meses, y renunciar al turismo hasta que las campañas de vacunación hayan hecho su efecto allá por el próximo día del Rosario. Supongo que para tomar decisiones habría que reunir a nuestro reputado consejo de expertos gaditano. 

Ignoro si el convertirnos en un megagrupo burbuja podría desencadenar consecuencias políticas, económicas, sociales o antropológicas, pero prima resguardar nuestra salud y mantener las ganas de vivir. Creo que quizá siempre hayamos conformado un grupo como éste, pero sin ser conscientes de ello hasta ahora mismo. Quizá sea esencial santificar nuestras fiestas típicas. Nadie lo sabe. Desde marzo todo se está decidiendo y rectificando sobre la marcha. 

Más que dando un aplauso desvaído y fragmentario a las ocho de la tarde, imagino una ciudad bailando una gran conga, o desfilando en una cabalgata donde los participantes fueran los que otras veces somos espectadores, integrándonos en un carnaval que durará mientras el cuerpo quiera seguir aguantando.

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