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puente de babel portada torre de babel por Pieter Brueghel

Pocas obras públicas existirán que hayan provocado tanto despliegue mediático como el Segundo Puente sobre la Bahía. Bueno, no quiero exagerar, quizá la Torre de Babel, pero en versión Antiguo Testamento.

Nunca los gaditanos y las gaditanas supimos tanto de grúas flotantes, tramos atirantados y dovelas. Hasta que por fin lo acabaron.

¿Y ahora? Pues ahora todo el mundo pasa por él, pero también todo el mundo pasa de él. Ahí está, silencioso, con sus coches que corren de acá para allá. Ni una noticia, ni una foto de sus famosas dovelas y ni una triste polémica por el nombre o si se pone esto así o asao…

Sin embargo las mismas preguntas de entonces, aún no contestadas, siguen colgando en el aire: ¿Nadie vio sospechoso que el puente desembocara en un centro comercial? ¿Alguien explicó alguna vez, de verdad, por qué costó más del doble de lo presupuestado? ¿A nadie le pareció extraño que se construyera ese exceso durante los años más duros de la crisis? Desde altas instancias se decía que los Presupuestos Generales del Estado “priorizarán el gasto social en estos momentos de austeridad”. Ya ves, y ni siquiera sirvió para aliviar el paro, que alcanzó esos años su máxima cota.

Por otro lado, aquel discurso municipal de favorecer el transporte público y la peatonalización, no era más que un cuento, una trola bonita de cara a la galería. Quedaba como moderniqui. En realidad el transporte público y la peatonalización les importaba un rábano: era más rentable el coche y el parking subterráneo convertido en la primera industria local. Y la palabra mamarracho no alcanzaba a describir el carril-bici, que deshonra a los términos “carril” y “bici”.

Aún recuerdo conmovido cuando la primera autoridad municipal proclamó -sin que nadie se partiera de risa- que Cádiz era una ciudad sostenible. Ignorante del concepto “sostenible”, pues lo más aproximado era que Cádiz se sostenía de milagro.

Los pocos que nos atrevimos a criticar aquello fuimos calificados de derrotistas y de cosas aún peores. La voz autorizada de Gaia Redaelli, directora de la Fundación de Arquitectura Contemporánea, lo anticipaba en julio de 2008: “El segundo puente es un error”. Pero entonces funcionaba, muy engrasada, la maquinaria de las coartadas y argumentos ventajistas de los antiguos luchadores, ya reconvertidos al oportunismo, la genuflexión de ciertos medios, los egos patológicos relacionados con el poder, la anestesia social inducida, que provocaba una población que sólo esperaba dádivas y migajas y, claro, la ausencia de una verdadera trama civil, siempre incómoda para esos intereses.

El resultado era el esperado: un sucedáneo de opereta ante una platea casposa y decimonónica que aplaudía pamplinas pintorescas y realizaciones del régimen. Como, un poné, la obra del Segundo Puente.

Hoy el Segundo Puente es el símbolo de una época, el icono del teofilismo, aunque sólo sirva para que pasen coches de acá para allá. Fíjate.

Imagen:Pieter Brueghel

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