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Es una de las ciudades más turísticas del mundo: no hay estadística que no incluya Estambul en el top ten de los lugares más visitadas del mundo. Lógico: bañada por dos mares y atravesada por el Bósforo, ofrece un caleidoscopio de vistas de postal, monumentos históricos por doquier, una vida nocturna apabullante que deja Madrid a nivel de aldea castellana, más barcos que Venecia, festivales de cine, teatro, jazz, blues, tango… Con 10-12 millones de visitantes al año, ¿no se quejarán ya los vecinos?

De momento, los vecinos se quejan de la falta de turismo. Fue el lamento habitual en 2016-2018, cuando una serie de atentados yihadistas, con una fallida asonada en medio, le dieron a Turquía la –muy inmerecida– fama de “país inseguro”. Los cruceros bajaron a cero, los comerciantes en el Gran Bazar se aburrían y quienes habían invertido sus ahorros en montar un pequeño hotel boutique en el centro empezaban a expedir finiquitos a los empleados. En 2019, la crisis se superó.

El tamano si importa estambul
Fotografía: Kirill Sobolev

¿Respiraba alguien más tranquilo durante los días de menos turismo? Yo no conozco a nadie, salvo, claro está, el propio turista que se ahorraba hacer colas. La parte monumental de Estambul, ese romboide que va del Palacio de Topkapi, Hagia Sofia, Mezquita Azul al Gran Bazar, sembrada de restaurantes, tiendas de alfombra, cafés y escaparates de suvenires baratos, quedaba un poco desolada, pero este área de 1 km2 es apenas una manchita en la antigua ciudad bizantina: esta abarca 15 km2 muy variopintos, desde las alegres tabernas gitanas y armenias de Kumkapi a las sectas integristas con barbudos y niqab que pueblan el centro de Fatih.

Al otro lado del Cuerno de Oro, el actual centro de Estambul, la plaza Taksim con la avenida Istiklal – lo que sería la calle Ancha de Cádiz, pero en grande– estaba tan abarrotada como siempre, incluidas sus tiendas, bares, restaurantes y discotecas: aquí la clientela es local. El turismo iraní y el árabe –saudí, kuwaití, jordano, golfero– llena la calle, pero apenas consume en las terrazas: acude a las tiendas de moda.

En esta franja de menos de dos kilómetros de largo por medio de ancho, los locales de ocio y negocio se han comido los pisos, pero no es por el turismo: es porque cierta dinámica urbanística intenta concentrar en determinadas áreas lo que los islamistas, que gobiernan Estambul desde 1995, consideran vida disoluta. Aquí no se divide entre turistas y locales sino entre ciudadanos decentes y pecadores. Los meyhane, los muy tradicionales restaurantes turcos de pescado y raki (el anís local) ahora se agrupan casi en guetos. El turismo –poco raki consume– tiene casi nulo impacto en esta dinámica.

Salvo en Tarlabasi. Este barrio pegado a Taksim, a cien metros de la avenida Istiklal, es decir en pleno centro, está habitado por familias kurdas llegadas del sureste de Anatolia, por gitanos, por pobres en general que viven en las ruinas de lo que fueron, hasta los pogromos de 1955, las mansiones de la clase media griega y armenia de Estambul. Y si digo ruinas, me refiero a ruinas: allí filmamos un corto de ficción ambientado en la Chechenia bombardeada. Venta de drogas, niños de la calle que esnifan pegamentos, prostitución barata, y una mala fama desmentida por la alegre vida casi pueblerina de sus habitantes, con mujeres que lavan lana en la calle mientras fuman un cigarro.

Fue aquí donde muchos invirtieron para convertir casas semiderruidas en coquetos apartamentos turísticos que ahora cotizan en las redes de alquiler. Calle por calle ha sido conquistada a la vida de barrio, a la mugre, los escombros. Los habitantes originales –semioriginales: llegaron en los ochenta– que hasta ayer clasificaban en el sótano papel, latas y plásticos recogidos en las vecinas calles ricas para venderlos al peso a las plantas de reciclaje, se han tenido que ir. Lo que llaman gentrificación.

La pregunta es: ¿es una vida deseable clasificar desperdicios en un sótano? ¿Puede ser mejor fregar las escaleras de un hotel? ¿Tiene sentido desear que no sea el turismo el que expulse a los residentes de Tarlabasi sino el ruido de los escombros que acabarán por caérseles en la cabeza? Debería ser el municipio el que arregle estos edificios, pero ¿esto impediría la expulsión de quienes los habitan, que casi nunca son sus dueños? ¿Tiene sentido una economía de reciclaje de basura en un barrio arreglado, sin ruinas ni solares? ¿Y es una expulsión? Si el turismo trae empleo, ¿quizás puedan pagar un alquiler en el barrio vecino, esa zona aburrida sin turismo ni hoteles? El factor de Estambul es que siempre hay un barrio vecino.

¿Los seguirá habiendo? ¿No hay peligro de que el turismo acabe convirtiendo demasiados barrios en una otomanolandia con tiendas de alfombras, ojos de piedra turquesa y quincalla orientalista? No lo creo. Dice la leyenda que hay vecinos de Estambul que nacen y mueren sin ver el mar, y los hay con certeza que nacen y mueren sin ver un turista. ¿Lo quiere entender? Visualice una ciudad –hablo únicamente de la parte urbanizada, no del territorio municipal– que abarque desde Cádiz y El Puerto a Jerez, Medina Sidonia, San Roque, Gibraltar, Tarifa, Vejer y La Isla, una ciudad con 160 kilómetros de costas urbanas. Que en esta extensión haya un espacio del tamaño del casco antiguo de Cádiz en el que el turismo ha reemplazado a los residentes no es ninguna tragedia (máxime cuando esta parte no es ni más ni menos bella que decenas de otros barrios: simplemente concentra un puñado de monumentos históricos). Ni que haya otro del tamaño de Bahía Blanca que se está gentrificando. ¿Qué sería la alternativa al turismo? ¿Fábricas de textil en los sótanos? Estas abundan en los demás barrios, y sus empleados no viven mejor que los camareros de la zona turística, le digo yo que no.

Los 9 millones de visitantes anuales de Barcelona, la ciudad española que ejemplifica cómo un lugar se puede ahogar en su propio éxito, multiplican por cuatro la población local. En Estambul, ciudad de 15 millones, no llegan siquiera a igualarla. La riada de turistas se diluye como un azucarillo en el té. El tamaño, en este caso, sí importa.

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1 thought on “El tamaño sí importa (Estambul)

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