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Natalia
Fotografía: Jesús Massó

Yo he venido a controlar el tiempo y voy a empezar por el principio. Por el principio del tiempo. Con esto pasa como con otras trascendencias: no le tenemos la consideración que precisa. Nos movemos por él. Él por nuestros cuerpos. Amamos y festejamos nacimientos porque son el comienzo de tiempos. Tememos o festejamos la muerte, realmente, por ser fin del tiempo de cualquiera.

El Tiempo nos apasiona, nos fascina desde el principio de nuestros pocos días de existencia como especie. Haber pasado tiempo es garantía, pero también lo es tener poco. Nos embauca esa contradicción que lo envuelve. No queremos perderlo de ninguna forma, pero se nos escapa. Volvemos por la memoria en la necesidad de saber de todo el tiempo anterior del que estamos hechos. Queremos permanecer en esa memoria porque así se nos proyecta a través del tiempo. Queremos tener memoria, pero también la capacidad de anular el tiempo a través del olvido. El tiempo es la certeza de los tres mil años de Historia de Cádiz. Un diamante fascina porque condensa tiempo. El tiempo es oro, el oro es tiempo. La juventud también es divino tesoro. El tiempo es la unidad de medida más absoluta de cada vida y de cada objeto y lo es desde la forma más concreta, pero también desde la más abstracta posible.

Nos pasa que, aunque sabemos que está, también lo olvidamos con frecuencia. Hemos de aprender a medirlo sin gasto urgente y sin obviar su lecho. En muchas ocasiones, surcamos por él sin conciencia, sobre todo cuando se nos cruza con una alegría, pero de repente se hace imprescindible y consagramos a él la cura de nuestros peores males y desengaños.

No hemos conseguido hacer máquinas del tiempo, aunque tenemos métodos para controlarlo de alguna forma. Hemos encontrado una forma para diseñar las relaciones entre nosotros y  nuestro medio, una forma de colocarnos en una coyuntura para hacer nuestro tiempo mejor.  Esta primera forma de control del tiempo es la política. Ese afán por crear oportunidades similares, justas, nos sirve para mejorar nuestro devenir en lo que nos dure el cuerpo. Por eso, creo, sucede la necesidad de exigir derechos. Cada avance social que se logra, repercute en el mejor control de nuestro tiempo.

Y hay otras formas. Tenemos manifestaciones artísticas para controlar el tiempo. Mediante el cine y el teatro se puede controlar el tiempo. También en la literatura, en la palabra viva, hay una forma de control del tiempo sublime. Y donde se hace más aparente es en la música. Con una pieza musical se recorre un tiempo concreto en el que se desenvuelve un proceso físico organizado de la forma en que queremos que sea y hacemos que así resulte. Ese poder de control del tiempo que se da con la música es una cualidad maravillosa. Cuando más se nota ese poder es cuando se ejecuta. Hacer música es, rotundamente, controlar el tiempo.

Hemos venido a controlar el tiempo y estamos en ello. Hemos venido a hacer que nuestro tiempo sea bueno y en ese empeño nos ejercitamos. Hemos de saber que queremos ganarlo y ejercerlo. Aun no lo tenemos, pero se puede conseguir a través del arte. Y también, a través de la política.

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