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Pedripol 11

Ilustración: Pedripol

Hace mucho tiempo que hasta la mínima decisión dejó de ser trivial. De hecho, puede que ninguna de nosotras, ni la más vieja de nosotras, hayamos podido hacer nunca una elección que no conllevara extraordinarias consecuencias. Peones de un mundo más interconectado que nunca, seguir el camino de los alimentos que comemos, de la ropa que llevamos, puede convertir el más pequeño de nuestros gestos en una involuntaria declaración de intenciones, o de no intenciones. Quizás por eso hace tiempo que mi piel se hizo más fina en ciertas pequeñas traiciones.

Decía Heráclito que la naturaleza se alimentaba de contrarios. Luz y oscuridad, verdad y mentira, belleza y fealdad… Muchos dilemas y debates más tarde, sabemos que también mueve el mundo un extenso catálogo de grises, matices para comprender nuestra compleja naturaleza y, admitámoslo, perdonarnos de vez en cuando la vida. Es en esa paleta de colores en las que los seres humanos ejemplificamos algunas de nuestras más sutiles perfidias. Es en esos grises, banales por lo imperceptibles, donde se enraízan las pérdidas de algunas de nuestras más decisivas batallas. Y, seamos honestos, es aquí donde más que nunca uno es en oposición a su contrario.

Nací mujer, como la mitad mal contada de este planeta. Esa mitad que, en la mayor parte de los casos, vive mucho peor que yo. Esa mitad que, al menos por el momento, es la única capaz de concebir vida. Y que, aunque con notables diferencias por aquí culturales, por allá personales; también ha dedicado toda una humanidad a conservarla. En forma de infinitos partos, lactancias y cuidados, en forma piedades varias e incontables empatías… El mundo que conocemos, la historia escrita por los hombres, experimenta desde hace décadas, y apenas en una porción del planeta, el despertar del empoderamiento de la otra parte, de su contrario. Y es en la eterna trampa de los grises donde se infiltra esa dialéctica de opuestos presa de las trampas del lenguaje. Yo no soy machista, pero tampoco feminista.

El gris se expande porque se quiere hacer creer que el contrario será un calco negativo, algo tan fácil como un reverso. Simple intercambio de roles y papeles. Lo radical siempre es malo. No se trata de ir contra los hombres. Las mujeres ya somos libres y hacemos lo que queremos. Resuenan a nuestro alrededor los lugares comunes como si realmente supiéramos cómo serían las reglas del juego opuestas a lo que hoy conocemos. Como si el contrario, de existir algún día, no tuviera de raíz otra naturaleza, otros ritmos y elementos, no fuera algo tan distinto que ni tenemos moldes para concebirlo.

Apenas hace falta un poco de sentido común para darse cuenta de que el capitalismo patriarcal no está, ni por asomo, en estado crítico. Apenas hace falta un poco de serenidad realista para atisbar que su contrario no tiene por qué ser una suerte de matriarcado radical, el mismo perro con distinto collar. El retrato suena a patéticas estrategias de defensa, a tácticas del miedo de lo más simplón. Frases hechas para seguir cobijándonos entre grises, escondidos tras las injusticias cotidianas como si no fueran nuestra lucha. Mejor dicho, como si no hubiera ninguna lucha. Como si no fuera, de hecho, la lucha de todos, más allá de nuestro género.

Eso era hace años mujer, ahora hay igualdad de oportunidades. Si viste así, es porque quiere. El gris desactiva el escenario de contrarios, cuestiona la afrenta, minimiza el daño para que se pueda mirar al otro lado, sin tomar partido. Como si no fuera asunto nuestro. Apenas nos deja  minúsculos espacios para rebelarnos en mitad de manidos estribillos. Eres una exagerada, para ti todo es machismo. 

Mientras tanto, como naturales, grandes y pequeñas agresiones germinan alrededor de todos nosotros, entre campos abonados de minúsculas cicatrices que se nos han hecho invisibles. Asesinatos, abusos, desigualdades, violencias, mercadeo, trastornos, autoritarismos… Por citar algunas de las que inspiran titulares sobre la mal contada mitad de este privilegiado lado del mundo.

Llegada a este punto, confieso: desconfío de quién enarbola los grises para desautorizar al feminismo, de quien cuestiona la lucha de las mujeres o amenaza sobre un radicalismo que sólo existe en sus infantiles pesadillas. Confieso que lamento internamente cada ser querido -hombre o mujer- que no abraza entusiasmado el tibio empoderamiento del contrario, que no pone un pie en pared ante el desigual reparto. Que vivo en alerta ante esta maleza de grises que se cuelan día a día en mi vida: en cada pequeño comentario, en cada minúsculo gesto terrible, en cada interesado cuestionamiento.

Visualizar es el más potente de los antídotos, un billete sólo de ida, a un destino donde no existen los tonos pardos. Porque cada decisión nos pone de un lado y yo hace tiempo que elegí el mío.

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