Tiempo de lectura 💬 3 minutos

Hombre buscando libros

Fotografía: Jesús Massó

¿Adónde huir? ¿Adónde los endemoniados?

¿Qué refugios, qué búsquedas, qué siembras?

David Eloy Rodríguez

Como crucigramas de raíces que se alimentan del mar, como una madeja de acertijos que se alimenta también del mar, como una manada de horizontes que sobrevive al mar, la ciudad de las ciudades ondea sus banderas. La ciudad de las ciudades parece viva, fresca todavía como el atún que aún aletea en la inmensa red que lo atrapa, en la red que es su hogar-cementerio, en la enorme red que estamos cosiendo con nuestras propias manos, con nuestros decir-hacer, con nuestro calor de hogar, con nuestros miedos, con nuestros hijos.

Siendo como somos unas gentes de sed y mar estamos bien acostumbrados a tratar con este tipo de herramientas, su fabricación y su uso no nos coge desprevenidos.  Es por eso que hemos construido una red tan perfecta que no nos deja oler sus vergüenzas ni sus ancianas tripas roídas por el tiempo que no descansa. Hemos sido capaces de fabricar una trampa en la que estamos contentos, ondeamos nuestras banderas al viento y aún nos sobra espacio suficiente para plantar los geranios que cuelgan de nuestros balcones.

Orgullosos todos, desde siempre, de poder casi respirar en una red tan bonita y tan nuestra. Claro que no podía esperarse menos de unas gentes de mar y luz, de nudos marineros, de caña y anzuelo, de puentes y alamedas, de balnearios por castigo, de carroña y de gaviotas.

Misteriosamente, es casi un hazaña ver cómo todos somos capaces de respirar al mismo tiempo. Es casi un milagro que permanezcamos vivos en esta preciosa jaula dorada que si bien nos acoge acaba en numerosas ocasiones por empujarnos a la fuga. Y para escapar parece que solo hay un camino, solo hay un camino para salvarse: la propia fuga.

Emprender la huida de una red tan nuestra es lanzarse al abismo, andar por lenguas de aguas desconocidas para cualesquiera de nosotros que somos pueblo de mar, gente de sed, gente de horizontes que sobreviven al mar, gente de luz y de gaviotas con carroña incluida, es lanzarse al abismo. Emprender la huida para la mayoría de nosotros es algo cruel e impensable. Por eso el viejo remienda la red y el joven se escapa de ella.

El joven prepara sus cansadas maletas cada septiembre, cada octubre, cada noviembre, cada diciembre y así como un goteo incesante de niebla invisible se desvanece en el océano más lejano. De cualquier modo es mejor así, que los viejos sigan remendando sus entrañas cada uno en su trono, en el lugar que le corresponde por su sabiduría, su experiencia, sus años de viejo porque la juventud de esta ciudad de ciudades, de este país de países, no está tan preparada, no está tan elaborada como la madera anciana y oxidada de los muebles de las cabezas de los veteranos, no necesitan betún de judea para limpiar el polvo a sus corazones antiguos, ni tampoco huele a talco como sus cuerpos de viuda negra. El joven cierra los ojos y se va encogido de hombros con sus maletas cansadas y el peso de su vocación agarrándoles los tobillos. Pero es mejor así, así nos va mejor, hay más aire para respirar y menos gastos en bombonas de oxigeno y menos gastos en inhaladores y menos gritos y menos llantos y menos problemas. La juventud no está preparada, no tiene sitio, no ha vivido, no sabe, no conoce.

Es por eso que los viejos, cada tarde de este moribundo mes de agosto, no han dormido la agradable siesta. Se han dicho cada uno en el silencio más perverso del sillón de su salita, hemos ganado otro oro, hemos ganado otra plata, hemos ganado otro bronce, así un día tras otro hasta contar diecisiete. Cada tarde de este moribundo mes de agosto todos los viejos de esta ciudad de ciudades, de este país de países han ondeado sus banderas y celebrado los méritos y logros de una juventud que no está preparada por lo visto para convivir con ellos, de una juventud que les molesta, de un juventud que les roba el descanso, de una juventud que no quiere remendar sus redes porque les da asco el olor de la carroña que hay en sus rincones.

El joven arrastra sus medallas cansadas cada septiembre, cada octubre, cada noviembre y se marcha de gota a gota sin hacer demasiado ruido, se marcha sin banderas y sin más equipaje que sus años sin estrenar pero con sus diecisiete medallas a la espalda, ni una más ni una menos, para eso sí está preparado.  Pero es mejor así.

“Más sabe el diablo por viejo que por diablo”.

Como una maraña de redes que se alimentan del mar, la ciudad de las ciudades ondea su bandera.

Valora este contenido

Publicidad ayto no es no

Publi ayto ecoembes