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“España, en lo esencial, sigue gobernada por Mariano Rajoy.” 

Pablo Simón
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Fotografía: Fran Delgado

Pablo Simón (Arnedo, La Rioja, 1985) es uno de los politólogos de referencia en España. Habitual de los principales programas políticos de radio y televisión, destaca por su discurso sosegado, la agudeza de sus reflexiones y su enorme capacidad didáctica. Profesor de la Universidad Carlos III y editor de “El politikon”, como buen científico social, reivindica la ciencia política como herramienta de análisis empírico del comportamiento en torno a la gestión de lo público y de los entresijos del poder, así como el papel de los politólogos en la esfera pública. Estos aspectos son elementos centrales de su libro“El príncipe moderno” (Ed. Debate), en el que, homenajeando al padre de la ciencia política moderna, nos presenta  de manera sencilla y pedagógica un acercamiento a los asuntos más relevantes de la política actual. Aprovechando su visita a Cádiz para presentar su libro, en ETP tuvimos la oportunidad de charlar pausadamente sobre algunas de las ideas que plantea en sus páginas y sobre los principales temas protagonistas de la actualidad política de nuestro país.

Pregunta: Su libro El príncipe moderno es una reivindicación de la ciencia política y de los politólogos. ¿Cómo definiría al politólogo?

Respuesta: Un politólogo es ante todo un científico social, alguien que se encarga de estudiar los fenómenos humanos, en este caso la política propiamente dicha, es decir, la gestión de lo público. Su labor es doble: de un lado, se centra en las cuestiones de poder, que es nuestro objeto de estudio, y por otro lado, al mismo tiempo, sigue un método que implica tratar de falsar con evidencias empíricas, con datos, cuáles son las hipótesis o las presunciones que hace sobre los fenómenos humanos para, a partir de ahí, tratar de presentar un diagnóstico lo más certero posible de lo que es. Por lo tanto, nuestro ánimo es actuar como pornógrafos, es decir, nuestra vocación es tratar de desnudar lo que hay debajo de los incentivos y de los comportamientos que tienen los actores para tratar de comprender mejor nuestra sociedad y, a partir de ello, pasar a operar como maestros de esgrima, tratando de explicar de manera desapasionada cuales son los incentivos que tienen para comportarse cada uno de los actores implicados en el juego político. De una manera muy sintética, los politólogos nos interesamos por el poder, tratamos de comprender y de explicar cómo funciona el poder de la manera más rigurosa y analítica posible y tratamos de desnudar cual es el comportamiento social que existe en torno a la gestión de lo público. 

P: Cuando se habla de politólogos y de la ciencia política en muchas ocasiones se entiende que gira en relación a los partidos o al comportamiento electoral ¿No cree que se deja fuera una rama importante como es el análisis de políticas públicas?

Respuesta: Eso está relacionado con el poder. Si tuviera que sintetizar cuales son las ramas de la ciencia política, que por supuesto hay muchas, están: la teoría política, a la que le interesa el deber ser y se centra en las discusiones normativas; lo que podríamos llamar comportamiento político, política comparada, que se interesa más por los comportamientos empíricos de los ciudadanos, de los partidos, etc.; las relaciones internacionales; y luego las políticas públicas que son fruto de un equilibrio de poder determinado y en función de su diseño pueden alterar también el comportamiento social. No me centro tanto en el libro ya que no soy especialista en ello. 

P: Es tratar de diferenciar en castellano entre politics y policies

R: Es verdad que ese es un problema para nosotros. A mí me gustaría que tuviéramos la oportunidad de hablar mucho más de policies de lo que lo hacemos. Si bien es cierto que en el libro las policies sí que se tocan tangencialmente cuando se habla del estado del bienestar, de la Unión Europea o de desigualdad, que son cuestiones que tocan muy en el núcleo de las políticas públicas.

A la política le pasa como al vino: cuando las cosas van bien se bebe y cuando las cosas van mal se bebe más

P: Los datos del CIS sobre los principales problemas de los españoles sitúan a los políticos en segundo lugar. ¿No es algo arriesgado escribir un libro como este justamente ahora?

R: No, al contrario. Porque a la política le pasa como al vino: cuando las cosas van bien se bebe y cuando las cosas van mal se bebe más. Aquí ocurre algo parecido: si no hubiera un problema con la política no hablaríamos de política. Tenemos la percepción de que a partir de la crisis económica de 2008 en adelante hay una evidente quiebra de representación política que se traduce en la emergencia de nuevos partidos. Ahora mismo parece que hay una incapacidad de esos partidos para generar eficacia, en términos de conformar gobierno y políticas públicas −que es algo que habrá que replantearse en algún momento−, y, por lo tanto, hace que la gente hable de ello, que se interese y que se inquiete. Esto no significa necesariamente que se traduzca en un retraimiento. No estamos viendo en ningún sondeo que la gente, junto con este desapego político, esté participando electoralmente menos. Ni que el ciclo de protestas, aunque sea verdad que se ha reducido desde la crisis, haya cambiado sustancialmente. Algo de contracíclico hay en la política, es decir, cuando las cosas van muy bien la gente habla menos, pero cuando las cosas van mal le interesa más. Esto conecta un poco con lo que estamos viviendo ahora.

P: En su libro hace una reivindicación de la política. Quizás hacerlo en estos tiempos no parece algo especialmente bien visto…

R: Ni en estos tiempos ni en ningún tiempo. Si algo tiene el cuadro político de la cultura de los españoles en términos de cómo se acercan a la política es la desafección. Es un cuadro de desafección, es decir, percepción de bajo interés por la política −la política no nos interesa−, protesta y sentimiento de que la política no es receptiva a tus demandas, pero eso no se traduce después, por ejemplo, en una movilización o un asociacionismo al nivel de otros países europeos. Si hay algo tradicional en el cuadro de la cultura política en España es esa idea franquista de “haga usted como yo y no se meta en política”. Esto es algo muy tradicional en nuestro sistema. Por consiguiente, siempre se habla mal de la política y hay que hacer una cierta reivindicación de hasta qué punto los cuarenta años de cambio que hemos vivido en España no ha sido “a pesar de”, sino en gran parte “gracias a” una política y unos políticos que han contribuido, como otros tantos segmentos sociales, a la transformación y mejora de nuestro país.

P: En referencia a ese cuadro de desafección, en el último ciclo político a partir de la crisis, hay quién ha hablado de desafección reactiva, que ha conllevado el surgimiento de movimientos sociales como el 15M… 

R: Yo soy menos optimista. Hemos visto fenómenos de socialización política muy fuerte, como el 15M, que desde luego han supuesto una repolitización de una gran parte de la sociedad −podríamos ver hasta qué punto−, pero cuando esto se tradujo en la quiebra de representación con la emergencia de dos, y ahora tres, nuevos partidos políticos no se han visto unos cambios actitudinales muy profundos en términos de comportamiento electoral de los españoles. Por ejemplo, los niveles de participación en las elecciones de 2015 y 2016 fueron relativamente bajos, aunque en esta última subieron, las tasas de asociacionismo, participación en sindicatos, ONG´S, etc., están estables, o incluso suavemente a la baja, desde el año 2008 en adelante. Por lo tanto, no ha habido unos cambios tectónicos muy profundos que me estén dando a entender que haya habido una repolitización tan fuerte en términos de nuestro comportamiento, sí de nuestras actitudes y de que ahora le prestamos más atención a la política de la que le prestábamos antes, o que la política ocupa más el prime time de las televisiones y las radios, por supuesto. Pero lo que habría que preguntarse también es si la política es, hasta cierto punto, una guerra de guerrillas, es decir, que requiere un compromiso sostenido a lo largo del tiempo. ¿Hemos cambiado mucho los españoles en esto? ¿Han subido las afiliaciones a los partidos políticos o a los sindicatos durante este último periodo? Ningún dato indica eso. En el fondo hay parte de nuestro cuadro de desafección que no ha cambiado. Sí ha cambiado algo nuestro interés, nuestra reactividad, porque sin eso no se entiende la quiebra del bipartidismo. Pero tampoco pensemos que el que haya cambiado la superestructura institucional ha hecho que los patrones de fondo de desafección se muevan. Al fin y al cabo, aunque las nuevas generaciones entren algo más politizadas que las precedentes, los mayores de 55 años siguen siendo el doble que los menores de 35: ese patrón es bastante persistente en el tiempo.

Uno de los principales cánceres que existen en cualquier sistema democráticos es la corrupción

P: Volviendo al CIS, el tercer problema que se apunta es el fraude y la corrupción. En su libro habla de la rendición de cuentas como elemento esencial de los sistemas representativos. Plantea la rendición de cuentas vertical como una institución mediante la que los ciudadanos tendrían la opción de no votar a los partidos envueltos en casos de corrupción o simplemente a aquellos que no dan respuesta a las demandas ciudadanas. Cuando esto no es así, y existe una permeabilidad hacia este tipo de asuntos, como es el caso de España (y otros países, como muestra en su libro), y los políticos carecen de incentivos para responder a los ciudadanos ¿hasta qué punto esto no supone un deterioro del propio proceso democrático?

R: Es evidente. Uno de los principales cánceres que existen en cualquier sistema democrático es la corrupción. Y es un cáncer no sólo porque genera problemas de rendición de cuentas y se relaciona con el clientelismo, sino porque los sistemas corruptos suelen ser menos eficaces en la provisión de políticas públicas, más desiguales, generan más anomalías, atraen menos inversión extranjera… Es decir, si yo hubiera sido asesor del Gobierno de Mariano Rajoy cuando fundó la “Marca España” hubiera dicho que nada mejor para cuidarla que solucionar los problemas de corrupción de nuestro país. Pero, ¿qué es lo que ocurre aquí? Es verdad que yo tengo una posición ontológica sobre cómo es el ser humano en la que me resisto mucho a creer que existan seres humanos más o menos corruptos, más o menos virtuosos, en determinados lugares. Suelo creer poco en los santos, porque la santidad es algo que es susceptible en un momento dado de desaparecer y no aspiro a tener políticos santos y por lo tanto a tener ocho mil alcaldes en España que sean gente irreprochable, pero a lo que sí puedo aspirar es a tener un sistema institucional que pueda sobrevivir y evitar casos de corrupción incluso aunque tenga al frente a un inepto o un corrupto. Por eso creo en los mecanismos horizontales de control de la corrupción, es decir, puede en ocasiones haber gente que sea muy virtuosa o colarse manzanas podridas, como ocurre en todos los lugares, pero cuando tienes un sistema con funcionarios muy profesionalizados, con mucho control, por ejemplo, de los mecanismos de urbanismo, cuando tienes un sistema en el que se puede hacer alerta temprana o delaciones de prácticas que potencialmente sean corruptas, cuando tienes varios niveles que coparticipan de decisiones que pueden afectar al litoral o hay una ley de costas mucho más exigente −porque la corrupción tiene también un impacto medioambiental y en nuestro país es evidente−, eso permite que aunque el político quiera ser corrupto no pueda. Ese es el elemento más importante que explica por qué encontramos variaciones en los niveles de corrupción entre los distintos países, no porque exista una tradición o un patrón cultural que haga que unos países nacieran con una menor predisposición a la corrupción que otros, sino porque algunos desarrollaron un marco institucional que les ha permitido que luego eso permee los hábitos de los políticos. Por eso creo que sobre lo que sí podemos incidir es cambiando la institución, porque los políticos en ocasiones son en esto tramposos y acaban afirmando que todos somos corruptos, que todo el mundo pide la factura sin IVA, y que hay que educar a la gente en que esto es muy importante. La mejor manera de incidir en el presente es cambiando la institución. Por ejemplo, cuando decían que la ley antitabaco no iba a funcionar en este país, porque todo el mundo iba a ser un pillastre y no iba a haber manera de hacerlo, lo que nos encontramos es que funcionó y que, por lo tanto, cuando el Estado toma regulaciones y las hace cumplir funciona, sobre todo cuando tenemos una corrupción del tipo que tenemos nosotros, política y no administrativa. Es más complicado si te vas a lugares como México o Colombia donde la penetración de la corrupción está en todo el Estado. Aquí no es así, en España no pagamos sobornos a médicos o funcionarios para que nos pasen por delante en una cola. Ese tipo de medidas requerirían reformas institucionales de más hondo calado y no confiar en que voy a tener un político muy virtuoso, muy santo, sino que ese político va a llegar al poder y hacer las reformas para que incluso el corrupto que venga después no pueda robar.

P: Se necesitan, por consiguiente, instituciones fuertes…

R: Es la clave, porque es lo que garantiza una mejor gobernanza y que nuestros sistemas democráticos puedan funcionar mejor. Es la razón por lo que con la crisis económica en el centro y el norte de Europa no tienen desafección y críticas hacia sus políticos. Nosotros en el sur, sí. No se puede entender la crisis griega, italiana o española sin el impacto que tienen la corrupción y el desmantelamiento de unas redes clientelares muy arraigadas en su sociedad. 

P: En su libro, afirma que tras la crisis económica se ha insertado un estado de creciente volatilidad electoral que ha ocasionado importantes cambios políticos, la caída de gobiernos y el surgimiento de nuevos partidos, otorgando una cierta racionalidad al comportamiento de los agentes. Si el votante se comporta conforme a esa premisa ¿cuáles son las claves que determinan esa nueva racionalidad?

R: Tiene pleno sentido. Hay dos patas. Primero, yo me rebelo siempre contra esa dicotomía pasión-razón, esa idea de que tenemos a unos votantes que son pasionales, que están cegados por las pasiones del populismo, y unos votantes cuyo pensamiento, debe fluir de la razón pura de Kant, o algo parecido… No, niego eso. Tú tienes una serie de valores, principios, pasiones, que son los que conforman tu ideario político y luego actúas racionalmente en función de los mismos para conseguir llevarlos a término. Existe una racionalidad instrumental detrás de esto. ¿Hay una volatilidad o hay una serie de procesos de cambio en los sistemas políticos que tienen una racionalidad detrás y que conllevan el voto a partidos que antes no existían? Sí, y es perfectamente lógico. Pongamos, por ejemplo, el caso concreto de Grecia. ¿Por qué la gente vota a Syriza a partir del año 2012-13? Muy sencillo. Si has tenido un bipartidismo que ha construido redes clientelares, si has tenido un bipartidismo de ND y PASOK, que son los que han gestionado la crisis económica y lo han hecho de manera desastrosa −entrando incluso en gran coalición entre ellos−, si además estos partidos tradicionales no han sido capaces de canalizar las demandas sociales que existían en ese momento: ¿qué haces de una manera racional antiestablishment? Buscar otros partidos que puedan canalizar estas demandas y llevarlas a las instituciones, y ese partido fue Syriza. Eso es exactamente lo mismo que hemos visto con la emergencia de los nuevos partidos en España. Se ha canalizado un sentimiento de que había una crisis de representación y de que no respondían a estas demandas los dos partidos tradicionales, desde la izquierda al principio con Podemos, luego a la derecha, luego han surgido otros partidos, etc. En otros lugares es posible que las cicatrices de la crisis además se hayan solapado con los agentes construyen el propio discurso de cuáles son las ofertas políticas que ellos hacen. ¿Ha habido un auge de la derecha populista radical o de la extrema derecha? Por supuesto. ¿Y hay una cierta racionalidad? Por supuesto que sí, en que, por ejemplo, obreros que se sienten amenazados por los procesos de deslocalización encuentren que los llamamientos al proteccionismo de Marine Le Pen canalizan sus demandas mejor que lo que puede hacer una posición globalista como la de Emmanuel Macron. Esto termina haciendo que los sectores obreros voten por estos partidos. Me inclino siempre por tratar de descubrir cuál es la racionalidad que hay detrás de ese comportamiento. Porque probablemente no es un problema de falta de racionalidad de los agentes, sino de falta de capacidad de observación de los analistas. Es decir, si nosotros no somos capaces de descubrir cuál es la racionalidad que hay detrás, el problema no es que ellos no tengan racionalidad, el problema es que nosotros no somos capaces de descubrirla y eso es lo que tenemos que tratar de hacer. 

P: Acaba de mencionar algunos elementos que explicarían esta nueva ola de partidos de corte autoritario y reaccionario a nivel internacional. En España ha aparecido VOX. ¿Se trata de un fenómeno vinculado a lo anterior o tiene unas características propias?

R: Así es. Digamos que VOX se caracteriza por ser lo que podríamos llamar un partido de derecha populista radical o de nueva extrema derecha de primera ola y no de segunda. Los partidos de extrema derecha cuando aparecen en los años 80-90 en Europa, lo hacen desde una doble premisa: por un lado, son muy liberales en lo económico, de hecho, Jean Marie Lepen va a la convención del partido republicano de Ronald Reagan, y, por otro, tienen posiciones en torno a la seguridad, digámoslo así seguritarias, muy duras contra la inmigración. Son partidos nicho que tienen muy claro que este es un tema clave y que quieren construir desde ahí. A partir de la salida de Le Pen padre y las nuevas extremas derechas que van surgiendo, como la AFD, el Partido Popular danés o los Verdaderos Fineses, comienzan a hacer un viraje hacia una posición en el que tratan de combinar seguir siendo duros en el tema cosmopolita, es decir, tener un enfrentamiento a cara de perro con la cuestión de la inmigración −que sigue siendo clave para ellos−, pero moverse hacia posiciones proteccionistas. La idea es relativamente sencilla: para tratar de construir una coalición que permita ensanchar su base de apoyo, estos partidos dicen “a nosotros no nos dan sólo con comer a partir de la derecha, sino que tenemos que ensancharnos hacia el centro y a la izquierda”. ¿Cuál es el punto de engarce entre estos dos? Si yo tuviera que hablar en términos económicos, una agenda que hablara de bajar impuestos enajena a los votantes, una de subir impuestos enajena a las clases medias que votan a la derecha. ¿Cómo puedo enlazarlas? A través del dilema de la seguridad, es decir, afirman “los inmigrantes te roban a ti tu puesto de trabajo y te generan un problema de seguridad y nosotros estamos a favor de más impuestos y de más distribución. Pero sólo para los de aquí”, porque todas las ideologías tienen un punto ciego que es que no marcan la comunidad de solidaridad. A través de esa vía penetran en el electorado de izquierda y consiguen amalgamar alguna coalición que les permite llegar a niveles del 15 o 20%, que es en lo que se sitúa la nueva extrema derecha en la mayoría de países europeos. Sin embargo, VOX es distinto. Podríamos decir que VOX llega tarde a todo, es decir, llega tarde en el surgimiento como partido de derecha populista radical −España, Portugal, Chipre e Irlanda eran los únicos países que no tenían este tipo de partido− pero lo hace desde el ideario de la derecha más radical, más primitiva. Esta situación le hace combinar tres elementos programáticos claves: es muy liberal en lo económico; es ultracatólico, lo que lo aleja mucho de la extrema derecha de Francia, Alemania o Dinamarca a la que ni se les ocurriría criticar a las mujeres o a los homosexuales, al revés, dicen “homosexuales, votadme a mí porque si no los musulmanes te van a tirar de un campanario y a ti mujer te van a poner un burka”; y un tercer elemento muy distintivo, a diferencia de la Liga Norte por ejemplo, que es un partido centralista: el eje fundamental de VOX es la desaparición de la autonomías, la lucha contra el nacionalismo periférico, etc. Estos tres elementos, son los que explican el auge de VOX en un contexto muy específico, como son la moción de censura y la crisis institucional catalana en 2017, pero que al ser el elemento que lo ha hecho emerger también supone su principal techo. ¿Por qué? Porque VOX ahora sólo puede crecer desde la derecha, con una plataforma que se centra exclusivamente en bajadas de impuestos, ultracatólico, etc., no puede comer del centro y de la izquierda. Por lo tanto, si el PP se recupera, VOX por definición lo tiene más difícil: un PP más fuerte le come espacio. Si VOX no recalibra cuáles son sus propuestas programáticas o tiene unos líderes que lo muevan −cosa que no parece que vayan a hacer, ya que eso requeriría un reemplazo de líderes, de programa, etc., y no creo que hayan hecho el trabajo ideológico de pensar esto en serio− tendrá su nicho, pero será un nicho residual, situado en la extrema derecha, que le permitirá tener espacio político en algunos sitios pero que no le permitirá llegar a los niveles de éxito de las derechas de otros países. 

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Fotografía: Fran Delgado

P: Cambiando diametralmente de asunto, los analistas utilizan constantemente términos como frame, chicken game, blaming game, la batalla por el relato, la importancia de las emociones, la postverdad, mucho marketing, mucha comunicación… ¿Dónde queda el poso de la política detrás de todo esto?

R: Política es lo que ocurre debajo de toda esa marejada. Todo eso es ruido. Es vocación de performatividad, de mover en una dirección o en otra la opinión pública, pero, honestamente, ¿para que lo quieren llamar relato cuando quieren decir excusas?, ¿para que lo llaman chicken game cuando quieren hablar de testoterona?… Al final, lo que uno se termina encontrando es que tratamos de sofisticar nuestros análisis en base a un aparato conceptual que luego en el fondo se topa con una realidad que creo que es necesario explicitar. España, en lo esencial, sigue gobernada por Mariano Rajoy: los PGE vigentes son los de Montoro, la ley laboral es la de Mariano Rajoy, la ley educativa es la de Mariano Rajoy, el Código Penal es el de Mariano Rajoy. Es decir, las leyes orgánicas, en los elementos fundamentales, lo más crudo y lo más duro de decir es que desde el año 2016 en adelante no ha habido una transformación de elementos profundos. Por supuesto, ha habido algunos cambios a partir del nuevo Gobierno, pero han sido cambios muy menores. En el fondo de lo que no se está hablando es no tanto de “Gobierno sí o no”, sino de “gobernar para qué”, que es justamente de lo que trata la política, que es cuál es ese proyecto que lo que hace es sublevarse contra los incentivos. Porque todo el mundo sabe cuáles son los incentivos para no pactar, para tratar de hacer la jugada, para el corto plazo, etc. Pero el buen político, a mi juicio, no es aquel que va dos o tres jugadas por delante de su rival, sino el que te dice que era broma, que no estamos jugando al ajedrez, que estamos jugando a las damas, es decir, el que cambia el tablero de juego, el que genera oportunidades, el que se mueve y que se rebela contra ese incentivo del corto plazo. Esto es algo que se echa mucho de menos en un contexto tan volátil y tan fragmentario, el tener unos liderazgos que están tan pegados al cortoplacismo. Entiendo que es una situación compleja y difícil −no quiero caer en la nostalgia de líderes pasados porque no me creo nada ese discurso−, pero tenemos unos líderes que se mueven poco fuera del corto plazo. También, imagino, porque son muy temerosos de que le muevan la silla. Eso genera una situación en la que, por desgracia, no hay tiempo para discutir de la política de fondo.

El problema de bloqueo institucional es debido a que España ha cambiado en cuatro años lo que no ha cambiado en cuarenta

P: En el colapso actual, ¿no considera que hay un gap entre un diseño institucional de nuestra democracia realizado en la Transición que se basa en un sistema mayoritario y bipartidista, con pequeños elementos proporcionales, y el escenario actual político multipartidista que representa una amplia pluralidad de intereses?

R: Sí, claro. Es evidente que, por ejemplo, nuestros sistemas de investidura o de moción de censura se podrían revisar. Es evidente que tenemos un Congreso de los Diputados que no está preparado para lidiar con tanta fragmentación y para tener los poderes necesarios para poder fiscalizar y controlar bien al Gobierno. Es evidente que venimos de un sistema que hasta cierto punto estaba cartelizado, es decir, teníamos dos partidos los cuales, en función de cual sea la posición de equilibrio −y compitiendo entre ellos, por supuesto− se repartían las principales posiciones institucionales, por ejemplo, en el Tribunal Constitucional o en el CGPJ, en el que había un cierto cierre del sistema. Ahora la mayoría de las instituciones están bloqueadas o están sin renovar, no tenemos capacidad para articular mayorías y formar gobiernos, y creo que esto se debe a que en España no está pasando nada que no esté ocurriendo en otros países de nuestro entorno −la fragmentación, la volatilidad y la polarización, que son los tres elementos que se están dando en Europa−, lo que ocurre es que los países europeos se fragmentaron durante los años 60, 70 y 80 de una manera incremental y gradual, lo que les permitió ajustar sus instituciones en consecuencia. El problema es que España ha cambiado en cuatro años lo que no ha cambiado en cuarenta, hemos cambiado mucho en muy poco tiempo, el polvo todavía no se ha aposentado. Nuestros políticos no saben muy bien cómo jugar; los ciudadanos están despistados; habían surgido cuatro partidos y parecía que no había hueco para más ¡y aparece un quinto!, ahora podría explotar alguno de ellos y abrir hueco para más o desaparecer uno y colarse otro… No lo sabemos. Estamos en un entorno enormemente volátil y esto hace más difícil afrontar reformas, porque éstas requieren de estabilidad, la existencia de fragmentación no es problemática. ¿Cómo se genera confianza entre los actores políticos? Tú generas confianza cuando sabes que vas a ver tu representación mejorada o empeorada en el margen, pero que para gobernar o llegar a acuerdos te vas a tener que sentar con los mismos. Si no sabes si en las siguientes elecciones Podemos o Ciudadanos van a existir no tienes incentivos para pactar con ellos. Pero si en las siguientes elecciones sabes que van a estar te van a volver a recordar si quieres volvemos a repartir las cartas, pero vamos a seguir aquí y vamos a poder repetir las elecciones todas las veces que quieras, pero no vas a poder gobernar sólo, vas a tener que pactar”. Por tanto, lo que nos ocurre es que tenemos demasiada volatilidad en un contexto muy polarizado. Tener fragmentación no es problema, porque las CC.AA. y los municipios la tienen y pactan, pero lo que no se conjuga tan bien con nuestro sistema, y que hace que nuestros políticos tan de corto plazo, es que si de elección a elección te salta por los aires un partido tienes muchos incentivos para ser muy práctico. Y si encima nuestro sistema hace que si no sale bien una investidura automáticamente se repitan las elecciones, pues con más razón. 

Pablo Iglesias sabe que se equivocó en la investidura de Sánchez

P: Con la vista puesta en septiembre, ¿cree que finalmente se podrá investir nuevo presidente y formar gobierno?

R: No lo sé. Honestamente creo que los raíles están puestos para una repetición electoral. Esto daría para una explicación un poco más larga. El 28 de abril las izquierdas sumaron unos once millones seiscientos mil votos y las derechas unos once millones cuatrocientos mil. Como el PSOE fue primero en muchas provincias, porque el voto de izquierdas se coordinó más detrás del PSOE, esto le dio una prima de escaños de, más o menos, 6,5 puntos. Esto arrojó un resultado que no había en 2016 y es que no hay una mayoría alternativa: o Pedro Sánchez es presidente o vamos a elecciones. En 2016 sí se podían haber conjugado unas mayorías alternativas: que gobernara la izquierda o la derecha, según si lo independentistas jugaban o no −recordemos en ese contexto que todavía no había ocurrido lo de 2017 en Cataluña y el contexto era diferente−. Sabiendo esto, ha habido elecciones autonómicas, locales, se han formado gobiernos en las CC.AA.… pero, en cualquier caso, parecía que el debate radicaba entre la preferencia del PSOE por un gobierno en minoría y la de Podemos que exigía la coalición. Son dos presunciones legitimas basadas en cuál es su fuerza electoral, pero si no hay acuerdo entre ellos dos no hay legislatura, porque el hecho de que Ciudadanos o el PP se abstengan es imposible, ya que compiten por el trono de la oposición, y, por un lado, una repetición electoral le iría mejor al PP, y, por otro, una vez Ciudadanos ha decidido competir a la derecha y no ser un partido bisagra, ya no hay pacto por la derecha posible para el PSOE, sólo puede haber acuerdo por la izquierda, le guste o no le guste. Si no llega a un acuerdo con esos cuarenta y dos diputados que son Unidas Podemos, además muy heterogéneos, no hay gobierno y ellos exigen coalición. El PSOE prefiere ir en minoría y se va moviendo progresivamente a medida que se acerca la fecha de investidura abriéndose a la posibilidad de gente nombrada por Podemos, gente cercana… y pone el veto a Pablo Iglesias, veto que hace Pedro Sánchez.  Pablo Iglesias sabía que se iba a tener que sacrificar en cierto momento, que le iban a pedir la cabeza, e iba a dar un paso atrás −él esperaba en septiembre, no esperaba tan pronto−. Pablo Iglesias, inteligentemente, dice “doy un paso atrás y ya no hay excusa para la coalición”. Se hace un intento de gobierno de coalición express, en unas negociaciones sin precedentes en la historia de gobiernos del mundo: se discute primero de carteras; no se discute de programa; hay problemas de comunicación y, además, ponen a los dos peores negociadores de cada uno de los campos, Carmen Calvo y Echenique. Se llega a un ultimátum que es la última propuesta que se le hace a Podemos. ¿Esa propuesta estaba por debajo de lo que Podemos, en teoría, podría merecer como socio de una coalición? Sí. ¿Esa propuesta era la mejor que iba a conseguir Podemos? También, sin duda. De hecho, era una propuesta ideal porque conseguía varios objetivos a la vez: primero, iba a impedir que el PSOE fuera a elecciones, porque hay un sector en el PSOE que quiere ir a elecciones, que cree que o gobierna en minoría, presionando a todo el mundo, o mejor irse a elecciones para triturar y poner presión en los demás; segundo, te daba ministerios en los que iban a conseguir por primera vez un gobierno de coalición que pudiera demostrar que hay un partido a la izquierda del PSOE, que es un partido de gobierno y ese partido es Podemos, cosa que no ocurría en España desde la II República. Y, además, cara al interior, conseguía blindar a la que todo el mundo sabe que será sucesora de Pablo Iglesias, o la que quiere hacer sucesora en un Vistalegre III, Irene Montero, que sería vicepresidenta del Gobierno, siendo fácil traspasar los poderes. Y al mismo tiempo, te da el nombramiento de unos cien altos cargos y recursos para amalgamar una organización que ahora mismo está con problemas, permitiendo a Pablo Iglesias rubricar su biografía política. Pablo Iglesias sabe que se va, se quiere ir, y habría conseguido ser el hombre que rompió el bipartidismo y que consiguió el gobierno de coalición en España. Ahora ya no lo va a lograr, porque después de este sainete, y de no haberlo hecho, la propia dirección de Podemos sabe que se equivocó, el propio Pablo Iglesias sabe que se equivocó. Y además lo sabe hasta tal punto que tuvo que subir el PNV y ERC a canearle, y terminó haciendo este gesto de las políticas activas de empleo, que fue un gesto sin sentido. El problema ahora es que el PSOE va a tener una tentación porque el sector que prefiere ir a elecciones se ha impuesto internamente, sabe que la investidura y todo el proceso de negociación la ha desgastado, que no confía en Podemos y que si los meten en el Gobierno pueden tener un lío interno cada dos días y erosionar su posición. Así, prefieren jugársela a otras elecciones y con suerte liquidar y apartar a Podemos, presionando a los nuevos partidos diciendo “Nueva política: bloqueo. Bipartidismo tradicional: orden”. Y ese va a ser el marco que van a intentar imponer en la campaña. 

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Fotografía: Fran Delgado

El 28 de abril había un buen relato, una buena narrativa para ir a elecciones. Ahora va a ser mucho más difícil construir ese marco y eso puede generar efectos inesperados

P: En el caso de nuevas elecciones, y con ese objetivo en la mesa que planteas, ¿podría darse por finalizado el ciclo político iniciado con el 15M?

R: No. Porque aquí hay un cálculo que no están sabiendo medir los actores clásicos que es que el bipartidismo tiene el 46 % del voto en 2019 y la regresión que puede haber al bipartidismo puede ser de 4 o 5 puntos. Es decir, cuando se repitan las elecciones va a haber algo evidente y es que nadie va a poder gobernar solo: van a requerir alianzas con otros partidos sea en forma de coalición, sea con un pacto de legislatura o de investidura. Ahí es donde puede haber otros movimientos que no se producen hoy, como, por ejemplo, si Ciudadanos pierde votos y escaños a lo mejor Albert Rivera dimite y entonces se abre a pactar con el PSOE. A lo mejor si se repiten las elecciones el PP estaría dispuesto a abstenerse en ese contexto, porque ya está claro que es el partido de la oposición y puede tener un gesto de Estado y permitir que arranque la legislatura, aunque sea con un Gobierno débil. Pueden moverse elementos en términos de las coordenadas políticas de los actores después de una segunda elección. En cualquier caso, lo que sabemos seguro es que la abstención subiría y que las izquierdas probablemente sufrirían más que las derechas. Soy de los que piensa que, más que pueda dar la suma de PP, Ciudadanos y VOX −que lo veo difícil−, es más probable que nos podamos quedar bloqueados con un bloque de izquierdas más pequeño, aunque el PSOE pudiera mejorar. Ese es el escenario más factible. Pero ¿qué es lo que ocurre? Que, para cualquier adelanto o repetición electoral, más allá de las encuestas o lo que puedan hacer incentivos para tener una elección o no, tiene que construirse un buen marco, un porqué vamos a elecciones. Porque los ciudadanos castigan normalmente cuando las elecciones son percibidas como estrategias tácticas electoralistas. El 28 de abril había un buen relato, una buena narrativa para ir a elecciones: te han bloqueado los presupuestos, no puedes seguir gobernando, al salir de la moción de censura dijiste que ibas a convocar elecciones pronto, la derecha está desatada… Convoco elecciones ya, eso se puede entender. La pregunta es: ¿Por qué vamos a ir a elecciones el 10 de noviembre? ¿Lo va a poder entender la gente cuando hay una mayoría de gobierno que se podría haber articulado? Va a ser mucho más difícil construir ese marco y eso puede generar efectos inesperados. Porque, por ejemplo, Teresa May o Artur Mas tenían las encuestas de su parte antes de convocar las elecciones y se los han llevado por delante. ¡Ojo con el tema de los sondeos porque es tirar los dados otra vez!

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