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Los equilibristas 5

Fotografía: Jesús Massó

En la pasada entrega de estos comentarios de texto ya les adelantaba que en esta nueva ocasión íbamos a hablar de cómo en la confección de las letras, aunque haya siempre un autor que es el padre del repertorio, y que diseña y se responsabiliza del resultado final, lo habitual es que existan a su sombra personas (a menudo componentes del propio grupo) que aportan ideas, sugerencias, temas o incluso alguna que otra letra. No ocurre en todas las agrupaciones, pero casi. En el caso de Los Equilibristas (como en el de todas las comparsas que hasta el momento he escrito) así ha ocurrido y es de justicia que a ello dediquemos estas líneas.

Piensen una terraza, una mesa ante una puesta de sol invernal y en ella, en torno a un café, Angelito Subiela y servidor charlando distendidamente. Imaginen la siguiente conversación.

—Miguel, tengo una idea para un pasodoble.

—Pues cuéntamela.

—“Tenemos algo pendiente”

—¿”Tenemos algo pendiente”? ¿Qué idea es esa?

—Para un pasodoble…

—Ya, pero ¿de qué trata? ¿Cuál es el tema?

—No sé, eso es cosa tuya, el poeta eres tú. Yo solo te digo que esa frase tiene algo…

—Sí, Ángel, ya… pero ¿”Tenemos algo pendiente”? ¿De qué escribo yo con eso? ¿Qué tema es ese? ¿Un banquero hablando de un impago hipotecario? Jajaja…

—No, hombre, Miguel, yo veo más bien algo sentimental.

—Pues no sé, vaya, déjame darle una vuelta, que ahora mismo no sabría yo qué hacer exactamente con esa frase.

—Seguro que se te ocurre algo bonito con eso, algo emocionante.

—Ángel, picha, tú eres un romántico.

—Ya lo sé. Pero tú hazme caso: “Tenemos algo pendiente”.

Ángel me dio la chispa. Servidor cortó la leña, preparó la hoguera y encendió el fuego. El resultado, días después de aquella difusa conversación, ya lo conocen ustedes de sobra. Así surgen en muchas ocasiones este tipo de cosas. Cierto es que Ángel es un tipo especialmente intuitivo, rápido e imaginativo. No llega a atreverse a escribir un verso, pero tiene unos fogonazos creativos sorprendentemente fértiles que está constantemente maquinando, para imaginar tipos y, por supuesto, para temas de letras. Y no es solo por su larguísima experiencia, que también, sino porque posee una extraña habilidad para encontrar (o al menos intuir) brillantez y argumentos donde a veces parece que no hay nada. No todas sus ideas llegan a buen puerto en mi cuaderno de composición, cierto, pero cuando llegan, ¡cómo llegan!

Es una gran suerte, sinceramente, poder contar con gente así. Las aportaciones que los componentes ofrecen a sus autores, por difusas o extravagantes que a veces sean,  pueden suponer para el letrista un regalo caído del cielo. Suelo estar muy atento a todas las ideas que me insinúan los componentes, y todas las apunto en el bloc de notas, aunque muchas de ellas al final no pasen de ser un simple esbozo sin remedio o un callejón sin salida. A veces, sin embargo, pueden ser la semilla de algo que luego funcione estupendamente.

En ese sentido no puedo dejar de hablar de las aportaciones que a nuestro repertorio hace siempre Juan Blanco. Juanito es un tipo incansablemente imaginativo, inquieto y creativo. No en vano es el letrista de una estupenda comparsa juvenil (que este año, a la postre, ha sido primer premio). Sus aportaciones han sido pieza clave en el repertorio de Los Equilibristas (como también lo fue en el de Los Doce). A él se debe, por ejemplo, la idea del pasodoble a Susana Díaz que cantamos en preliminares y que yo nunca vi del todo clara. Fue la insistencia de Juanito la que me llevó al final a escribir sobre un tema que no me acababa de convencer y que, ya ven, funcionó sin embargo de maravilla en el teatro. Suya fue también la chispa de arranque que me llevó a escribir, por ejemplo, el pasodoble de “Tres letras”.

Pero ha sido en los cuplés donde la aportación de Juan ha sido realmente capital. Escribí para Los Equilibristas siete u ocho cuplés de los cuales solo uno llegó finalmente al Falla. Cuando yo los cantaba para enseñarlos al grupo, Ángel me decía: “Tú tienes un humor muy de chirigota callejera, Miguel”, que era la forma más elegante que encontraba, creo, para decirme que mis cuplés le parecían muy malos, jejeje. Juanito, por otro lado, gran conocedor de lo que podemos llamar “humor de teatro”, me estuvo sugiriendo constantemente ideas, chistes y temas de cuplés para completar el repertorio. Y de hecho, él mismo incluso escribió varios de los que se cantaron, en algunos casos con buena fortuna, durante el concurso. Otros componentes, como Fali Piñero o Jona, también me sugirieron ideas, actitud constructiva y generosa que siempre agradezco mucho aunque, como fue el caso, al final ninguna de ellas por un motivo u otro llegaran a materializarse.

Por eso les explicaba el otro día que la dimensión de labor en equipo suele ser (en esta comparsa pero en realidad en casi todas) una enorme desconocida para el gran público, quedando a menudo eclipsada por el personalismo reduccionista (y a veces narcisista) de los “nombres” y las autorías. Es de justicia, pues, que los autores reconozcamos, sin que eso deba suponer menoscabo en nuestro trabajo o nuestro mérito, cuánto debemos a menudo al trabajo colectivo.

Y ya algunos de ustedes estarán pensado: “Bueno, pero ¿vas a enseñarnos una letra inédita o qué?”. Pues claro que sí. Así que aprovecho estas palabras para mostrarles una letra que precisamente partió de una idea que me regaló Juanito Blanco. Se trata de un homenaje a José Payán, el Pillo, que en paz descanse el hombre (además, familia directa de los equilibristas Pacoli y Sebas), y a su singular y popular grito de aliento carnavalero, aunque en realidad, si la leen con calma, verán que es algo más que un mero pasodoble de homenaje. Esta letra se estuvo barajando casi hasta el final del concurso e incluso se aprendió y se cantó en los ensayos. Finalmente, por uno u otro motivo, quedó arrinconada por la propia dinámica de la competición y nunca se llevó al teatro, aunque sí quedó grabada en el CD, donde pueden ustedes oírla. Aquí, pues, tienen la letra por si les apetece conocerla.

Gritos que en mi corazón resuenan.
Gritos de mi Cadi y de su gente
que piensa, que siente.
Gritos, que han marcado el día a día
de la alegría o de las penas.
Gritos que quieren mostrar
el sentir de esta ciudad.
Gritos en la plaza o en el bar
o en el Pleno a donde van
los vecinos a gritar
junto al grito de algún concejal.
Gritos en el parque, niños jugando,
o la tarde aquella en que oí gritando
mil corazones, mil corazones en el Carranza.
Gritos al Greñúo que no se olvidan,
o en los Astilleros por la Bahía
gritos de un obrero sin esperanza.
Pero hoy quiero yo hablarte de un grito de fuego
que nos encendió el corazón,
un grito que hacía brillar los silencios
y darle emoción,
un grito que hoy no va a sonar pero siempre sonó.
Me quiero acordar
en este escenario de un grito
que a todos nos hizo temblar
El grito que en este teatro clavaba un cuchillo,
Por eso hoy canto en tu honor
un grito en esta canción,
don José Payán (¡CAI!), El Pillo.

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